AGRESIVIDAD PASIVA

Cuando piensas en una persona agresiva generalmente te viene a la cabeza alguien intimidante, con tendencia a hablar en voz alta o gritar, de modales bruscos y palabras groseras, expresión de enfado, incluso de furia, facilidad para la crispación y la tensión, que transpira miedo y amenaza, y con tendencia a la impulsividad y al descontrol.

Lo puedes imaginar conduciendo de una manera temeraria, discutiendo con otras personas con el volumen de voz elevado y haciendo gestos con las manos, riñendo a su hijo con una mirada intimidante, dando un golpe en la mesa en una reunión o pegando una patada con furia a la papelera o al perro cuando la noticia que ha recibido no es de su agrado.

Se trata solo de un tipo de agresividad. La más “florida”. La que hace un mayor despliegue de efectos especiales en sonidos fuertes, gestos bruscos y expresiones terribles. Es la agresividad activa, que hincha las venas del cuello, inyecta los ojos en sangre, aprieta los puños con crispación y somete el cuerpo a una elevada tensión.

Hay, sin embargo, otro tipo de agresividad igual o incluso más peligrosa. La agresividad pasiva.

Se trata de una agresividad que “se sirve en frio”, no avisa a golpe de bombo y platillo como la anterior, sino que es silenciosa, indirecta, discreta y encubierta. Siempre la reconocerás por los efectos, rara vez por las formas. En realidad las formas siempre están contenidas y cuidadas, incluso son correctas.

Mientras que la agresividad activa es la agresividad de las tripas y el corazón. La agresividad pasiva lo es de cabeza. Es metódica, paciente, intencionada, corrosiva y en muchos casos, sádica. Las dos son formas de intentar que hagas o no hagas algo, de cambiarte pasando por encima de tu voluntad, una pretende hacerlo a la fuerza, la otra manipulándote.

La agresividad pasiva se expresa en conductas aparentemente inofensivas, aunque todas tienen en común la intención siempre no dicha de molestar, manipular, incomodar, herir o dañar. Puede hacerlo tu pareja cuando de manera más o menos habitual te hace esperar sin razón objetiva que lo justifique, pero cuando queda con otras personas tiene la capacidad de ser puntual. Puede tratarse de ese vecino “tan simpático” que te ha dicho que no te preocupes que él se encarga de hacerte el favor, pero que a la hora de la verdad, no lo hace “porque no ha tenido tiempo” o se ha olvidado, cuando la realidad es que le importas muy poco pero cuida de una manera exquisita las formas. Puede ser esa compañera de trabajo cuando te oculta información, te la da a medias o deformada y te dice con una sonrisa “yo pensaba que tú ya lo sabías” o cuando la misma persona te lentifica las cosas, te pone trabas, te dice lo complicado que es, lo estresada que está para hacer lo que le has pedido y necesitas, pero frecuentemente la ves curioseando en internet o hablando por teléfono con su madre. Puede ser tu hijo adolescente guardando silencio en la mesa mientras toda la familia come en un ambiente distendido y él se muestra silencioso, distante y mohíno, excluyéndose de la familia, tragando la comida a toda prisa sin disfrutarla ni valorarla, para levantarse de la mesa o, jugando con el móvil ignorado al resto, y cuando le preguntas si le pasa algo te dice secamente que “no”, y si le pides que deje el móvil se enfada y se cierra más en sí mismo.

La agresividad pasiva no insulta, ni alza la voz. No tiene efectos especiales y por lo tanto no avisa, es discreta, incómoda e igualmente perjudicial y dañina. Mientras que los “coléricos” expresan su agresividad de una manera activa y frontal, los agresivos pasivos, los “amargados”, la expresan de una manera indirecta, intentando “avinagrarte” el momento presente, pero sobretodo avinagrándoselo ellos mismos porque en realidad son adictos al sufrimiento, al victimismo y al malestar. Y da igual el tipo de vida que tengan, la salud de la que disfruten, la suerte de tener el trabajo que hacen o como les quieren las personas de su entorno, buscarán la manera de compartir contigo esa emoción tóxica, como el borracho siempre está dispuesto a tomarse contigo el último trago.

Todos tenemos momentos de agresividad, alguna vez activa, otras pasiva. Se trata en realidad de una demanda de atención, la expresión de nuestra incapacidad en ese momento para empatizar con otras personas, muestra la caída de tu autoestima y es una profunda demanda de amor. Pero todos también podemos aprender a gestionarla, esa es la manera de tener una vida más feliz y crear un mundo mejor.

FRASE: “La agresividad comienza con la locura y termina con el arrepentimiento”. H.G. Bohn

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