Blog de Parentepsis

Pasamos el día hablando con, y escuchando a otras personas, escribiéndoles y leyendo sus mensajes a través del teléfono, escribiéndoles y leyendo sus correos electrónicos. Y lo hacemos durante años. Cualquiera que practique una actividad con tanta frecuencia y con tanta insistencia durante años, acaba convirtiéndose en una experta en esa actividad: una consumada violinista, una deportista de élite, o una gran artista. Si la práctica nos convierte en expertos y expertas, ¿se puede decir que somos expertos y expertas en comunicación? La gran cantidad de malentendidos que se producen día a día, nuestras dificultades para expresar lo que pensamos o sentimos, y los mensajes contradictorios que recibimos en ocasiones, son una demostración de que no basta hablar, escuchar, escribir y leer mucho para convertirnos en buenos comunicadores y comunicadoras. En su libro If I understood you, would I have this look on my face?, el actor Alan Alda, conocido por interpretar a Hawkeye Pierce en la serie M*A*S*H, reflexiona sobre las claves de la comunicación. Y lo hace sobre la base de su experiencia como...

Más que nunca, hoy, queremos sentirnos seguros y ansiamos la tranquilidad que da sentirnos confiados ante nuestro futuro. Pero, ¿qué es realmente la sensación de seguridad? ¿Es una necesidad, es un deseo o es una utopía? A nivel psicológico, ¿qué es realmente sentirnos seguros? ¿Qué grado de seguridad podemos alcanzar y qué es una quimera? Tener seguridad no es saber qué va a ocurrir mañana, eso es adivinación. Recurrimos a adivinos y videntes porque nos desespera no saber qué nos espera. Nos angustia tanto lo que pueda pasar que nos conformamos con el sedante embustero de un rumor, un chisme o un bulo y lo preferimos a la ausencia de noticias veraces, que aumenta nuestro desasosiego. Sobre el futuro, la seguridad es la confianza de vernos capaces de afrontar lo que pueda pasar aunque aún no sepamos qué va a pasar. Porque nadie sabe qué va a pasar y la mejor manera de adivinar el futuro es construirlo. Nadie llegó a la seguridad controlándolo todo, así desgraciadamente llegó a la ira y a la desesperación. Tener seguridad...

Nuestra realidad se mueve por la acción de dos fuerzas muy diferentes, una de ellas sigue el orden de la lógica y el tiempo, la otra las reglas del inconsciente. El deseo nos mueve desde lo más profundo de nuestras entrañas, con el impulso de la biología y la selección natural. El deseo es irracional, urgente, imperativo. Aparece de una manera animal e instintiva cuando lo que está en juego es la supervivencia de la persona o de la especie. Se impone de forma tiránica y nos somete cuando nos enamoramos o tenemos algún tipo de dependencia. Se expresa en forma de atracción incontrolable, aversión irracional, impulsividad y exceso. El deseo nos lleva a dar nuestra vida por otros, terminar con la de otros o con la propia. Freud hablaba del Eros y el Thanatos como las fuerzas de la vida y de la muerte, la creación y la destrucción, el principio y el final de las cosas. Para los hindúes Brahma es la deidad de la creación y el responsable de cada nuevo ciclo y Shiva...

En un reciente artículo publicado en la prestigiosa revista de psicología y neurociencia Current Opinion in Behavioral Sciences, Eran Eldar y sus colegas definen la felicidad como la creencia de que aumenta la frecuencia de eventos en nuestra vida que resultan mejor de lo que esperamos. Desde su punto de vista, por lo tanto, alguien que cree que son cada vez más frecuentes los eventos que resultan mejor de lo esperado es feliz. Por el contrario, alguien que cree que son cada vez menos frecuentes los eventos que resultan mejor de lo esperado es infeliz. Se trata de una definición curiosa, y quizás incluso rebuscada. ¿Es la felicidad realmente una creencia? ¿Por qué dar tanta importancia a los eventos que resultan mejor de lo esperado? La respuesta a estas preguntas, y la clave para entender la definición de felicidad que proponen, está en el campo de la neurociencia que se llama neurociencia computacional. La neurociencia computacional tiene como objetivo entender la manera en la que la interacción entre neuronas da lugar a nuestra manera de...

Decía Salvador Dalí que la mayor desgracia de la juventud actual era no pertenecer a ella. Pero los adultos difícilmente reconocerán esa frustración. Es más aceptable la idea del adolescente problemático, generador de conflictos en la familia y en el entorno que la idea más real y productiva del adolescente como proyecto de ser humano, aunque parezca que quien le da menos importancia a dicho proyecto es el propio adolescente. Pensar poco en su futuro es un rasgo de la adolescencia y un suplicio para los padres, que tienen más prisa, más miedo o más objetivos para sus hijos adolescentes que ellos mismos. A menudo los padres se desesperan con el ritmo de maduración de sus hijos adolescentes, con el deseo de que fuesen más rápidos, más conscientes y más ambiciosos en su camino en convertirse en adultos de éxito. Deberían los adolescentes llevar permanentemente un cartel de “en construcción”, para recordarnos que no son una obra terminada y sí un proyecto en ejecución. En la construcción de su personalidad, en la creación de su autoestima...

