¿Nunca os habéis levantado con la sensación de saber que el día que acaba de comenzar no va a ser un buen día?. Quizás este amanecer oscuro se deba a que durante un corto, medio o largo periodo de tiempo, hayamos acumulado tal cantidad de sensaciones, sentimientos u emociones de índole negativa que nuestra psique se vea obligada a gestionar dicho colapso a través de una ira desbordante asomando a cada instante ante cualquier oportunidad que se le presente. Supongo que la inmensa mayoría de nosotros, ante tal cruel perspectiva de día intentará activar aquellas llamadas respuestas salvavidas: “quédate en casa y no te muevas de la cama”. Cierto es que todas las opciones deben ser valoradas, sin embargo, el escondernos, mirar hacia otro lado o respondiendo negativamente ante las situaciones que se nos presentan ¿son las soluciones que debemos alentar?. Bien sabemos que no; por lo tanto ¿Cómo podemos amortiguar el impacto negativo de las cosas? Quizás lo realmente importante es aprender a tener en nuestro día a día un pequeño “Kit de rescate emocional” para así poder...

La frustración es la emoción que sentimos cuando una expectativa no se cumple, cuando lo que deseamos no es lo que obtenemos o simplemente cuando la cosas tardan en llegar o no llegan. Es la reacción que tiene un niño cuando le impedimos hacer algo que quiere o no le damos lo que pide. La frustración nos lleva a actuar de forma impulsiva, generalmente desproporcionada, con una alta tasa de malestar y sin valorar las consecuencias de nuestros actos. Normalmente va asociada a la rabia, pero también ir acompañada de miedo, tristeza o decepción. En cualquier caso emociones con connotaciones negativas. El control de la frustración es lo que se conoce como tolerancia a la frustración. Y desarrollar una buena resistencia a la frustración es algo que lleva tiempo y marca la diferencia entre una afectividad infantil y una adulta. Hay muchos adultos que frente a las contrariedades de la vida tienen reacciones infantiles, auténticas rabietas. De hecho muchos de los problemas que surgen durante la adolescencia y posteriormente guardan relación con las dificultades para manejar...

El término resiliencia hace referencia a la capacidad de resistencia que tiene un metal a ser deformado. Es decir, si la vida nos pone a prueba y no nos doblamos ante ese reto, no nos rendimos, … estamos mostrando una gran resiliencia. Hay personas que tras un divorcio inesperado son capaces de resurgir de las cenizas, niños que sufrieron tremendos traumas convertirse en adultos de gran éxito, personas que ante la adversidad, se crecen y muestran una gran capacidad de aguante y serenidad, que se recuperan con mayor celeridad tras un episodio doloroso, personas que superan situaciones difíciles, críticas, adversas o catastróficas volviendo a ser ellos mismos. Muchos de nosotros no sabemos que tenemos esta capacidad hasta que nos vemos en situaciones extremas en las que te descubres a ti mismo sacando recursos para salir tú adelante y ayudando incluso a salir a otras personas. Accidentes, enfermedades graves, robos, guerras, inmigración, rupturas familiares, catástrofes naturales, fallecimientos repentinos, … es difícil saber cómo actuaríamos en situaciones similares. La autoestima y la resiliencia guardan una profunda relación. Es necesario estar muy...

No somos todopoderosos, no somos invulnerables, no somos eternos, no somos dioses. Somos seres humanos, expuestos a todo aquello que puede traer la vida. Nos trae alegrías y tragedias, nos trae éxitos y fracasos, nos trae personas y nos las quita. Unas veces lo esperamos y otras veces nos coge totalmente desprevenidos. Unas veces nos sentimos capaces de afrontarlo y otras veces sentimos que no vamos a poder con el dolor, la rabia, la culpa o la vergüenza. Unas veces creemos entender lo que nos ha pasado y otras veces maldecimos el sinsentido que estamos viviendo. Cuando la vida golpea muy fuerte nos genera un trauma. No es debilidad de carácter, es una fuerza que nos devasta y amenaza con destruirnos por muy fuertes que hayamos sido hasta entonces. Nos ha golpeado con tal violencia, sorpresa y crudeza que sentimos que hemos caído tan abajo que ya no podremos volver a levantarnos. Y cuando lo esperable es pensar que todo está perdido, que no podemos hacer nada o que no tenemos fuerza para hacer lo que...

