Blog de Parentepsis

Las relaciones humanas sanas se basan en el principio de reciprocidad. Hay un equilibrio general entre lo que tú das y lo que te aportan tus relaciones. En el chantaje emocional se rompe dicho equilibrio ya que una parte manipula a la otra para conseguir más de lo que da. Y es probable que el manipulador no sea consciente de su chantaje y lo vea como normal y justo, porque confunde su egoísmo con tener una sana autoestima. El chantajista emocional siente que se merece recibir mucho más de lo que da, por lo que es difícil que medite y cambie de actitud de forma voluntaria. Es fácil caer en el chantaje emocional de los demás cuando tiendes a anteponer sus necesidades a las tuyas, cuando sientes más prioritarios los objetivos de otros que los tuyos propios, cuando simpatizas más con el sufrimiento ajeno que con tu propio dolor, al que minimizas y escondes. El exceso de aguante, tu capacidad de sacrificio, deja de ser un atributo de madurez, de fortaleza emocional y de resiliencia para...

Lo que llamamos “la realidad” es un concepto, que aunque parece obvio para la mayor parte de las personas, tiene un significado complejo, confuso, abstracto y subjetivo. Tendríamos que hablar de “las realidades”. Lo que entendemos por “la realidad” es un acuerdo social, que compartimos de forma más o menos consciente con la mayoría y que recibimos y transmitimos de generación en generación a través de la cultura, la educación y todo el proceso de socialización. Socializarnos es inscribirnos en una determinada realidad. Eso significa dos cosas: primero que la realidad no es la misma para todos —la percepción de los hechos es diferente para un científico que para una persona muy religiosa— y, en segundo lugar, que va cambiando con el tiempo —la realidad de la edad media no es la misma que la del siglo XXI— tampoco comparten la misma realidad un adolescente que una persona de 60 años. Es importante entender esto porque damos por supuesto que todo el mundo percibe y entiende las cosas de la misma forma. Y no es así....

Carla está insegura de lo que siente por Roberto. Por un lado, le gusta, y se lo pasa bien con él cuando están juntos. Cuando quedan, se ríen y se da cuenta de que tienen muchas cosas en común y que se entienden bien. Por otro lado, cuando están separados, como cuando trabajan entre semana, o cuando Carla ha estado de viaje, no le echa de menos: se centra en el trabajo, se lo pasa bien con sus amigas o con su familia. Como Carla siempre ha pensado que cuando se quiere a una persona se la echa de menos cuando no se está con ella, cree que eso significa que realmente no quiere a Roberto. ¿Qué significa echar de menos? ¿Qué indica acerca de nosotros o de los demás cuando echamos de menos? ¿Significa realmente que queremos a alguien cuando la echamos de menos? En contra de lo que cree Carla, echar de menos no tiene nada que ver con querer. Echar de menos tiene que ver con necesitar. Echar de menos no nos indica nada...

El adjetivo que mejor define a la personalidad tóxica es “problemático”. Ya sea por su actitud negativa que les hace pasarlo mal hasta en una fiesta, por sus maneras tan “particulares” de resolver sus dificultades echando gasolina al fuego o por su capacidad de manipular a los demás para priorizar siempre su propio beneficio, la persona tóxica es un alquimista a la inversa, convierte el oro en plomo. En su actitud cotidiana, se aprecia el peso que tienen los pensamientos y emociones negativas en su vida. Desde la queja y el victimismo hasta la envidia y el resentimiento, pasando por la culpabilización hacia los demás o directamente su descalificación y minusvaloración, hay demasiado estado mental dañino en su cabeza y en su corazón. Y los estados mentales negativos se contagian fácilmente, como el pánico cuando alguien grita "¡Fuego!” en un teatro. Convivir con una persona tóxica es acostumbrarse a lo malo y convertirlo en lo habitual y esperable. De hecho, para el tóxico que otra persona desee un estado mental positivo es una traición, un disparate...

Las relaciones humanas son complicadas porque no existe una única manera de ver las cosas. Cada persona percibe y entiende la realidad a su manera, según sus valores, sus creencias y sus experiencias pasadas. No es lo mismo haber crecido en una familia con fuertes creencias religiosas, que en otra atea. Es muy diferente haber vivido una infancia en una gran ciudad, que en el campo, en la naturaleza. La experiencia es muy distinta si procedes de una familia numerosa con la casa siempre llena de gente, que si te has criado como hijo único, huérfano y has pasado mucho tiempo en soledad. En el fondo, cada persona habita una realidad personal y única en función de esas creencias y vivencias pasadas. Y cuando nos relacionamos y comunicamos con otras personas, lo que hacemos es intentar ajustar las diferentes realidades, como si se tratara de piezas de diferentes puzzles. Y como no encajan, a veces se producen diferencias que generan sorpresa, curiosidad, confusión, frustración, conflicto o agresividad. Una comunicación abierta y sana, ha de ser tolerante...

