Ikigai es un término procedente de la cultura japonesa que desde hace unos años está entrando con fuerza en occidente. La razón es que parece guardar relación con una vida larga y feliz. Ikigai significa, más o menos, “aquello por lo que vale la pena vivir”. Ellos lo explican como “lo que te hace levantarte con ilusión cada día” o “el sentido de tu vida”. Según los japoneses “todos tenemos un ikigai” o varios porque es normal que cambie según cambia nuestra vida. Es un concepto conectado con la pirámide de Maslow y la autorealización, con la motivación, el Talento y la Autoestima. Héctor García y Francecs Miralles han escrito sobre este tema y han tenido un gran éxito porque lo explican de una manera sencilla y amena. La cuestión es identificar el Ikigai que todos tenemos. Pero lo mismo que sucede cuando tratamos de identificar nuestro Talento, de hecho ambas cuestiones están muy conectadas, muchas personas están perdidas. Han olvidado o no saben que es eso por lo que vale la pena vivir, en lo que...

La frustración es la emoción que sentimos cuando una expectativa no se cumple, cuando lo que deseamos no es lo que obtenemos o simplemente cuando la cosas tardan en llegar o no llegan. Es la reacción que tiene un niño cuando le impedimos hacer algo que quiere o no le damos lo que pide. La frustración nos lleva a actuar de forma impulsiva, generalmente desproporcionada, con una alta tasa de malestar y sin valorar las consecuencias de nuestros actos. Normalmente va asociada a la rabia, pero también ir acompañada de miedo, tristeza o decepción. En cualquier caso emociones con connotaciones negativas. El control de la frustración es lo que se conoce como tolerancia a la frustración. Y desarrollar una buena resistencia a la frustración es algo que lleva tiempo y marca la diferencia entre una afectividad infantil y una adulta. Hay muchos adultos que frente a las contrariedades de la vida tienen reacciones infantiles, auténticas rabietas. De hecho muchos de los problemas que surgen durante la adolescencia y posteriormente guardan relación con las dificultades para manejar...

Tu crecimiento personal y tu bienestar no siempre se desarrolla en línea recta. En el ser humano son habituales y seguramente necesarios las idas y venidas, los pasos adelante y los pasos atrás. Aprendemos por ensayo y error. Y tan importantes son los aciertos como los fallos. En muy frecuente que cuando estás trabajando un área de tu vida que quieres mejorar, puede ser por ejemplo tu alimentación, la gestión de tus emociones o el control de tus pensamientos. Y llevas un tiempo trabajando duro, siendo cada vez más consciente, aplicando con disciplina lo que has aprendido, viendo los primeros resultados, incluso empezando a sentir esa satisfacción de quién acaricia el éxito. De repente “todo se tuerce” y te das un atracón o comes cosas que sabes te sentarán mal, tus emociones vuelven a desbordarte y ves cómo te acercas peligrosamente a la espiral del sufrimiento o pierdes completamente el control de lo que piensas y comienzas ese discurso destructivo que sabes el daño que te hace. ¿Qué ha pasado? Esa es una excelente pregunta. En realidad solo...

Puede que tengas una vida agradable, una vida cómoda o una vida que no te gusta. Seguramente en algún momento te has planteado mejorarla, lo habrás logrado, o habrás desistido del intento. Quizás te has acostumbrado a hacer lo de siempre y ni siquiera esperas otros resultados. A lo mejor te conformas con realizar tu trabajo, cumplir con tus responsabilidades y tener algunos ratos de ocio. Vas viviendo. De repente algo imprevisto sucede: nace un hijo, muere alguien cercano, te quedas sin trabajo, te diagnostican un tumor, te salta el airbag del coche al estrellarte, se inunda tu vivienda o te quedas colgando en el vacío mientras practicas puenting. Al principio no eres capaz de valorar lo que te pasa, y te da la sensación de que tu vida se ralentiza, todo comienza a suceder a cámara lenta, y grabas en tu mente cada segundo de la experiencia. Después, el miedo te mira de frente, y lo que ves te asusta tanto que te quedas paralizado. No quieres enfrentarte a eso, no quieres estar ahí, no quieres...

Todos tenemos algún tipo de miedo irracional y limitante que nos hace prisioneros y con el que saboteamos nuestro crecimiento personal. Las fobias son miedos intensos y desproporcionados ante objetos o situaciones concretas y cotidianas que te secuestran mentalmente llevándote a conductas de huida o evitación para escapar del miedo. Tres son los indicadores que se manifiestan en las fobias. La tendencia a anticipar catástrofes mentales relacionadas con la temática fóbica que desbordan tus recursos para hacer frente a la situación. Predisposición a la evitación y la huida para escapar del objeto fóbico. Y cuando ya te encuentras expuesto a él, síntomas fisiológicos que van desde sequedad en la boca, hasta sensación de mareo, diarreas, sudoración, taquicardia, palidez o enrojecimiento. El tema de estos miedos puede ser muy variado, en realidad cualquier cosa o circunstancia cotidiana y del día a día puede convertirse en objeto fóbico: Las arañas u otros animales como las ratas, los pájaros, los perros, los insectos o los caballos, la sangre, las inyecciones, los hospitales, las enfermedades o la muerte, los espacios cerrados...

Como todos, naciste seguro, lleno de confianza en la vida y con capacidad para ser feliz. Sobrevivir sin esos requisitos habría sido imposible. Todos llegamos a este mundo dotados de los recursos suficientes como para sentir que la Vida es una experiencia maravillosa de la que saldremos fortalecidos y más sabios. Siendo un bebé, algo dentro de ti sabía que tendrías comida suficiente, aunque no fueras capaz de alimentarte solo por ti mismo, que alguien estaría contigo cuando sintieras frio o malestar, a pesar de no tener ninguna garantía de que iba a ser así. Todos fuimos bebés felices y nos sentíamos seguros al margen de las circunstancias que nos encontramos con nuestra llegada. Y eso fue posible porque todos los bebés llegan dotados de autoestima. ¿Qué sucede entonces para que llegando todos así haya tantos adultos inseguros? Sencillamente, que a partir de un determinado momento aprendemos a vivir con el miedo y dejamos que éste vaya ocupando el espacio que antes perteneció a la seguridad y al amor. El miedo no siempre es la señal de alarma ante...

El infierno está en tu mente. Allí te abrasas y te consumes con pensamientos con los que tú te haces daño a ti mismo. Dan igual tus circunstancias, no importa que disfrutes de una salud de hierro, que a tu alrededor haya personas que te demuestren su amor y aprecio, que tengas un trabajo envidiable y dinero suficiente para llevar una vida desahogada. Da igual que tus hijos crezcan sanos y felices o que cuentes con todos los recursos necesarios para tener una vida plena. Cuando habitas en el infierno de tu mente ardes en una angustia dolorosa que no tiene justificación racional ninguna pero en la que quemas tu momento presente, tu talento y tu alegría vital. El infierno de tu mente se prende con la llama del miedo, y su fuego apaga el amor y la confianza. El humo negro del miedo te ahoga impidiéndote respirar y te ciega haciendo que no veas que tu libertad está más allá de esa humareda. Las llamas del miedo prenden tu propia rabia y al final solo...