INTEGRIDAD Y AUTOESTIMA

Así como toda casa, grande o pequeña, se sustenta en sus cimientos así mismo todo ser humano se sustenta en sus principios. Los principios éticos que guían su conducta es lo que distingue al ser humano del resto de animales e incluso de otros primates que dicen llamarse hombres. Sin principios no hay humanidad.

La integridad es uno de esos principios y el psicólogo Nathaniel Branden lo define muy bien: “La integridad consiste en la integración de nuestros ideales, convicciones, normas, creencias por una parte y nuestra conducta por la otra parte. Cuando nuestra conducta es congruente con nuestros valores, cuando concuerdan nuestros ideales y su práctica, tenemos integridad”.

La integridad comienza ineludiblemente por aceptarse a uno mismo. “Éste soy yo, no hay otro como yo, soy único y tal y como soy estoy bien”. Esta aceptación no es un acto de narcisismo o de chulería, es un acto de reconocimiento de mi individualidad. Si a alguien dicha frase le suena a excesiva probablemente sufra de baja autoestima y no lo sepa. De la aceptación surge el compromiso con uno mismo. Ya sé quién soy, no voy a traicionarme dejando de ser quién soy. El compromiso conmigo mismo me hace amigo de mí, me responsabiliza de mi felicidad, me ayuda a autoafirmarme más que a amoldarme. El compromiso conmigo mismo, que surge de la aceptación de ser quien soy, me recuerda constantemente que no va a venir nadie a hacer por mí lo que yo he de hacer.

Con el compromiso conmigo mismo se descubre un propósito, una meta que guía mis actos, un objetivo asociado a aumentar mi autoestima, el propósito de ser feliz siendo quien soy. Porque no hay otra manera de ser feliz. Con este objetivo clarificado y asumido, las decisiones y actos del día a día tienen una medida, un modelo propio con el que compararse. Con dicha medida sé si estoy traicionando mis propios valores como si estuviese haciendo trampas al solitario. También con dicha medida, con el propósito de vivir desde mis valores, sabré hacer frente a la culpa que amenaza mis decisiones, para no olvidar que la principal responsabilidad es hacia mí mismo. También mi integridad me ayudará a mantener mis compromisos aunque otros no lo hagan. Que los demás hagan mal las cosas no es excusa para que yo las haga mal.

Y en el día a día, con la congruencia entre mis principios y mis actos, voy generando un círculo virtuoso, donde una conducta íntegra alimenta a mi autoestima y a su vez mi autoestima me empuja a vivir más desde mí. Porque sólo puedo ser feliz siendo quien soy, sin traicionarme a mí mismo, desde mi autoestima.

Frase: “Sólo el hombre íntegro es capaz de confesar sus faltas y reconocer sus errores.” · Benjamin Franklin

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