CÓMO MANTENER LAS PROMESAS

Casi todos nos sentimos tentados a aplazar nuestras decisiones haciéndolas coincidir con una fecha significativa. Elegimos el primer día del año, el inicio del curso escolar, el día de nuestro cumpleaños o el de nuestro divorcio. Fijar una fecha para comenzar una nueva actividad es, no obstante, muy útil, pues nos permite un tiempo para que nuestra mente pueda asimilar el cambio que nos proponemos. Además, nos marca una cita ineludible con nosotros mismos.

Es relativamente fácil fijarse unos objetivos cuando aún no los sentimos como una novedad inminente en nuestra vida, y eso nos permite evaluar con mayor perspectiva y precisión nuestra capacidad y nuestro foco de interés. Nos proporciona el necesario distanciamiento de nuestra realidad más próxima para imaginar la realidad que queremos construir en el futuro.

Si nuestro propósito ha sido bien meditado y nos hemos tomado el tiempo suficiente para elaborar un plan, lo más seguro es que el día de la fecha tope nos pongamos en marcha con una energía renovadora, aprovechando el momento como una auténtica oportunidad para crecer, incrementando también nuestra autoestima.

¿Qué pasa si a pesar de nuestras buenas intenciones el día tan esperado (y tan temido) no iniciamos el cambio que nos hemos propuesto? Aparentemente, a nuestro alrededor no sucede nada. Es un día como otro. Esa sensación de inmovilidad, si bien antes nos reconfortaba, pues nuestro propósito de cambio nos mantenía esperanzados, ahora es demoledora. Un malestar impreciso nos invade. En nuestro fuero interno, seguimos pensando: “voy a intentarlo”; pero nuestra vocecita interior se apaga. Estamos viviendo la traición a nosotros mismos: damos la espalda a nuestras meditadas decisiones. Nos estamos negando la posibilidad de mejorar nuestras vidas, y con ello, nos dañamos en la autoestima.

Tras la traición, aparece el autoengaño. A veces es demasiado difícil aceptar que somos los auténticos responsables de lo que nos sucede. Buscamos fuera motivos, excusas, razones con que justificar nuestra renuncia. Una inocente frase pronunciada por un ser querido puede ser el detonante de una fuerte confrontación; una mínima sugerencia de otra persona puede provocar una injustificada reacción de ira.

Ese camino, probablemente, lo hemos transitado muchas veces. La pregunta es ¿cómo avanzar por la otra vía, cómo mantener en el tiempo nuestras intenciones? En realidad se trata de un ejercicio de coherencia, que nos ayudará también a mantener sana la autoestima. 

La coherencia significa unir en un solo hilo tres elementos: ideas, emociones y actos. En primer lugar, hemos de sentirnos identificados con nuestros propósitos. Si queremos dejar de fumar, perder peso, cambiar de trabajo o encontrar una pareja, tenemos que tener buenas razones para ello. Tienen que ser nuestras razones, no las de nuestros familiares o amigos ni las de los medios de comunicación.

Al mismo tiempo, tenemos que “desear” el cambio. Ayuda mucho imaginarse cómo será nuestra vida una vez conseguida la meta. Volver a disfrutar del sabor y olor de los alimentos puede ser un poderoso motivador para un fumador; sentirse bien después de una carrera, disfrutar de más energía y salud suele ser un reforzador cuando iniciamos una actividad deportiva. Visualizarnos mientras trabajamos en lo que nos gusta, compartiendo momentos de plenitud con otra persona, son potentes anclas que nos impulsan hacia la vida que queremos vivir.

Por último, actuar es lo más importante de todo. Iniciar de inmediato la acción, sin cuestionarse mucho lo que pasará antes o después, suele ser el mejor impulsor para poner en marcha nuestros proyectos. Si estás decidido, hazlo; ahora mismo, inmediatamente, sin esperar que ningún día sea más propicio que este. La acción sirve para sellar el pacto hecho con nosotros mismos. Es también la mejor muestra de amor y respeto hacia nosotros mismos, hacia nuestras convicciones internas y el compromiso con nuestro bienestar.

Actuar hoy, aunque sea unos minutos, y persistir mañana y al siguiente día, y al otro también, ayuda a crear un hábito que nos conducirá, aunque solo sea por inercia, hacia donde queremos llegar.

FRASE: “La paciencia, persistencia y transpiración son una combinación indestructible para el éxito”. Napoleón Hill

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