La decisión final marca el momento de la verdad. Antes o después, en algún instante, tendrás que tomar este tipo de decisiones. Con ellas arrancas el comienzo de una nueva etapa de tu vida. Siempre suponen un cambio radical y determinante, sin medias tintas, ni tibiezas. Se trata de elecciones sin términos medios donde lo tomas o lo dejas. Y las consecuencias de estas decisiones tienen un impacto rotundo y contundente en ti y en tu entorno. El momento de la verdad, puede ser terminar definitivamente con una relación importante, con la que has compartido años. Tal vez con la que has creado una familia. Pero en ese punto vas a tener que escoger entre las otras personas o tú. Tendrás que decidir entre evitar el conflicto, las lágrimas o las culpas y vivir de acuerdo contigo, asumiendo los resultados, las ganancias, los peligros y las pérdidas. Este tipo de decisiones implican una renuncia y una ganancia. No entienden de matices, al final son blanco o negro. Escoges algo nuevo para terminar con algo viejo. Escoges la libertad...

Podría parecer sencillo y en realidad lo es, pero ¡hay que ver cuánto nos cuesta hacerlo! Ser amable significa no aprovechar una situación, experiencia, comentario, circunstancia, error … para abrir una lucha contigo mismo o con los demás (¿para qué? Créeme, siempre vas a perder) o dicho en positivo, aprovecharla para darte amor. Eso de no hacer leña del árbol caído… Cuando más dolidos estamos, cuanto mayor ha sido nuestra equivocación o peor nos sentimos es cuando más amables necesitamos ser con nosotros mismos. Abrir el corazón, ser bondadosos y compasivos es clave para no dañar tu autoestima. No te des tanta caña ni te destruyas. No te lo mereces. Sé amable. Ser amable contigo te permitirá serlo con los demás de una manera sincera y natural. Hay quién jamás hablaría a nadie como es capaz de hablase a sí mismo. En ese caso mide con el mismo rasero cuando se trate de ti. Ser amable es quererte bien y eso es crecer en autoestima. Y por otro lado, no olvides nunca la primera ley de la autoestima. Allí donde ponemos la...

¿Prácticas algún deporte? ¿Te planteas hacerlo pero no acabas de comprometerte? ¿No sabes muy bien como retomarlo? El deporte, sea el que sea, jugar a pádel, pedalear, nadar, el yoga o escalar montañas, es una fuente de autoestima. No solamente porque cuides de tu salud o de tu imagen o cambie tu estado de ánimo por eso de la liberación de endorfinas que sí, sino porque el deporte es un reto constante. Volver al gimnasio tras años de abandono y tener que ponerte unas mallas en público, para muchas personas ya es un paso enorme. Afrontar el miedo, la vergüenza y la incertidumbre al salir a lo desconocido, son algunas de las barreras con las que se encuentran las personas que tratan de comenzar una actividad deportiva. Ante esas resistencias la clave está en la insistencia y, en esa insistencia, el crecimiento. Pasa la vergüenza siendo amable contigo mismo, afronta el miedo con valentía y no vuelvas corriendo a tu cueva, exponte y persiste porque pronto, antes de lo que tú te crees, esas mayas y esa sala...

El miedo es una emoción natural, y como tal, no es mala en sí misma y es inevitable. El miedo lo “sufren” todos los animales y se vive como una sensación desagradable ante lo que se percibe como un peligro. El valor del miedo es asegurar nuestra supervivencia, forma parte de nuestro instinto de conservación y nos permite estar alerta y en guardia cuando debemos estarlo. El miedo es nuestro seguro de vida. En los niños es un trámite natural en su proceso madurativo y todos ellos, en algún momento de su infancia, tienen miedo. Por ejemplo, la imaginación desbordante de la infancia, su pensamiento crítico no desarrollado aún y los estímulos que perciben a su alrededor conforman una unión amenazante para el cerebro emocional de los niños. Los comics, las películas, las noticias e incluso las conversaciones entre sus padres contienen material muchas veces no adecuado para ellos, por lo que es conveniente estudiar su contenido y filtrar lo que no sea beneficioso para los niños. Otro miedo posible en los niños es el miedo a...

En la vida existen dos maneras básicas de actuar, reaccionar de manera más o menos consciente a los sucesos que te acontecen, o anticiparte a las situaciones y crear las circunstancias necesarias para que los sucesos que tú deseas acontezcan. La primera actitud se conoce como reactividad. Las personas se limitan a reaccionar cuando algo sucede en su entorno. Por ejemplo esperan en su trabajo a que les digan lo que tienen que hacer, que aparezca un cliente o a recibir una llamada. O modifican su dieta y su actividad física cuando el médico tras has últimas pruebas comenta que tienen el colesterol alto y empiezan a tener sobrepeso. O hablan con su pareja cuando la notan distante e incómoda en su presencia. Hasta que no “sucede nada” se colocan en “modo espera” y ven la vida pasar mientras “hacen lo de siempre” sin plantearse cambios o mejoras. Ser reactivo es una actitud válida. Es mucho mejor que no reaccionar y no hacer nada cuando las circunstancias te empujan a pasar a la acción. No hacer nada,...

Para mantener el orden, ya sea en el ámbito personal, profesional, emocional, de la salud o financiero, necesitarás reglas. Las reglas además te permiten llegar a acuerdos con otras personas y crear sistemas y métodos para hacer las cosas de forma más o menos estable al margen de quien las haga. Las reglas funcionan como un hilo invisible y te conducen paso a paso por el laberinto de lo incierto hacia un final previsible y estable. Por eso cuando las sigues te otorgan seguridad durante el proceso y confianza en los resultados que esperas lograr. Pero para que las reglas te resulten útiles, tienen que ser tus reglas. Las reglas de los otros tal vez no siempre resulten para ti. Eso no quiere decir que sean únicas, puedes compartirlas con otras personas, pero en algún momento has tenido que hacerlas tuyas. Las reglas ajenas son como los zapatos ajenos, a veces no son tu talla, te hacen rozaduras, se te salen, no te permiten avanzar a tu ritmo y puede que te termines cayendo. Para que tu sistema...

Sin orden reina el caos, el desconcierto y la incoherencia. Sin disciplina lo que hay es dejadez, postergación e incertidumbre. Orden y disciplina guardan relación con la excelencia en los resultados, el logro de metas y objetivos, madurez, fiabilidad, solidez, estabilidad, credibilidad y confianza. Y también guardan relación con salud, poder y felicidad. Cuando tu cuerpo se desordena, y tu corazón late de forma desacompasada y arrítmica, o la respiración se te altera, seguramente sufres algún tipo de problema físico. Cuando tus funciones biológicas se desorganizan y no se ajustan de forma disciplinada a los procedimientos impresos en tu ADN desde hace miles de años, tus digestiones ya no siguen el riguroso proceso habitual o tu sistema nervioso parece haber olvidado el método para que todo funcione con sincronía y precisión, seguramente has enfermado. Te guste o no, disciplina y orden se relacionan de forma muy estrecha con salud física y psicológica. Todas las adicciones son el resultado de la pérdida de disciplina y lo primero que hay que entrenar para recuperar el control sobre la propia...