EL SUFRIMIENTO INÚTIL

El dolor físico cumple la función de ser la señal de alarma ante algún peligro para tu biología. Un corte, un golpe, una quemadura, son agresiones que sufre tu cuerpo y el dolor te obliga primero a retirarte de la fuente de agresión y, en segundo lugar, a parar y dejar lo que estuvieras haciendo. Mediante el dolor físico recuperas la atención para ti, obligándote a concentrarte en esa parte de tu cuerpo que te duele y corrigiendo cualquier tipo de dispersión o distracción. El dolor físico te devuelve al momento presente de una forma rotunda y absoluta. Y a partir de ese momento tu biología comienza el proceso de recuperación y sanación.

El sufrimiento psicológico es diferente. Seguramente no haya emoción más inútil que el sufrimiento psicológico. Ya sea en forma de culpa, preocupación, ansiedad, pánico o depresión. Entrar en el sufrimiento psicológico es comenzar la caída al pozo sin fondo de la parálisis, el victimismo y la amargura.

Siempre vas a encontrar razones para sufrir. ¡Siempre! Porque siempre hay cosas a mejorar, injusticias, situaciones terribles, desgracias e infortunios. Tendrás que pasar por ellas o sentirás de cerca cómo les afectan a otras personas más o menos próximas. Todas esas situaciones forman parte de tu experiencia vital.

Y, ciertamente, no son ninguna buena noticia; son un trago difícil, a veces muy difícil. Puede tratarse incluso de algo irremediable, para lo que ya no hay ninguna solución. Por lo que la razón de tu desconsuelo, desesperación y tortura interior está más que justificada y cualquiera con un mínimo de empatía te comprenderá. Puedes sufrir mucho, en realidad puedes sufrir muchísimo, porque el sufrimiento psicológico no tiene límite y a veces sólo la muerte parece ser la única salida del agujero del horror.

Pero por mucho que sufras tu realidad no va a cambiar. Ojalá el sufrimiento fuera la moneda de canje y con él resolvieras tus problemas y las cosas fueran de otra manera. Pero no es así. Más bien es todo lo contrario. Porque el sufrimiento, como el dolor físico, tras la retirada te inmoviliza y hace que pongas tu concentración en eso que precisamente te hace estar tan mal, y así alimentas y amplificas tu propio malestar, enquistando precisamente aquello que quieres evitar.

El propio sufrimiento llega a convertirse en una adicción. Entonces tal vez empieces a atraer nuevas experiencias con las que prolongar tu agonía. A veces, la adicción es tan grande que ya no son necesarias experiencias reales, sino que permanecerás perdido en recuerdos tormentosos que ya pasaron hace mucho tiempo o harás predicciones para ti o los tuyos sobre un futuro amenazante y cargando de dolor y desesperanza. Cuando has quedado atrapado en la adicción al sufrimiento, cualquier motivo real o imaginario sirve como justificación para amargarte. Tu atención se vuelve selectiva, busca y enfoca solo aquellos aspectos de tu realidad a los que te agarras para mantener tu pesadumbre, dejando de lado otros muchos aspectos o razones por las que podrías volver a ser feliz. Es más, en esos momentos hablar de felicidad te parece una frivolidad sin sentido, incluso un insulto. En todo caso algo que no es para ti.

Tienes todo el derecho al sufrimiento, y puedes sufrir mucho, muchísimo, porque no hay límite. Puedes sufrir con razón o sin razón, pero por muy mal que estés nada cambiará, no te servirá de nada más que para alimentar el fuego interno del infierno personal en el que ardes y te consumes.

Acepta lo sucedido, aprende con lo vivido, haz cambios si son posibles, supérate y sal más fuerte de la experiencia. Enfoca tu atención en otros aspectos de tu realidad que te ayuden a reconstruir tu felicidad, recuerda las razones para vivir, deja de quejarte, asume la responsabilidad de tus emociones, quiérete por encima de todas las cosas y pasa a la acción. Es la mejor receta, todo lo demás es sufrimiento inútil.

FRASE: “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcioinal”. Buda

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