Con frecuencia nos vemos arrollados por una inercia emocional que nos saca del equilibrio. Sufrimos ataques de rabia, crisis de decepción, episodios de una fuerte ansiedad, … en definitiva un gran malestar concentrado en un corto espacio de tiempo para luego volver a la llamada normalidad. ¿Un mal día? ¿se da por culpa de otros? ¿quizás tu jefe te ha sacado de tus casillas? ¿es tu marido que tiene hoy ganas de guerra?...

Cuando algo te gusta mucho, te apetece un montón o lo vives casi como una necesidad, puede ser comerte un trozo de chocolate, comprarte algo o estar con una persona concreta. Si no consigues quitártelo de la cabeza y quieres vivir esa experiencia a toda costa, estás sintiendo un fuerte deseo. Eduard Punset en “El alma está en el cerebro” afirma “el deseo nos saca de nosotros mismos, nos desubica, nos dispara y proyecta, nos vuelve excesivos, hace que vivamos en la improvisación, el desorden y el capricho, máximas expresiones de la libertad llevada al paroxismo. El deseo reivindica la vida, el placer, la autorrealización, la libertad”. El deseo nace de las tripas, no del corazón ni por supuesto la cabeza, en todo caso se elabora y se transforma allí más tarde. Por eso va asociado a cierta tensión interna, ansiedad e inquietud, porque se alimenta de la falta, de algo que no tenemos en ese momento, incluso algo que tal vez perdimos hace tanto tiempo que lo hemos olvidado y solo nos queda el vacío que...

La realidad es neutra y cada persona la filtra mentalmente con sus creencias, valores, costumbres, cultura y paradigmas. Entonces la interpretamos adjudicándole un valor emocional. En el fondo no existen experiencias buenas o malas, agradables o desagradables, positivas o negativas. El partido de futbol que a tantos apasiona y por el que algunos son capaces de ir al otro lado del planeta, a otros sencillamente les aburre. Las creencias y ceremonias religiosas que dan sentido, orden y paz a la vida de muchas personas, a otros les produce rechazo o incluso actitudes violentas. La búsqueda de música a muchos decibelios, alcohol, sexo fácil y muchedumbre que muchos entienden como pasarlo bien, placer o felicidad a otros les produce hastío o incluso repugnancia. No todos queremos lo mismo ni disfrutamos con las mismas experiencias. Lo que a muchos les hace sufrir, a otros les produce placer. De hecho la frontera entre el gozo y el dolor es difusa y cambiante. Y lo que arranca gustando, a partir de determinado momento comienza a molestar, se convierte en algo desagradable...

Cuando piensas en una persona agresiva generalmente te viene a la cabeza alguien intimidante, con tendencia a hablar en voz alta o gritar, de modales bruscos y palabras groseras, expresión de enfado, incluso de furia, facilidad para la crispación y la tensión, que transpira miedo y amenaza, y con tendencia a la impulsividad y al descontrol. Lo puedes imaginar conduciendo de una manera temeraria, discutiendo con otras personas con el volumen de voz elevado y haciendo gestos con las manos, riñendo a su hijo con una mirada intimidante, dando un golpe en la mesa en una reunión o pegando una patada con furia a la papelera o al perro cuando la noticia que ha recibido no es de su agrado. Se trata solo de un tipo de agresividad. La más “florida”. La que hace un mayor despliegue de efectos especiales en sonidos fuertes, gestos bruscos y expresiones terribles. Es la agresividad activa, que hincha las venas del cuello, inyecta los ojos en sangre, aprieta los puños con crispación y somete el cuerpo a una elevada tensión. Hay, sin...

Cuando pudiendo ser feliz no lo eres, seguramente te estás excluyendo. La exclusión es la forma que tienes de vivir de una manera dolorosa cualquier tipo de experiencia cuando las circunstancias son objetivamente positivas y favorables. Puedes excluirte en solitario y no disfrutar de la salud que tienes o de la ciudad en la que vives. También puedes excluirte de otras personas y no ser feliz con unos amigos que te quieren o con un hijo que te adora. Seguramente te estás excluyendo cuando tu trabajo tiene muchos más aspectos positivos que negativos, porque cuentas con un buen contrato, ganas un sueldo aceptable, se te reconoce y dices tener un buen jefe, pero ni lo disfrutas, ni lo valoras. O cuando en opinión de cualquiera tienes una buena relación de pareja, que sabes que te quiere y te lo demuestra con hechos, pero tú pones más la atención en las carencias o en las cosas que fallan que en todos los valores que la relación te aporta y con los que creces. La exclusión tiene mucho que...

El dolor físico cumple la función de ser la señal de alarma ante algún peligro para tu biología. Un corte, un golpe, una quemadura, son agresiones que sufre tu cuerpo y el dolor te obliga primero a retirarte de la fuente de agresión y, en segundo lugar, a parar y dejar lo que estuvieras haciendo. Mediante el dolor físico recuperas la atención para ti, obligándote a concentrarte en esa parte de tu cuerpo que te duele y corrigiendo cualquier tipo de dispersión o distracción. El dolor físico te devuelve al momento presente de una forma rotunda y absoluta. Y a partir de ese momento tu biología comienza el proceso de recuperación y sanación. El sufrimiento psicológico es diferente. Seguramente no haya emoción más inútil que el sufrimiento psicológico. Ya sea en forma de culpa, preocupación, ansiedad, pánico o depresión. Entrar en el sufrimiento psicológico es comenzar la caída al pozo sin fondo de la parálisis, el victimismo y la amargura. Siempre vas a encontrar razones para sufrir. ¡Siempre! Porque siempre hay cosas a mejorar, injusticias, situaciones terribles,...