Blog de Parentepsis

Cuando pudiendo ser feliz no lo eres, seguramente te estás excluyendo. La exclusión es la forma que tienes de vivir de una manera dolorosa cualquier tipo de experiencia cuando las circunstancias son objetivamente positivas y favorables. Puedes excluirte en solitario y no disfrutar de la salud que tienes o de la ciudad en la que vives. También puedes excluirte de otras personas y no ser feliz con unos amigos que te quieren o con un hijo que te adora. Seguramente te estás excluyendo cuando tu trabajo tiene muchos más aspectos positivos que negativos, porque cuentas con un buen contrato, ganas un sueldo aceptable, se te reconoce y dices tener un buen jefe, pero ni lo disfrutas, ni lo valoras. O cuando en opinión de cualquiera tienes una buena relación de pareja, que sabes que te quiere y te lo demuestra con hechos, pero tú pones más la atención en las carencias o en las cosas que fallan que en todos los valores que la relación te aporta y con los que creces. La exclusión tiene mucho que...

Te dice el maestro Borges que el tiempo es la materia de la que has sido creado. Naciste un día y otro día morirás. Entre ambos días, tu tiempo, el regalo de todos los momentos que vivirás. El tiempo, el recurso que no pueden comprar los más ricos, el premio que no se puede conceder a quienes más se merecieron continuar con vida. El tiempo, el tesoro más preciado y más invisible, aquel que te robarán los ladrones más nocivos y los menos castigados por hacerlo. A veces no pasa nada, sólo el tiempo. ¡Qué desgracia! Tiempo malgastado, desaprovechado, gota a gota, segundo a segundo, como una tubería rota que pierde agua a borbotones, como una bella canción que suena en un baile desierto, como una manzana caída del árbol y echada a perder. Tiempo perdido por miedo a vivirlo, como si tus posibles errores te arrebatasen algo más preciado que el tiempo ya pasado, irrecuperable. ¿Vale más tu orgullo?, ¿tu remordimiento?, ¿tu culpa?, ¿tu vergüenza? Tiempo no exprimido para no enfadar a los dioses, que al...

Algunos autores cuando hablan de emociones hacen dos categorías y las dividen en positivas y negativas. Las positivas son aquellas que te ayudan a sentirte bien y las negativas son las que por una razón un otra hacen que te sientas mal. En la primera categoría están la alegría, la serenidad o el amor. En la segunda el miedo, la rabia y la tristeza. Y cuando emocionalmente llevamos las cosas al límite, parece que al final solo existe el amor y su ausencia que para algunos es el miedo. La energía de amor es lo que sientes cuando amas algo o a alguien, a tu hijo, tu pareja, un proyecto, una idea, un perro, un lugar… Te hace sentir vivo, con ilusión, te devuelve el valor para emprender lo que haga falta, para sacar fuerzas y recursos y llegar hasta el final. La energía del amor es lo que sientes también cuando tienes tu autoestima alta y te parece que la vida es tal como tiene que ser, eres consciente de tu propio poder, sientes la conexión...

Conocer no es lo mismo que vivir. El dato contra la vivencia. Saber que la Torre Eiffel es una estructura de hierro que está en Paris, capital de Francia… o verla por primera vez desde la plaza del Trocadero. Leer con tus propios ojos, la inscripción del poeta Paul Valéry en el palacio Chaillot, bajando hacia los jardines de Trocadero, versos que no hablan sólo del edificio sino de la aventura de la vida: “Depende del que pasa que yo sea tumba o tesoro que hable o me calle esto sólo depende de ti amigo no entre sin deseo” El conocimiento como la adquisición y almacenamiento de contenido intelectual. Saber mucho sobre algún tema concreto, almacenar datos y recordarlos a voluntad. Ser una persona culta e ilustrada, lectora de libros, asidua a Google y curiosa por naturaleza. Utilizando el lóbulo temporal de tu cerebro como vasto almacén, donde reside la denominada memoria de datos. La experiencia como participación y vivencia en hechos y situaciones reales que te hacen sentir, experimentar, “catar” la vida. La experiencia donde interviene todo tu cuerpo, todas...

El olvido es patrimonio de tu inconsciente. No es ni tu conciencia ni tu fuerza de voluntad quienes deciden que borrar de tu memoria. Conscientemente solo puedes crear estrategias para tratar de recordar, “trucos” para asociar unos sucesos a otros, “claves” para memorizar, nombres, fechas o palabras. Pero solo la bestia sagrada de tu inconsciente tiene el poder de “resetear” tus neuronas hasta hacer desaparecer de tu memoria fragmentos de tu historia personal y devolverte la inocencia de quien no sabe nada porque no recuerda nada. Para bien o para mal llevas sobre tus hombros el peso de tu memoria. Con los recuerdos de que quien crees ser tu ego se nutre con voracidad y teje la red de lo que llamas tu realidad, por la que luego tú te mueves sin cuestionarla. Aunque no eres libre para elegir el olvido, puedes hacer el ejercicio de “soltarlo todo” por un instante, solo por un momento ir soltando poco a poco todo aquello que crees ser. Solo tienes que cerrar los ojos, poner la atención en tu respiración...

