LA ATENCIÓN TE CAMBIA LA VIDA

Si nos situamos en nuestro momento presente, podemos ponderar dos opciones. Una, revisar nuestra memoria, nuestro almacén de datos, emociones, vivencias e ideas. Probablemente este análisis nos ayude a comprender cómo hemos llegado a donde estamos, tanto si consideramos que hemos tenido éxito en nuestros propósitos como si creemos que no tanto.

Pero la memoria es un almacén impreciso, altamente selectivo. Si contrastáramos todas nuestras vivencias con un diario íntimo, un blog en el que hagamos aportaciones regulares o con grabaciones en vídeo de nuestra vida, nos daríamos cuenta del desfase que existe entre lo que recordamos y lo que realmente vivimos. Sin embargo, es la memoria que guardamos de las experiencias vividas lo que configura nuestra personalidad actual, no las vivencias en sí.

También podemos hacer precisamente lo contrario, y aquí está la segunda opción. Se trata de orientar nuestra mente hacia el futuro y seleccionar conscientemente los pensamientos, las sensaciones y los actos que nos conducirán a las experiencias que queremos vivir. En realidad, son los mismos elementos, pero asimilados de modo distinto. En lugar de esperar a que las cosas sucedan, y después reaccionar en consecuencia para minimizar los daños o aumentar las ganancias, estaríamos fijándonos un resultado deseado y preparando el camino para llegar a él. Es lo que Covey llamó proactividad.

En esencia, la proactividad consiste en una adecuada focalización de la atención, un proceso psicológico básico que actúa como puerta de entrada a nuestra mente. La realidad es inmensa, no así la noción que tenemos de ella. La atención funciona como un portero en la puerta de una sala de fiestas. En muy corto espacio de tiempo, tiene que valorar quién entra y quién se queda fuera.

Poco entrenada, o con objetivos muy difusos, puede permitir el acceso a casi cualquier cosa que pretenda colarse en nuestra mente: un pensamiento obsesivo, una sensación de desvalorización, pequeñas situaciones incómodas, amistades tóxicas o incluso repetitivos programas televisivos. Con tales invitados, y aun considerando que entre ellos también acudan alguna emoción placentera y una idea optimista, no es fácil que la fiesta resulte un lugar de disfrute y crecimiento.

En cambio, una atención bien dirigida, un portero con indicaciones precisas acerca del tipo de invitados deseados, puede hacer de nuestra vida un espacio memorable en el que dar forma a nuestros sueños. Es lo que sucede cuando prestamos atención plena a aquello que nos entusiasma, cuando nos dejamos arrebatar por aquello que más disfrutamos haciendo, sea la restauración de una cómoda victoriana, la comprensión de un intrincado desafío intelectual o besando sin medida a nuestros hijos o nuestra pareja. En todos los casos, la intensidad y concentración que concedemos a nuestras acciones, indican que las hemos seleccionado con preferencia de entre otras muchas opciones y estímulos. La sensación de satisfacción que obtenemos después es insuperable, y procede, en gran medida, de saber que esa experiencia, esa porción de vida, la hemos creado nosotros mismos, la hemos elegido nosotros, se ha convertido en la plasmación de nuestro deseo. Eso es la alegría de vivir.

FRASE: “No existe mayor peligro que no poder resolver el acertijo de nuestra vida”. Parménides

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