MANEJAR LAS CRÍTICAS

Por nuestra condición de seres sociales, más tarde o más temprano nos toparemos con la crítica de los demás. En algún momento habrá alguien que se sienta con el derecho, y hasta con la obligación, de darnos su opinión sobre nuestra conducta, nuestras ideas, o nuestros sentimientos. En principio, una opinión ajena no tiene por qué ser dañina para nosotros o nuestra autoestima. Es más, conocer el punto de vista de otras personas puede aportarnos una nueva visión y enriquecer nuestra forma de ver la vida.

Muchas veces esas opiniones son emitidas con un juicio de valor implícito, y con una intención tácita de redirigir nuestro comportamiento. En suma, el problema deriva de considerar esa opinión como un modelo imitable hacia el que hemos de conducir nuestras acciones o nuestros pensamientos. Pero, por muy demoledora que llegue a ser, la crítica no procede de quien la emite, sino de quien la percibe. En realidad, importa poco que la crítica se haga en buenos o malos términos, ya que su capacidad lesiva reside en la falta de autoestima de quien se da por aludido.

Pensándolo dos veces, nos daremos cuenta de que las críticas a menudo se emiten considerando a los individuos parcialmente, sin tener en cuenta la entera circunstancia de la persona cuya actitud se critica. Se juzgan normalmente hechos aislados, basados en un conocimiento incompleto de la realidad. Y aunque así fuera, incluso el mejor juez puede incorporar sus propios prejuicios, y una escala de valores no siempre aplicable en todas las situaciones.

Decir que las críticas no calan en las personas con sana autoestima no es decir mucho, ya que la autoestima es un acuerdo con nosotros mismos que tarda un tiempo en construirse. Así pues, hemos de prepararnos para saber defendernos eficazmente de una crítica en el momento en que se nos presente.

Hay tres formas básicas de responder a una crítica. Una de ellas es la de rechazarla de plano, mostrándonos inflexibles con la persona que la ha emitido. Esta manera de actuar nos convierte a su vez en críticos contra el otro, evaluando su crítica como algo necesariamente agraviante, sin permitirnos profundizar en las motivaciones que ha tenido para expresar tal juicio. No ser capaz de aceptar una crítica nos vuelve inflexibles, intolerantes y nos aísla de los demás.

Otras veces, podemos adoptar la actitud contraria: la de asumir sin más la opinión o la crítica del otro, sometiéndonos a su criterio, burlándonos así de nuestra propia capacidad de discernimiento. Este proceder nos convierte, a la larga, en personas cada vez más inseguras y más proclives a ser objeto de nuevas críticas en el futuro.

La forma más eficaz de afrontar una crítica es adoptar una postura de empatía y asertividad. En primer lugar, se trata de escuchar atentamente las razones de quien nos critica, no sus palabras concretas, sino entender hacia dónde dirige su crítica, sobre qué hecho concreto está ofreciendo su juicio de valor. Con actitud dialogante, podemos aclarar los términos del punto de vista del otro. Posiblemente hay elementos de su valoración que puedan resultarnos útiles y nos ayuden a ampliar nuestros horizontes.

En segundo lugar, es muy importante dejar clara nuestra posición o nuestros motivos. Tanto si nos equivocamos como si acertamos, nuestras decisiones se basan en nuestra particular visión de la situación. No hacerlo así es ceder al otro la responsabilidad sobre nuestras vidas, una responsabilidad que ni tiene ni le corresponde. Recuerda que nadie sabe más de ti que tú mismo, por eso ningún otro puede decidir por ti.

FRASE: «Pido serenidad para aceptar lo que no se puede cambiar, valor para cambiar lo que hay que cambiar y discernimiento para distinguirlo». Marco Aurelio

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