Para algunos autores estamos en la “era del narcisismo”. Según el sociólogo Christopher Lasch, durante el siglo XX, la postmodernidad, con el culto por el individuo y la búsqueda obsesiva por el éxito y el dinero, han favorecido un caldo de cultivo para que el narcisismo del siglo XXI crezca con fuerza. El narcisismo es en realidad un mecanismo de defensa para sobrevivir en el infierno de la baja autoestima, la falta de sentido y el sentimiento de vacío interior. Es un mecanismo defensa peligroso porque el narcisista es sobretodo infantil y no es consciente de las consecuencias de su conducta y sus decisiones, tampoco es empático, y le cuesta poner límites a su tendencia por lo desproporcionado, distorsionado y desmedido. Y cuando hace daño, puede causar mucho dolor. Autoestima y narcisismo son conceptos antagónicos. El narcisista se referencia en lo externo, lo superficial, la imagen que cultiva de sí, el aplauso y la dependencia patológica de su público, el espectáculo y las apariencias. Sus relaciones personales son utilitarias, se relaciona con los otros en tanto alimentan...

Quizás la peor vergüenza sea la de sentirse minúsculo, aceptar como inevitable la desconfianza habitual en uno mismo. Y el vergonzoso prefiere sentirse protegido de sí mismo, de lo que no sea digno de mostrar a los demás, aunque el precio sea tan alto como el de ser irrelevante. También ser vergonzoso es ser demasiado sensible emocionalmente, demasiado consciente, demasiado suspicaz, impresionable o delicado. Como decía Leonardo Da Vinci, donde hay más sensibilidad allí es más fuerte el martirio. El vergonzoso no deja pasar nada que le pueda herir, porque todo es susceptible de herirle y entonces por evitar ser naturalmente vulnerable prefiere ser artificialmente duro o apático. Tiene que mostrar una fachada exterior que esconda la amenazante intimidad interior que tanto se afana en proteger. El vergonzoso es un evitador profesional, un experto en esquivar y disimular. Decía Oscar Wilde que los libros que llamamos inmorales son aquellos que muestran nuestras vergüenzas. Está la vergüenza de la intimidad, el miedo a mostrarse tal y como es uno, y está la vergüenza de la indignidad, la...

Para Robert Lustig, neuroendocrino y pediatra norteamericano especializado en obesidad infantil, el error de esta era, que hace que la humanidad, teniendo mucho más que en épocas anteriores, esté perdida, deprimida e infeliz es la confusión generalizada entre el placer y la felicidad. Para el autor, identificar estos dos términos como sinónimos es la razón de nuestra frustración, sufrimiento inútil, adicciones y sentimiento de vacío existencial. Según Lustig, se trata de dos contenidos emocionales muy diferentes en realidad. El placer tiene que ver con la satisfacción inmediata y a corto plazo, con esa búsqueda infantil de intensidad, donde el bebé confunde tener más con estar mejor, el placer es algo visceral y muy físico y muchas veces está relacionado con necesidades insatisfechas o sustancias; el placer tiende a buscar la repetición compulsiva. La felicidad, sin embargo, es un estado de ánimo, algo que va más allá de las sensaciones momentáneas que el placer produce, una emoción que perdura en el tiempo y es estable y duradera, a diferencia del placer, que es efímero y muy volátil. El...

Una de las cualidades más sorprendentes del ser humano es su enorme diversidad. Somos asombrosamente diferentes en cuanto a gustos, aficiones, intereses, virtudes y carencias. Uno de los aspectos que más nos diferencian son nuestras creencias y nuestros valores. Hay quien valora mucho su intimidad, hay quien menos. Hay quien valora la puntualidad, hay quien menos. Algunas personas tienen firmes creencias políticas, otras no. ¿De dónde provienen esas creencias y esos valores? Como tantas otras cosas, nuestras creencias y valores se forjan durante nuestra infancia y adolescencia. Tienen su origen en lo que escuchamos de los que nos rodean. Madres y padres, hermanas y hermanos mayores y otros familiares, vecinos, profesoras y profesores. La expresión verbal de sus creencias y valores son los cimientos sobre los que construimos las nuestras. Las primeras creencias y valores que desarrollan los niños y las niñas son la interiorización de las de quienes les rodean. Esa interiorización es fundamental para el desarrollo de las funciones mentales y sociales en nuestra primera década y media de vida. Pero llega un momento en...