La factura de los complacientes

Las relaciones humanas son complicadas porque no existe una única manera de ver las cosas. Cada persona percibe y entiende la realidad a su manera, según sus valores, sus creencias y sus experiencias pasadas. No es lo mismo haber crecido en una familia con fuertes creencias religiosas, que en otra atea. Es muy diferente haber vivido una infancia en una gran ciudad, que en el campo, en la naturaleza. La experiencia es muy distinta si procedes de una familia numerosa con la casa siempre llena de gente, que si te has criado como hijo único, huérfano y has pasado mucho tiempo en soledad. En el fondo, cada persona habita una realidad personal y única en función de esas creencias y vivencias pasadas. Y cuando nos relacionamos y comunicamos con otras personas, lo que hacemos es intentar ajustar las diferentes realidades, como si se tratara de piezas de diferentes puzzles. Y como no encajan, a veces se producen diferencias que generan sorpresa, curiosidad, confusión, frustración, conflicto o agresividad.

Una comunicación abierta y sana, ha de ser tolerante con las diferencias, sensible con las emociones que vayan apareciendo y objetiva para valorar los hechos. En una comunicación madura y adulta, hay que entender los conflictos como parte natural y deseable del proceso de entendimiento, porque los conflictos tratados desde el respeto, son necesarios para ajustar las diferencias y llegar a la comprensión.

Algunas personas sin embargo, no soportan los conflictos porque se sienten incómodas y para evitarlos, ocultan información, fingen ser quienes no son para agradar o simplemente mienten. Con su actitud complaciente, tienden a decir sí, a darte la razón y a que escuches lo que quieres oír. En realidad su escucha no es comprensiva, es acomodaticia, detecta tus necesidades y trata de satisfacerlas. Es su manera de encontrase, seguros y aceptados. Cuidan en tono en el que te hablan, escogen bien las palabras, buscan temas neutros de conversación y por encima de todo evitan la polémica y la confrontación. Eso les lleva a asumir compromisos que no pueden cumplir por decir sí a cosas que están fuera de sus posibilidades o a tener que desmentir afirmaciones que resultaron ser falsas. Esas relaciones que empezaron de forma amable y fluida siempre terminan evolucionando de una forma, áspera, amarga, frustrante, triste, decepcionante y dolorosa.

Los complacientes son “caramelos venenosos”, tienen una entrada dulce y un regusto desagradable. Son personas amables, cariñosas, seductoras e inseguras, a los que les falta la confianza de ser ellos mismos, de expresar lo que piensan, sienten o quieren, por eso no confían en los demás, temen el rechazo, el abandono y la desaprobación.

El complaciente finge que las diferentes piezas del puzzle de la realidad encajan, cuando lo cierto es que no es así. Pero en algún momento, como en el cuento de cenicienta, se rompe en encantamiento y pasa factura, porque no puede seguir complaciendo, cae el disfraz, y emerge el trago amargo de la realidad desajusta, el desencanto, el falso compromiso y la mentira.

AUTOR:

Miguel Ángel Paredes

PSICÓLOGO

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«El hombre que no encuentra satisfacción en sí mismo, la buscará en otras partes»

François La Rochefoucauld

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