Blog de Parentepsis

En un reciente artículo publicado en la prestigiosa revista de psicología y neurociencia Current Opinion in Behavioral Sciences, Eran Eldar y sus colegas definen la felicidad como la creencia de que aumenta la frecuencia de eventos en nuestra vida que resultan mejor de lo que esperamos. Desde su punto de vista, por lo tanto, alguien que cree que son cada vez más frecuentes los eventos que resultan mejor de lo esperado es feliz. Por el contrario, alguien que cree que son cada vez menos frecuentes los eventos que resultan mejor de lo esperado es infeliz. Se trata de una definición curiosa, y quizás incluso rebuscada. ¿Es la felicidad realmente una creencia? ¿Por qué dar tanta importancia a los eventos que resultan mejor de lo esperado? La respuesta a estas preguntas, y la clave para entender la definición de felicidad que proponen, está en el campo de la neurociencia que se llama neurociencia computacional. La neurociencia computacional tiene como objetivo entender la manera en la que la interacción entre neuronas da lugar a nuestra manera de...

Decía Salvador Dalí que la mayor desgracia de la juventud actual era no pertenecer a ella. Pero los adultos difícilmente reconocerán esa frustración. Es más aceptable la idea del adolescente problemático, generador de conflictos en la familia y en el entorno que la idea más real y productiva del adolescente como proyecto de ser humano, aunque parezca que quien le da menos importancia a dicho proyecto es el propio adolescente. Pensar poco en su futuro es un rasgo de la adolescencia y un suplicio para los padres, que tienen más prisa, más miedo o más objetivos para sus hijos adolescentes que ellos mismos. A menudo los padres se desesperan con el ritmo de maduración de sus hijos adolescentes, con el deseo de que fuesen más rápidos, más conscientes y más ambiciosos en su camino en convertirse en adultos de éxito. Deberían los adolescentes llevar permanentemente un cartel de “en construcción”, para recordarnos que no son una obra terminada y sí un proyecto en ejecución. En la construcción de su personalidad, en la creación de su autoestima...

Para algunos autores estamos en la “era del narcisismo”. Según el sociólogo Christopher Lasch, durante el siglo XX, la postmodernidad, con el culto por el individuo y la búsqueda obsesiva por el éxito y el dinero, han favorecido un caldo de cultivo para que el narcisismo del siglo XXI crezca con fuerza. El narcisismo es en realidad un mecanismo de defensa para sobrevivir en el infierno de la baja autoestima, la falta de sentido y el sentimiento de vacío interior. Es un mecanismo defensa peligroso porque el narcisista es sobretodo infantil y no es consciente de las consecuencias de su conducta y sus decisiones, tampoco es empático, y le cuesta poner límites a su tendencia por lo desproporcionado, distorsionado y desmedido. Y cuando hace daño, puede causar mucho dolor. Autoestima y narcisismo son conceptos antagónicos. El narcisista se referencia en lo externo, lo superficial, la imagen que cultiva de sí, el aplauso y la dependencia patológica de su público, el espectáculo y las apariencias. Sus relaciones personales son utilitarias, se relaciona con los otros en tanto alimentan...

Quizás la peor vergüenza sea la de sentirse minúsculo, aceptar como inevitable la desconfianza habitual en uno mismo. Y el vergonzoso prefiere sentirse protegido de sí mismo, de lo que no sea digno de mostrar a los demás, aunque el precio sea tan alto como el de ser irrelevante. También ser vergonzoso es ser demasiado sensible emocionalmente, demasiado consciente, demasiado suspicaz, impresionable o delicado. Como decía Leonardo Da Vinci, donde hay más sensibilidad allí es más fuerte el martirio. El vergonzoso no deja pasar nada que le pueda herir, porque todo es susceptible de herirle y entonces por evitar ser naturalmente vulnerable prefiere ser artificialmente duro o apático. Tiene que mostrar una fachada exterior que esconda la amenazante intimidad interior que tanto se afana en proteger. El vergonzoso es un evitador profesional, un experto en esquivar y disimular. Decía Oscar Wilde que los libros que llamamos inmorales son aquellos que muestran nuestras vergüenzas. Está la vergüenza de la intimidad, el miedo a mostrarse tal y como es uno, y está la vergüenza de la indignidad, la...

