EL PLACER DE SUFRIR

La realidad es neutra y cada persona la filtra mentalmente con sus creencias, valores, costumbres, cultura y paradigmas. Entonces la interpretamos adjudicándole un valor emocional.

En el fondo no existen experiencias buenas o malas, agradables o desagradables, positivas o negativas. El partido de futbol que a tantos apasiona y por el que algunos son capaces de ir al otro lado del planeta, a otros sencillamente les aburre. Las creencias y ceremonias religiosas que dan sentido, orden y paz a la vida de muchas personas, a otros les produce rechazo o incluso actitudes violentas. La búsqueda de música a muchos decibelios, alcohol, sexo fácil y muchedumbre que muchos entienden como pasarlo bien, placer o felicidad a otros les produce hastío o incluso repugnancia.

No todos queremos lo mismo ni disfrutamos con las mismas experiencias. Lo que a muchos les hace sufrir, a otros les produce placer. De hecho la frontera entre el gozo y el dolor es difusa y cambiante. Y lo que arranca gustando, a partir de determinado momento comienza a molestar, se convierte en algo desagradable y termina produciendo rechazo.

La situación se hace más compleja precisamente en esa frontera difusa y cambiante, porque hay un punto donde el placer y el dolor se funden y confunden. Y allí aunque con la lógica y la razón digamos no querer determinadas experiencias, el cuerpo nos fuerza a repetirlas una y otra vez de una forma compulsiva y obscura. Produciendo una satisfacción que decimos querer evitar pero que termina por darnos identidad. Convirtiéndonos en seres amargados, angustiados, temerosos, iracundos, depresivos o una mezcla turbia de todo al mismo tiempo.

Cuando en circunstancias favorables nos empeñamos en hacer una lista detallada de razones con las que justificar la necesidad de sufrir y aguantar el dolor. Y ponemos la atención en todo aquello que no termina de ser perfecto o desde nuestro punto debería ser de otra forma. Y argumentamos con quejas y críticas detalladas nuestros llantos y nuestro dolor, construyendo un diálogo interno carente de valoraciones y gratitud hacia todas aquellas las cosas maravillosas que nos rodean y para las que definitivamente parecemos habernos vuelto ciegos. Estamos retroalimentando el circuito del malestar y manteniendo nuestra adicción emocional al desgarro, la decepción, el desamparo, el abandono, la culpa, la vergüenza o el fracaso.

Todo se justifica con tal de sentir eso que rechazamos conscientemente porque está destrozándonos, pero que atraemos y repetimos inconscientemente hasta nuestra propia aniquilación.

Nos hemos excluido, quedándonos al margen y en la cuneta de nuestra propia felicidad y hemos hecho del dolor el sentido de nuestra existencia . Hemos dejado de fluir con la vida y nos agitamos, perdidos, vacíos y aterrados entre la supervivencia, la distracción o la destrucción personal.

Todo esto se produce en la frontera entre el placer y el dolor. Es el pulso entre las adicciones a las que hemos acostumbrado a nuestra biología y la ansiada libertad.

Pero siempre hay una oportunidad de salir. Existe un momento en el que sí de verdad queremos, podemos volver a fluir con la vida y sentir que somos merecedores de la salud, el amor, la abundancia y la felicidad que de una forma natural siempre nos han pertenecido. La autoestima es la puerta de salida del infierno y la que transforma el placer de sufrir en amor por ti y te devuelve la libertad de ser tú.

Tienes muchas formas de abrir esa puerta y empezar a mejorar tu autoestima, leer libros relacionados, acudir a conferencias, hacer cursos, talleres de autoestima, empezar una terapia o un proceso de coaching personal. Nunca han existido tantas opciones para dejar de sufrir, aprender a quererte y construir una vida coherente y feliz.

FRASE: “¿Qué es el infierno? Yo sostengo que es el sufrimiento por ser incapaz de amar”. Fiodor Dostoievski

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