La culpa es el sentimiento de malestar, más o menos consciente que sentimos cuando transgredimos algún principio, norma o compromiso. También podemos sentirnos culpables cuando hemos cometido un error. Es decir, nos sentimos culpables cuando nos juzgan o nos juzgamos por algo que creemos hemos hecho mal. A pesar de ser un sentimiento frecuente y habitual, no se trata ni de una emoción elemental como el miedo, la rabia, la tristeza o la alegría. La culpa es una emoción aprendida y construida en torno a un sistema de reglas y valores. Se aprende a sentirse culpable. Porque sin reglas no hay transgresión, y sin trasgresión, no hay culpa. Nuestro propio juicio, es en realidad, la interiorización de un juicio anterior hecho por los otros. Aprendimos a juzgarnos cómo otros nos juzgaron. De hecho, la culpa, es uno de los sistemas más antiguos que utiliza la humanidad para condicionar y socializar a las personas y los grupos sociales. La culpa se aprende a sentir en la infancia cuando hacemos algo incorrecto o nos comportamos como no desean los adultos,...

La autoestima es la relación que tú mantienes contigo. Es exactamente igual que cualquier otro tipo de relación. Cuando te llevas bien con otra persona, tienes ganas de estar con ella, todo parece funcionar, hay momentos divertidos, momentos para el apoyo y la ayuda o momentos para conocerse, aceptarse, confiar y quererse. Cuando te llevas mal con alguien lo primero que sucede es que no te apetece nada estar con esa persona. Eso pasa contigo cuando tu autoestima es baja. No quieres ni verte. Sin embargo la autoestima tiene una peculiaridad que la hace distinta a cualquier otro tipo de relación. No puedes separarte de ti. Por eso cuando tu autoestima es baja, tu vida no termina de gustarte. Hay personas que confunden la autoestima con el narcisismo apabullante, la necesidad de protagonismo, el egoísmo recalcitrante o con el infantilismo de darse caprichos. Nada de eso es autoestima. En realidad todos esos comportamientos son el resultado de tratar de ocultarse a sí mismo la triste realidad. Que uno no se soporta. Y por mucho que se empuje a...

Ser capaces de aceptar es un don. Por suerte es una cualidad o habilidad que se entrena. Aceptar es ser capaces de decir “esto es lo que hay” e implica dejar de hacernos daño con esa situación. Oportunidades en el día a día, en la vida, no faltan. Y no lo digo porque la vida sea dura y cruel, la vida es la que es, sino porque ante esas situaciones que la vida nos presenta tenemos la oportunidad de elegir la actitud con la que la vamos a afrontar. Al mojarnos los zapatos en un día de lluvia, al hacer una entrevista con más nervios de los que nos hubiese gustado, ante un retraso en el aeropuerto, una gripe que te impide hacer esa reunión tan importante o al ser diagnosticados por una grave enfermedad que cambiará tu vida, en la aceptación está la salvación. Podemos quedarnos atrapados en la rabia, en la decepción, en una profunda tristeza o decir con fuerza, ¨esto es lo que hay”. Queremos aceptar lo que nos pasa, aceptar la vida y aceptar a los...

Vas camino de una reunión y te encuentras en un atasco, es una reunión importante y sabes que ya llegarás tarde, sabes también como le molestan esas cosas a tu jefe. Sientes ansiedad y malestar porque sabes que se va a enfadar y te lo va a echar en cara. Te han vuelto a llamar del colegio, tu hijo adolescente otra vez ha vuelto a tener una actitud retadora con un profesor, no es la primera vez que pasa, te dijeron que la próxima vez tendría consecuencias, notas la frustración, sientes tu cuerpo tenso y aprietas los dientes mientras pides disculpas por teléfono. Sabes que al llegar a casa volverá a haber gritos, portazos y discusiones y solo pensar en ello hace que se te ponga un nudo en el estómago. Llevas tiempo con tu piso en venta, pensabas que ya habías encontrado un comprador, pero esta tarde te han llamado de la inmobiliaria diciéndote que ha decidido no continuar con la operación. Notas como se extiende esa sensación de decepción, te habían dicho que estaban casi...

La realidad es neutra y cada persona la filtra mentalmente con sus creencias, valores, costumbres, cultura y paradigmas. Entonces la interpretamos adjudicándole un valor emocional. En el fondo no existen experiencias buenas o malas, agradables o desagradables, positivas o negativas. El partido de futbol que a tantos apasiona y por el que algunos son capaces de ir al otro lado del planeta, a otros sencillamente les aburre. Las creencias y ceremonias religiosas que dan sentido, orden y paz a la vida de muchas personas, a otros les produce rechazo o incluso actitudes violentas. La búsqueda de música a muchos decibelios, alcohol, sexo fácil y muchedumbre que muchos entienden como pasarlo bien, placer o felicidad a otros les produce hastío o incluso repugnancia. No todos queremos lo mismo ni disfrutamos con las mismas experiencias. Lo que a muchos les hace sufrir, a otros les produce placer. De hecho la frontera entre el gozo y el dolor es difusa y cambiante. Y lo que arranca gustando, a partir de determinado momento comienza a molestar, se convierte en algo desagradable...

Cuando pudiendo ser feliz no lo eres, seguramente te estás excluyendo. La exclusión es la forma que tienes de vivir de una manera dolorosa cualquier tipo de experiencia cuando las circunstancias son objetivamente positivas y favorables. Puedes excluirte en solitario y no disfrutar de la salud que tienes o de la ciudad en la que vives. También puedes excluirte de otras personas y no ser feliz con unos amigos que te quieren o con un hijo que te adora. Seguramente te estás excluyendo cuando tu trabajo tiene muchos más aspectos positivos que negativos, porque cuentas con un buen contrato, ganas un sueldo aceptable, se te reconoce y dices tener un buen jefe, pero ni lo disfrutas, ni lo valoras. O cuando en opinión de cualquiera tienes una buena relación de pareja, que sabes que te quiere y te lo demuestra con hechos, pero tú pones más la atención en las carencias o en las cosas que fallan que en todos los valores que la relación te aporta y con los que creces. La exclusión tiene mucho que...

El dolor físico cumple la función de ser la señal de alarma ante algún peligro para tu biología. Un corte, un golpe, una quemadura, son agresiones que sufre tu cuerpo y el dolor te obliga primero a retirarte de la fuente de agresión y, en segundo lugar, a parar y dejar lo que estuvieras haciendo. Mediante el dolor físico recuperas la atención para ti, obligándote a concentrarte en esa parte de tu cuerpo que te duele y corrigiendo cualquier tipo de dispersión o distracción. El dolor físico te devuelve al momento presente de una forma rotunda y absoluta. Y a partir de ese momento tu biología comienza el proceso de recuperación y sanación. El sufrimiento psicológico es diferente. Seguramente no haya emoción más inútil que el sufrimiento psicológico. Ya sea en forma de culpa, preocupación, ansiedad, pánico o depresión. Entrar en el sufrimiento psicológico es comenzar la caída al pozo sin fondo de la parálisis, el victimismo y la amargura. Siempre vas a encontrar razones para sufrir. ¡Siempre! Porque siempre hay cosas a mejorar, injusticias, situaciones terribles,...