EMPEZAR A GANAR

Persistir o renunciar. Es el dilema que se nos plantea cuando el tiempo, esfuerzo o dinero sobrepasa el objetivo inicialmente proyectado. Es lo que sucede cuando los planes no se ajustan a las previsiones, cuando nuestro negocio no produce beneficios durante demasiado tiempo, o cuando a pesar de dedicar horas y atención al estudio no conseguimos superar el aprobado; o incluso cuando, tras años de convivencia con nuestra pareja, nos planteamos si compensa seguir “intentándolo”.

Son momentos de angustia e indecisión. Por un lado, pensamos que abandonar justo en ese momento es desperdiciar toda la inversión anterior. A nuestra memoria acude la ilusión con la que iniciamos el proyecto, las ganas y la pasión con que iniciamos nuestros estudios, nuestra empresa o nuestra relación de pareja. Recordamos las horas que hemos dedicado a que todo funcionara bien, el trabajo que nos ha costado lograr lo que tenemos, el dinero que hemos destinado a hacer realidad nuestro sueño. Nos apegamos a ello como si aún lo tuviéramos entre nuestras manos, como si ese tiempo, dinero o trabajo fueran semillas a punto de brotar.

Por otro lado, empezamos a acusar el cansancio, la desmotivación y la desgana. Revisamos todo el proyecto de arriba abajo, nos cuestionamos nuestras decisiones anteriores, buscamos nuevas formas de hacer que las cosas funcionen como habíamos previsto. Aparecen también la autocrítica, el sabotaje interior, la presión autoimpuesta.

Nos preguntamos: ¿merece la pena seguir? Se trata de una pregunta inútil, pues, la mayoría de las veces, llevados por la inercia, la costumbre o la incapacidad de decidir, persistimos en el empeño, aunque hayamos perdido la confianza en el logro futuro. A veces, uno decide seguir sin más, porque entiende el proyecto como un proceso sin fin, con un solo resultado posible al que solo se llega a través del trabajo. En ocasiones, esa persistencia ofrece, efectivamente, una recompensa, como en el caso de T. Edison, el inventor imbatible. Otras, podemos encontrarnos toda una vida de proyectos y de ideas irrealizadas, sin éxitos palpables, a pesar del trabajo y la entrega.

Renunciar, volver nuestros esfuerzos hacia otro lado, otro negocio, otra pareja, otros estudios, supone una pérdida terrible, difícil de asumir. Persistir en el empeño puede implicar una pérdida aún mayor.

Si analizamos la situación en términos de costo/beneficio, podremos valorar con objetividad a cuánto asciende nuestra inversión. Sopesar los costos es una estrategia útil para medir el beneficio total: si el tiempo, trabajo o dinero que hemos dedicado excede nuestra sensación de ganancia, puede ser el momento de ocuparnos en otro asunto. Cuanto más implicados estemos emocionalmente, más difícil será hacer una evaluación imparcial, pues los seres humanos estamos orientados hacia la ganancia, y asumir las pérdidas nos resulta complicado. Proponernos una última inversión, esta vez sí limitada en recursos, y con unos objetivos muy concretos, puede ayudarnos a ver con más claridad. Por ejemplo: fijarnos una estrategia y un plazo para resolver nuestros problemas de pareja, adquirir nuevos productos o perfeccionar un servicio para nuestro negocio, o marcarnos un trimestre de inmersión en nuestros estudios y comprobar si mejoran nuestros resultados.

Existe, no obstante, otra estrategia que no nos hace sentir tan indefensos ante las pérdidas, y que puede ayudarnos a evitar una renuncia precipitada. Se trata de apreciar los beneficios en su verdadero valor. Si bien los costos pueden medirse en unidades de tiempo y dinero, con los beneficios no siempre sucede lo mismo. Un negocio que no funciona nos ofrece un beneficio en forma de una lección aprendida; unos estudios que no nos llenan reporta un beneficio en hábitos de disciplina; una relación de pareja que toca a su fin significa el beneficio de una nueva oportunidad.

Girar el rumbo de nuestras decisiones es, en definitiva, una forma de persistir en nuestra vida. De eso se trata: vivir, decidir, cambiar, aprender… es una misma cosa.

FRASE: “Pido serenidad para aceptar lo que no se puede cambiar, valor para cambiar lo que hay que cambiar y discernimiento para distinguirlo”. Marco Aurelio

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