Te hablo de la depresión más grave, la depresión padecida como abandono de uno mismo, de su bienestar, de su éxito, de su felicidad, de sus metas y de sus relaciones. La depresión sentida como una indefensión ante las circunstancias que uno vive, como incapacidad genética para superar las pruebas de la vida y situarse con éxito en el centro de la propia existencia. La depresión como resultado del descenso peldaño a peldaño a un hoyo del que ya no se puede salir, como desfallecimiento y debilidad extrema para dar el próximo paso. La depresión como vergüenza inaguantable de ser quien se es, de considerarse en esencia ignomioso, degradado e inválido. La depresión como vergüenza ante los propios deseos no manifestados, ante la propia naturaleza no revelada y expresada en lo que uno hace, opina y siente. La depresión como sentimiento habitual de inferioridad ante los demás, ante otros con más derecho a ser ellos mismos, a hacer lo que quieran, a coger lo que deseen y a sentirse bien. La depresión como sumisión y dependencia...

Por mucho que tratemos de disimularlo y nos ocultemos bajo prendas de alta costura, recurramos a la cirugía estética o nos entreguemos con obsesión al más sofisticado estilismo, seguimos siendo mamíferos. Por más que se nos llene la boca hablando de cultura, mercados financieros, riqueza lingüística, arte, política o religión tal vez seamos la especie con mayor conciencia de su propia infelicidad y eso nos hace aun ser más desgraciados. Podemos sentir verdadero orgullo del sistema de vida que hemos creado, del avance tecnológico del que somos capaces, de nuestra capacidad para modificar el entorno y el planeta y eso solo nos recuerda que somos el depredador más peligroso y lo lejos que hemos ido tras la expulsión del paraíso. Nuestro modo de vida es la vanidosa y soberbia puesta en escena de nuestro ego. Lo real ya no es lo importante, lo que ahora verdaderamente cuenta es lo que las cosas parecen. La verdad ha dejado de residir en la conciencia o el corazón, ahora la buscamos en lo que dicen los medios de comunicación...

¿Te sientes mal? Descentrado, alienado, deprimido, enrabietado, con la sensación de que algo no encaja en tu vida, que se te está escapando un dato, una clave, una solución que sientes rozar con los dedos pero que nunca llegas a alcanzar. Consiguiendo buenos resultados a veces, malos en otras ocasiones, pero sin la sensación de plenitud por vivir las acciones que te llevan a dichas metas. Consiguiendo halagos de otras personas, recibiendo críticas en otras ocasiones, pero sin la sensación de estar conectado a esas personas. Consiguiendo tranquilidad a veces, sintiéndote nervioso en otras, pero sin la sensación de paz interior y seguridad permanente. Parece que sigues un manual, recetas y trucos de cómo se debe vivir la vida para tener éxito, ser feliz, encontrar a tu pareja ideal, ser buenos padres, ganar dinero o parecer eternamente joven. Y sin embargo, siguiendo el manual, repitiendo conductas que a otros les pudo servir para llegar a dichas metas, no acabas de sentirte bien viviendo tu vida. ¿Dónde está la pieza que falta para completar el puzle?, ¿qué...

Un parásito es un organismo que vive a costa de otro. Puede ser un animal o un vegetal, se nutre del organismo que parasita, debilitándolo aunque, por lo general, sin llegar a producirle la muerte. Etimológicamente la palabra procede el latín “parasitus” y esta a su vez del griego antiguo y significa “comensal”. Podemos tener emociones con las que convivimos que aunque no son realmente nuestras y no responden a las circunstancias que vivimos en ese momento nos acompañan como si nos pertenecieran y se expresan de una manera ilógica y desproporcionada. Se nutren de experiencias vividas en el pasado y de las reacciones que tuvimos entonces, de recuerdos infantiles, de los modelos afectivos que nos acompañaron y sus conductas siendo nosotros pequeños, de los mandatos, las prohibiciones y los permisos que recibimos siendo niños, y de las creencias irracionales y los paradigmas que hemos ido construyendo. En ese sentido nos parasitan y debilitan porque nos dejan atascados en una realidad ajena, subjetiva y atemporal que no guarda relación con nuestro momento presente. Cuando tienes emociones parásitas, es como...

Vivimos en la época de superar límites. Los propios, los ajenos, los imbatibles y los impensables. Está de moda ponerse retos, atreverse a lo nunca pensado, ir más allá de uno mismo, de las propias creencias, de los propios comportamientos, más allá de nuestros sentimientos y emociones. Se fomenta vivir a tope, experimentarlo todo, sobrepasar las áreas de nuestra comodidad y comprobar hasta dónde podemos llegar. Hay un límite, sin embargo, que es infranqueable, más allá del cual todo se vuelve “demasiado”: demasiado oscuro, demasiado difícil, demasiado doloroso. Ese límite es el que N. Branden definió hace ya varias décadas como “el respeto a sí mismo”, la singular consciencia de la propia dignidad, la sabiduría interna de sentirse merecedor de lo bueno: la autoestima. No hay límite para nuestra capacidad de hacer, de aprender, de progresar. Sí lo hay para nuestra capacidad de darnos. Podemos entregarnos en cuerpo y alma a un proyecto profesional, a una relación amorosa o al cuidado de nuestros hijos, pero hay algo que no podemos entregar. No podemos ceder a nadie la...

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