CULPA Y AUTOESTIMA

La culpa es el sentimiento de malestar, más o menos consciente que sentimos cuando transgredimos algún principio, norma o compromiso. También podemos sentirnos culpables cuando hemos cometido un error. Es decir, nos sentimos culpables cuando nos juzgan o nos juzgamos por algo que creemos hemos hecho mal.

A pesar de ser un sentimiento frecuente y habitual, no se trata ni de una emoción elemental como el miedo, la rabia, la tristeza o la alegría. La culpa es una emoción aprendida y construida en torno a un sistema de reglas y valores. Se aprende a sentirse culpable. Porque sin reglas no hay transgresión, y sin trasgresión, no hay culpa.

Nuestro propio juicio, es en realidad, la interiorización de un juicio anterior hecho por los otros. Aprendimos a juzgarnos cómo otros nos juzgaron. De hecho, la culpa, es uno de los sistemas más antiguos que utiliza la humanidad para condicionar y socializar a las personas y los grupos sociales.

La culpa se aprende a sentir en la infancia cuando hacemos algo incorrecto o nos comportamos como no desean los adultos, es decir la autoridad. Y en ese momento la autoridad nos juzga. El malestar que ese juicio al que nos someten las personas que nos cuidan y nos quieren, es decir, papa y mama, es tan alto que se convierte en nuestro propio castigo. Y luego se refuerza en la escuela, se aprende a través de la literatura, las canciones y el cine, y la utilizan las empresas, la iglesia y los gobiernos. Es un método muy eficaz para regular el sistema de creencias y valores sociales desde dentro del propio individuo. Si la persona siente culpa, se regula la rebelión y la represión externa ya no es tan urgente, porque la propia culpa se convierte en represión y castigo.

Guarda una relación estrecha con la vergüenza, de hecho tal vez sea una evolución del sentimiento de vergüenza. Porque los niños sienten antes vergüenza que culpa. Pero tiene importantes diferencias. La culpa se activa cuando juzgamos una conducta o un comportamiento. Siento culpa por robar, por hacer daño a otra persona o por haber pecado. La culpa tiene sus límites en la conducta, en lo que he hecho. La vergüenza, siendo también una emoción de corrección cultural, es sin embargo más tóxica y peligrosa porque es más esencial y abarca a toda la persona. Sentimos vergüenza no por lo que hacemos, sino por lo que somos. Puedo sentir vergüenza por mi desnudez, por la familia a la que pertenezco o por hablar en público. La culpa es el castigo por mi actuación, mientras que la vergüenza pretende la eliminación del yo. Por eso la expresión frecuente cuando sentimos vergüenza de “tierra trágame” o “me gustaría desaparecer en este momento”.

La culpa siempre es un indicador de baja autoestima. Es un sentimiento hiriente, amargo y paralizante. Nos bloquea. Y lo más paradójico es que no cambia nada. Ojala sirviera para algo, pero lo cierto es que por más culpables que nos sintamos todo seguirá igual. Ningún sentimiento de culpa jamás sirvió para cambiar lo hecho.

Es interesante separar culpas de responsabilidades. Ser responsable significa asumir las consecuencias de la propia conducta. Eso no supone necesariamente torturarse con la culpa. Habrá que corregir y reparar si es posible, pedir perdón por los daños causados, aprender de esa experiencia para no volver a repetirla. Pero nada de eso implica tener culpa.

Frase: “Sed responsables, y no habrá culpables” · Concepción Arenal

ESCÚCHALO AQUÍ:


RECOMENDACIÓN:

Otra tierra”

Rhoda Williams, una brillante joven que acaba de ser aceptada en un programa de astrofísica del MIT, aspira a explorar el universo. John Burroughs, un compositor que acaba de alcanzar la cima de su carrera, está a punto de ser padre por segunda vez. Rhoda y John no se conocen, pero la víspera del descubrimiento de un planeta Tierra duplicado tiene lugar una horrible tragedia que entrelaza y altera de modo irreversible sus vidas.

No hay comentarios

Deje un comentario