¿Qué cosas haces que te llenan de orgullo? ¿De qué cualidades estás más satisfecha? Hago estas preguntas a menudo, y muchas personas no saben qué contestar, o contestan muy pocas cosas. No porque tengan poco de lo que enorgullecerse o sentirse satisfechas, sino porque no acostumbran a preguntárselo a si mismas. No se nos suele enseñar a valorar con orgullo aquello que hacemos bien, con mimo y talento. Todo lo contrario, se nos enseña a dar más peso y centrarnos más en aquello que no sacamos adelante, aquello que no termina de salir como pretendemos. Si hemos interiorizado esta lección, tendremos la sensación de que, por mucho que hacemos, no terminamos de estar satisfechas. Hay pocos sentimientos más gratificantes que el de satisfacción con una misma. Es el que sentimos al acostarnos al final del día recordando con agrado aquello que hemos conseguido, que hemos hecho bien, decisiones en las que hemos demostrado coherencia y compromiso con nuestros valores, retos que hemos superado. Es la sensación de estar en paz con una misma, de haber aprovechado...

En el juego de la vida, se gana y se pierde. Competir forma parte de vivir y se rivaliza por reconocimiento, por éxito, por resultados o por afecto. No es tanto un acto de lucha encarnizada e inhumana donde el hombre es un lobo para el hombre, como el sano objetivo de emular, medirse y concursar en la aventura de la vida. Esa es la primera reflexión sobre perder y ganar: una parte apasionante de la vida es vivirla como un juego, una competición donde participar en ella te hace crecer y disfrutar. Y es que puede haber un elemento depresivo en el hecho de no participar en la competición de vivir, de retraerse y coartarse por miedo o apatía. Aprender a perder es aceptar que la derrota es una parte más del juego. Decía un gran deportista que había llegado a ser un ganador perdiendo muchas veces. La derrota no le devastaba, la aceptaba aunque le doliese y le instaba a seguir creciendo. Las reacciones de montar en cólera, culpabilizarse en exceso, avergonzarse o hacer...

En la autoestima de las personas existen soportes que ayudan a mantenernos estables. Estos soportes son hábitos y costumbres positivas con los que mantenemos la salud física y mental. Los soportes básicos más habituales son:   Cuidar la alimentación: mantener una dieta sana y equilibrada, comer regularmente y al menos dos veces al día. Hacer algún ejercicio físico: caminar, correr, montar en bicicleta, nadar… Trabajar y tener horarios predecibles: aunque sea por turnos. Tener una actividad con sentido. Sentirse integrado y pagado por el trabajo realizado. Mantener calidad de sueño y dormir un mínimo de 7 horas, despertar con la sensación de haber descansado. Vivir en un entorno ordenado y limpio: mantener la higiene personal. Cuidar, limpiar y ordenar el espacio habitado. No acumular trastos. Interacción social. Hablar e interactuar con otras personas. Compartir intereses sociales. Participar en proyectos comunes. Mantener el contacto con la realidad y un pensamiento constructivo. Valorar la propia conducta y la conducta de los demás con objetividad. Tener un diálogo interno positivo. Salud física y emocional: tener la capacidad y energía para realizar actividades cotidianas. No sufrir dolores invalidantes....

Numerosos estudios demuestran que las personas que más tiempo se pasan en las redes sociales son las que se sienten más tristes, desganadas, desvinculadas y aisladas. Podría parecer paradójico que el uso de tecnología diseñada para poner en contracto a personas de distintas partes del mundo esté asociada con sentimientos de desconexión. No resulta sencillo determinar cuál es la causa y cuál es el efecto. Podría ser que el uso de redes sociales lleve, a la larga, a sentirse solo y desconectado. O podría ser que las personas que se sienten solas y desconectadas sean las que más usan las redes sociales, como forma de conectar y sentirse acompañadas. Pero, incluso en este segundo caso, la evidencia muestra que las redes sociales no logran aportar el deseado sentimiento de conexión y compañía. El motivo por el que las redes sociales no son la solución para la soledad es que la ausencia de redes sociales no es la causa de la soledad. Nos podemos sentir solos cuando nos faltan relaciones o vínculos con otras personas, como cuando...

El progreso de tu vida es renovarte, es dar diez pasos adelante aunque hayas dado nueve hacia atrás, es hacer las cosas de forma diferente para conseguir resultados diferentes sobre aquello de lo que te quejas y te limita. Mejorar tu vida es un instinto natural que puedes tener dormido por baja autoestima. Es una forma de vivir en la que te responsabilizas de lo que te ocurre. Los cambios de verdad, los que que llegan para quedarse y no son una moda del momento o un impulso que se agota enseguida, son progresivos. No suelen ser grandes cambios que ocurren de un día para otro sino que se construyen a través de pequeñas modificaciones que conforman una transformación permanente. En este trayecto progresivo, vas añadiendo elementos positivos y retirando elementos negativos. Cambias unos hábitos por otros, poco a poco, sin prisa pero sin pausa. No adelgazas de repente: cambias malos alimentos por otros más saludables. No te pones en forma en tres días: eliminas hábitos sedentarios y los sustituyes por rutinas de ejercicio. No te...