MENTIRAS Y AUTOESTIMA

Mentimos porque queremos evitar consecuencias negativas. Sabiendo que hemos actuado mal, preferimos evitar castigos, sanciones o simplemente dar la cara. Aunque interiormente reconocemos nuestra responsabilidad, nos avergüenza que se sepa. También nos resulta cómodo no airear los trapos sucios. Nos autoengañamos pensando que será la última vez, que es una mentira piadosa y que tampoco es para tanto. Pero las consecuencias de nuestros actos, sean consecuencias positivas o negativas, tienen una finalidad importante: sirven para que aprendamos y crezcamos. Rehuir de las consecuencias de nuestros actos, aunque sea cómodo a corto plazo se convierte en una de las formas más fáciles de no crecer, de no madurar y de no responsabilizarnos de nuestras vidas. Demasiado precio para evitar un castigo.

Mentimos porque tenemos prisa, queremos algo con urgencia y mentir es uno de los atajos de los que disponemos. Copiamos en un examen en lugar de estudiar porque queremos aprobar ya, manipulamos nuestro curriculum porque necesitamos un trabajo ya, seducimos y hechizamos en lugar de mostrarnos tal y como somos porque queremos algo de otra persona ya, engañamos a un cliente porque necesitamos hacer la venta ya,… Pan para hoy y mucha hambre para mañana. La mentira como atajo se convierte en una conducta adictiva, con cada vez menos premio en el presente y más coste en el futuro. La mentira es el acelerador tramposo de nuestra realidad, como si pudiésemos manejar nuestras vidas con un mando a distancia y pasar rápidamente por lo que no nos gusta para llegar a lo que nos interesa. Dejamos atrás momentos importantes, momentos de esfuerzo, de aparente inmovilidad y hasta de retroceso, que necesitamos para crecer en autoestima y capacidad. Correr a ciegas es retroceder. Correr con trampas es chocar.

Mentimos por infantilismo moral, por anclarnos en un estado inmaduro y alejado de responsabilidad hacia nosotros mismos y hacia las personas con las que convivimos. Mentimos porque preferimos ser niños, inconscientes de las consecuencias de nuestros actos. Mentimos por egocentrismo, porque nuestras mentiras parecen menos dolorosas, más justificadas y más piadosas. Mentimos porque le damos más importancia a nuestros deseos que a la manera de conseguirlos.

Mentimos por frialdad emocional, porque nos cuesta empatizar con otras personas a las que pueden hacer mucho daño nuestras mentiras. Mentimos porque despreciamos los derechos de otras personas, a los que consideramos de menor valía que los nuestros. Cosificamos a los demás para justificar nuestros actos y mantener dormida nuestra conciencia. Mentimos porque estamos enfadados con el mundo y creemos que se merece que mintamos. Nos movemos por odio, venganza o frustración y nos hacemos más malos a cada mentira.

Decimos la verdad porque somos hombres y mujeres con autoestima, que asumimos nuestras vidas y nos responsabilizamos de ellas. Decimos la verdad porque cada verdad que encaramos es un ladrillo más en la construcción de nuestro carácter. Decimos la verdad porque queremos tratar a los demás tal y como se merecen ser tratados, con respeto y sinceridad. Porque así nos tratarán ellos a nosotros. No esperemos recibir lo que no damos. No esperemos relacionarnos con personas que actúan diferente a como actuamos nosotros. Decimos la verdad porque nos hace libres, serenos y felices. Y la primera verdad de la que hemos de ser conscientes es que estamos bien tal y como somos.

FRASE: “La verdad existe. Sólo se inventa la mentira”. Georges Braque

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