Las relaciones sanas comienzan con la propia felicidad. De ahí la importancia de arrancar con una autoestima fuerte. Porque no podemos ser felices con nadie si antes no somos felices siendo nosotros con nosotros. Tampoco podemos hacer felices a otras personas si ellas no quieren serlo. La felicidad es únicamente una elección y solo cada persona es capaz de poner en marcha la suya propia. Lo más que podemos hacer cuando nos relacionamos con otras personas es facilitar al máximo las cosas sin llegar a perdernos y compartir la propia felicidad. Lo cual ya es mucho. Según Patrick Lencioni, experto en relaciones interpersonales y gestión de equipos, todas las relaciones para que funcionen deben subir una serie de escalones hasta llegar a lo más alto y no hay atajos ni posibilidad de dar saltos. Confianza: La clave para que cualquier tipo de relación tenga posibilidades de funcionar está en crear una base sólida de confianza. Jamás habrá relaciones auténticas, ni llegaremos a crear algo juntos si desconfiamos de la persona o las personas con la que...

¿Has hecho alguna vez terapia psicológica? Todo proceso terapéutico se encuadra dentro de unas normas. En realidad todo lo que hacemos está sujeto a unas reglas de las que seamos conscientes o no, sanas o tóxicas, más abiertas o más estrictas,… nos regulan. Una vez incorporadas y normalizadas se convierten en los railes por los que transcurren tus comportamientos, tus emociones o tu manera de pensar sin ofrecer tantas resistencias. La dificultad aparece cuando queremos fluir por nuevas vías haciendo lo de siempre. El encuadre terapéutico es una forma que tenemos los psicólogos de determinar a priori cuales son las condiciones, las normas, las pautas, las reglas que seguir en el proceso de cambio que se inicia a fin de minimizar esas dificultades que sabemos, se dan. Cada una de esas condiciones está estudiada al milímetro y tiene un porqué y un fin muy definido. Cuanto tiempo dura la sesión, cada cuánto os vais a encontrar, que conductas no están permitidas que quizás si mantengas fuera de ese espacio (mentir, consumir tóxicos, no cumplir con tus citas o hacerlo a...

A estas alturas del año ya sabrás si los propósitos ante la noche vieja eran reales. ¿Vas al gimnasio?, ¿qué tal la dieta?, ¿le has dicho que la quieres?, ¿sigues siendo exfumador?, … Al acabar el año, nos invade un sentimiento de cambio de ciclo que nos predispone a augurar nuevos comportamientos, sabedores de que seremos completamente capaces de llevarlos a cabo. Y es así. Eres totalmente capaz de cambiar, de ir al gimnasio con disciplina, de aprender a comer mejor, de sincerar tu amor y de pasar página en hábitos tan tóxicos como fumar. Si somos capaces, ¿qué pasa? ¿por qué siento que no puedo hacerlo? ¿por qué cuesta tanto cambiar? Todo cambio ofrece resistencias. Somos seres de hábitos y vivimos gran parte del tiempo en “modo automático” pensando, haciendo y sintiendo por tendencia por lo que, cuando queremos pasar al “modo manual”, todo nuestro cuerpo, nuestro cerebro, se resiste a hacerlo. Antes de entrar en faena y luchar con las resistencias que ofrece tu cambio, plantéate si el reto al que te enfrentas es objetivo, realista,...

A veces cuesta mucho ser coherente con uno mismo, con nuestros ideales, con nuestros valores y con nuestros principios. A veces resulta tentador, en el corto plazo, cambiar de ideales para conseguir rápidamente lo que queremos en ese momento. Como decía Groucho Marx: “estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”. A veces la comodidad vence a la integridad. Cuando no vives como piensas, acabas pensando como vives. La vida te va ocurriendo, sin sensación de llevar el timón de la misma. Siendo reactivo a lo que va pasando y respondiendo como uno buenamente puede o le dejan. La coherencia otorga dirección y rumbo a nuestras vidas. Sabemos por qué decimos sí y por qué decimos no. La flexibilidad mental, una virtud y una señal de inteligencia, se convierte en laxitud, una debilidad asociada a la falta de tensión y disciplina, cuando no hay coherencia. Todo acaba dando igual si no hay coherencia. ¿Qué más da actuar bien entonces? ¿Por qué esforzarnos? ¿Por qué elegir el camino difícil? Ser coherente se asienta en compromisos,...

Peter Pan es un niño que puede volar. Vive en el país de “Nunca Jamás”, una isla cargada de posibilidades donde tener increíbles aventuras, porque allí hay piratas, hadas, indios y sirenas. Lidera una legión de “niños perdidos” como él, sin adultos que se ocupen de ellos, con quienes comparte fantásticas experiencias, no exentas de riesgos y peligros y carentes muchas veces de sentido común. Peter Pan y sus compañeros de juego, no crecen y siempre serán niños. James Matthew Barrie escribió esta deliciosa novela y se estrenó como una obra de teatro por primera vez en Londres el 27 de diciembre de 1904. Bastantes años después, en 1983, el sociólogo Dan Kiley escribió otra obra que volvía a tener como referente a Peter Pan. Pero en esta ocasión se trataba de un ensayo sobre los muchachos que aun teniendo una edad adulta se niegan a convertirse en hombres y asumir las responsabilidades de esa etapa. Su obra: “El síndrome de Peter Pan. Los hombres que nunca crecieron”, supuso un punto de reflexión sobre lo que...

Vivimos en la época de superar límites. Los propios, los ajenos, los imbatibles y los impensables. Está de moda ponerse retos, atreverse a lo nunca pensado, ir más allá de uno mismo, de las propias creencias, de los propios comportamientos, más allá de nuestros sentimientos y emociones. Se fomenta vivir a tope, experimentarlo todo, sobrepasar las áreas de nuestra comodidad y comprobar hasta dónde podemos llegar. Hay un límite, sin embargo, que es infranqueable, más allá del cual todo se vuelve “demasiado”: demasiado oscuro, demasiado difícil, demasiado doloroso. Ese límite es el que N. Branden definió hace ya varias décadas como “el respeto a sí mismo”, la singular consciencia de la propia dignidad, la sabiduría interna de sentirse merecedor de lo bueno: la autoestima. No hay límite para nuestra capacidad de hacer, de aprender, de progresar. Sí lo hay para nuestra capacidad de darnos. Podemos entregarnos en cuerpo y alma a un proyecto profesional, a una relación amorosa o al cuidado de nuestros hijos, pero hay algo que no podemos entregar. No podemos ceder a nadie la...