Para Robert Lustig, neuroendocrino y pediatra norteamericano especializado en obesidad infantil, el error de esta era, que hace que la humanidad, teniendo mucho más que en épocas anteriores, esté perdida, deprimida e infeliz es la confusión generalizada entre el placer y la felicidad. Para el autor, identificar estos dos términos como sinónimos es la razón de nuestra frustración, sufrimiento inútil, adicciones y sentimiento de vacío existencial. Según Lustig, se trata de dos contenidos emocionales muy diferentes en realidad. El placer tiene que ver con la satisfacción inmediata y a corto plazo, con esa búsqueda infantil de intensidad, donde el bebé confunde tener más con estar mejor, el placer es algo visceral y muy físico y muchas veces está relacionado con necesidades insatisfechas o sustancias; el placer tiende a buscar la repetición compulsiva. La felicidad, sin embargo, es un estado de ánimo, algo que va más allá de las sensaciones momentáneas que el placer produce, una emoción que perdura en el tiempo y es estable y duradera, a diferencia del placer, que es efímero y muy volátil. El...

Una de las cualidades más sorprendentes del ser humano es su enorme diversidad. Somos asombrosamente diferentes en cuanto a gustos, aficiones, intereses, virtudes y carencias. Uno de los aspectos que más nos diferencian son nuestras creencias y nuestros valores. Hay quien valora mucho su intimidad, hay quien menos. Hay quien valora la puntualidad, hay quien menos. Algunas personas tienen firmes creencias políticas, otras no. ¿De dónde provienen esas creencias y esos valores? Como tantas otras cosas, nuestras creencias y valores se forjan durante nuestra infancia y adolescencia. Tienen su origen en lo que escuchamos de los que nos rodean. Madres y padres, hermanas y hermanos mayores y otros familiares, vecinos, profesoras y profesores. La expresión verbal de sus creencias y valores son los cimientos sobre los que construimos las nuestras. Las primeras creencias y valores que desarrollan los niños y las niñas son la interiorización de las de quienes les rodean. Esa interiorización es fundamental para el desarrollo de las funciones mentales y sociales en nuestra primera década y media de vida. Pero llega un momento en...

Como todo buen timo, la idea de un “buen amo” empieza como algo demasiado atractivo para ser verdad pero que se aprovecha de la debilidad de las víctimas para ser aceptado como real. La fantasía cautivadora es la imagen de alguien con el poder y el interés en ti suficientes para cambiar tus circunstancias de forma trascendental y liviana a la vez. La particularidad de este engaño, es que las víctimas son ambos, los dos participantes del fraude: quien desea un amo y quien desea ser amo. Porque se engaña quien crea que otro va a llevar la carga que le pertenece principalmente a él mismo. Porque la autoestima no se delega, la responsabilidad de la propia vida es inherente a uno mismo y no hay magos, titanes o superhombres que le salven de los grandes miedos que todos tenemos: la incertidumbre, la soledad y el dolor. Puntualmente se puede obedecer y acatar de forma entusiasta, se puede uno quedar deslumbrado y hechizado por un nuevo amo, pero sigue siendo el mismo timo de siempre: nuevo...

Wabi sabi es una palabra japonesa que según la Wikipedia, “hace referencia a “la belleza de la imperfección. Este concepto guarda relación con el minimalismo, la simplicidad, la serenidad y la discreción”. Se puede establecer un paralelismo entre el significado del wabi sabi y la autoestima. Si entendemos la autoestima como la relación que mantenemos con nosotros mismos, esta relación, en su concepción más genuina, tiene mucho de inocente, sencilla y serena. Y lo que llamamos imperfección es básicamente una falta de aceptación. En la relación con nosotros mismos no cabe la imperfección, somos como somos y como somos ya somos perfectos. Y si queremos encontrar la paz, el primer paso es entender que está bien que seamos así. La no aceptación de lo que eres solo abre la puerta al tormento. La aceptación tiene mucho de “la belleza de la imperfección”. Aceptar significa dejar de juzgarnos y por lo tanto dejar de condenarnos por ser cómo somos o hacer lo qué hacemos. N. Branden define la aceptación como “parar la guerra con nosotros mismos”. Cuando somos capaces de...

La aparición de las primeras computadoras digitales durante los años 50 del siglo pasado revolucionó el estudio del razonamiento humano. La clave de esta revolución radica en el símil que se estableció entre los procesos que usaban los ordenadores y los procesos implicados en el razonamiento humano. Se pensó que, si los ordenadores podrían realizar operaciones complejas, resolver problemas lógicos, aprender información nueva y adaptar sus estrategias, incluso ganar partidas de ajedrez contra expertos jugadores humanos, quizás la mente humana funcionaba de manera similar a como lo hacía un ordenador. Esta posibilidad caló hondo, tanto que hoy en día seguimos tratando a la mente humana como un tipo de ordenador, la concebimos como un sistema complejo de procesamiento de información, con una memoria a corto plazo, una memoria a largo plazo, etc. Tan prometedora fue esa posibilidad que pasaron tres décadas antes de que se cuestionara seriamente el paralelismo entre los ordenadores y la mente humana. Se había pasado por alto que todo lo que hace que la mente humana sea tan apasionante es justamente aquello...