Cómo percibimos y valoramos nuestro día a día, nuestra vida, lo que nos pasa o lo que no nos pasa, lo que tenemos o lo que nos falta, el tiempo que hace, el trabajo que tenemos para hoy, las palabras de mi pareja, etc. es lo que crea la realidad. La realidad en si es neutra, no es ni buena ni mala, no tiene color. ¿De qué color pintas tu vida? Trabajos duros, pinchar una rueda, situaciones de pobreza o de enfermedad, duelos o separaciones,… ¿y éstas y otras qué? ¿También son neutras? Pues por extraño que nos suene sí, lo son. He oído a personas decir que la depresión que han padecido es lo mejor que les ha pasado en la vida ya que gracias a ella fueron capaces de cambiar su día a día; disfrutar enormemente y trabajar con pasión en profesiones que muchos consideraríamos abrumadoras; hablar con confianza ciega sobre cómo lo que ahora viven, sin duda es por alguna razón y aunque aún no la comprendan saben que es para su bien,…...

Las emociones juegan un papel potenciador en nuestro aprendizaje. Sin entrar en grandes detalles neurobiológicos, cuando ocurre algo que nos provoca una emoción, nuestro cerebro lo recuerda de forma más intensa, más vívida y durante más tiempo. El torrente de cambios neurofisiológicos que se producen al emocionarnos genera un recuerdo potente, una huella permanente que facilitará su registro y posterior evocación. En general, es un buen “truco” que la naturaleza nos ha otorgado para que tengamos una memoria más extensa, precisa y afinada. Así, recordaremos durante mucho tiempo aquellos sucesos que nos emocionaron de una u otra manera. Unos recuerdos se fijaron con amor, otros con enfado, con alegría o con miedo. Las emociones fueron el fruto de una atención más focalizada, de una concentración mayor hacia lo que estábamos viviendo. El triángulo atención-emoción-memoria formó el mejor cemento posible para construir el recuerdo. No obstante, no todo son ventajas en el papel de lo emocional sobre nuestra memoria. Cuando sufrimos un accidente de tráfico, cuando nos atacan y sentimos que nuestra vida está en riesgo o...

Persistir o renunciar. Es el dilema que se nos plantea cuando el tiempo, esfuerzo o dinero sobrepasa el objetivo inicialmente proyectado. Es lo que sucede cuando los planes no se ajustan a las previsiones, cuando nuestro negocio no produce beneficios durante demasiado tiempo, o cuando a pesar de dedicar horas y atención al estudio no conseguimos superar el aprobado; o incluso cuando, tras años de convivencia con nuestra pareja, nos planteamos si compensa seguir “intentándolo”. Son momentos de angustia e indecisión. Por un lado, pensamos que abandonar justo en ese momento es desperdiciar toda la inversión anterior. A nuestra memoria acude la ilusión con la que iniciamos el proyecto, las ganas y la pasión con que iniciamos nuestros estudios, nuestra empresa o nuestra relación de pareja. Recordamos las horas que hemos dedicado a que todo funcionara bien, el trabajo que nos ha costado lograr lo que tenemos, el dinero que hemos destinado a hacer realidad nuestro sueño. Nos apegamos a ello como si aún lo tuviéramos entre nuestras manos, como si ese tiempo, dinero o trabajo...

Puede que tengas una vida agradable, una vida cómoda o una vida que no te gusta. Seguramente en algún momento te has planteado mejorarla, lo habrás logrado, o habrás desistido del intento. Quizás te has acostumbrado a hacer lo de siempre y ni siquiera esperas otros resultados. A lo mejor te conformas con realizar tu trabajo, cumplir con tus responsabilidades y tener algunos ratos de ocio. Vas viviendo. De repente algo imprevisto sucede: nace un hijo, muere alguien cercano, te quedas sin trabajo, te diagnostican un tumor, te salta el airbag del coche al estrellarte, se inunda tu vivienda o te quedas colgando en el vacío mientras practicas puenting. Al principio no eres capaz de valorar lo que te pasa, y te da la sensación de que tu vida se ralentiza, todo comienza a suceder a cámara lenta, y grabas en tu mente cada segundo de la experiencia. Después, el miedo te mira de frente, y lo que ves te asusta tanto que te quedas paralizado. No quieres enfrentarte a eso, no quieres estar ahí, no quieres...

El infierno está en tu mente. Allí te abrasas y te consumes con pensamientos con los que tú te haces daño a ti mismo. Dan igual tus circunstancias, no importa que disfrutes de una salud de hierro, que a tu alrededor haya personas que te demuestren su amor y aprecio, que tengas un trabajo envidiable y dinero suficiente para llevar una vida desahogada. Da igual que tus hijos crezcan sanos y felices o que cuentes con todos los recursos necesarios para tener una vida plena. Cuando habitas en el infierno de tu mente ardes en una angustia dolorosa que no tiene justificación racional ninguna pero en la que quemas tu momento presente, tu talento y tu alegría vital. El infierno de tu mente se prende con la llama del miedo, y su fuego apaga el amor y la confianza. El humo negro del miedo te ahoga impidiéndote respirar y te ciega haciendo que no veas que tu libertad está más allá de esa humareda. Las llamas del miedo prenden tu propia rabia y al final solo...