COGE LAS RIENDAS

Con frecuencia nos vemos arrollados por una inercia emocional que nos saca del equilibrio. Sufrimos ataques de rabia, crisis de decepción, episodios de una fuerte ansiedad, … en definitiva un gran malestar concentrado en un corto espacio de tiempo para luego volver a la llamada normalidad. ¿Un mal día? ¿se da por culpa de otros? ¿quizás tu jefe te ha sacado de tus casillas? ¿es tu marido que tiene hoy ganas de guerra?…

En realidad esa dosis de malestar no tiene nada que ver con lo que sucede a tu alrededor. No es culpa de nada ni de nadie. Eres el único responsable de las emociones que te provocas. Si con valentía y consciencia te escuchas y en consecuencia te descubres, te conoces, te darás cuenta de que se dan esos “ataques” de forma cíclica, repitiendo un mismo patrón, utilizando incluso quizás a las mismas personas, a modo de dosis emocional. Es decir, necesitamos de vez en cuando, cada uno a su propia medida, darnos un buen chute de malestar.

Las emociones en nuestro cerebro, en nuestro cuerpo, neuropsicológicamente hablando se traducen en sustancias químicas que impregnan cada una de nuestras células. Se produce con la práctica una habituación y una sensibilización a esa química creando lo que llamamos adicciones emocionales. Cada cierto tiempo, vas a necesitar sentir rabia, decepcionarte, hundirte en una profunda tristeza,… y te vas a dar eso que tu cerebro necesita.

Ser consciente de ello te da una ventaja pero con ello no es suficiente. Seguirás perdiendo el control de tu mente y de tu cuerpo para llegar a recibir tu dosis de malestar.

¿Cómo hacemos entonces para salir de ese círculo?

Si tienes un problema de alcohol, no eres capaz de detener el consumo una vez que te encuentras delante de una copa en una barra de un bar. El límite, la frontera la tienes que poner mucho antes y no acercarte a menos de 500 metros de ningún sitio que pueda animarte a beber. Con las emociones debemos tratar de hacer algo parecido. No podemos parar la rabia o cualquier otra emoción tóxica a partir de un determinado punto ya que se produce un efecto de bola de nieve que te lleva a perder todo control de la situación siendo secuestrado por tu cuerpo.

A esa pérdida de control la llamamos secuestro amigdalar. La amígdala, localizada en una zona del cerebro, funciona como un radar que detecta peligros y amenazas y en cuestión de décimas de segundos es capaz de tomar el mando del resto del cerebro. En pleno secuestro, dejamos de pensar con claridad, no podemos concentrarnos, no somos capaces de aprender,… por lo que perdemos eficiencia convirtiéndonos en verdaderas marionetas de nuestras emociones.

Si no llegas a prevenirlo y eres secuestrado por tu cerebro, sé consciente del secuestro, cuestiónate la veracidad de la interpretación de amenaza o peligro detectado por la amígdala y trata mediante alguna técnica de relajación corporal como la respiración o una breve meditación o ejercicios de relajación progresiva, … sacar a tu cuerpo y a tu amígdala de la sensación de peligro y poder así asumir los mandos y dirigirte a otros circuitos más productivos.

Sacar a tu cerebro de la alarma es clave para poder desactivar la amígdala del modo peligro y volver a los mandos.

El estado de relajación inducido le hará pensar que está fuera de peligro y se desactivará. Es el momento en el que podrás coger las riendas de la racionalización y pensar en la situación de una mejor manera, de una forma que te permita sentirte mejor y responder en consecuencia.

Coge las riendas.

Frase: “La verdadera libertad consiste en el dominio absoluto de sí mismo.” · Michel de Montaigne

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