LOS CELOS

Decía Lope de Vega que los celos son los hijos bastardos del amor. El celoso dice que ama más, más intensamente, pero no ama mejor. A veces ama mal, tal y como apuntaba Stendhal al acusar al celoso de soportar mejor la enfermedad de su amante que su libertad.

El celoso se debate entre el miedo y la codicia a los que confunde con el amor. Miedo a perder al ser deseado, el sufrimiento por creer estar perdiendo a quien realmente nunca ha poseído, porque nadie pertenece a nadie más que a uno mismo. Y la codicia del ego, el orgullo de sentirse merecedor de lo que desea, simplemente por ser él. El celoso ciego de egoísmo clama que es a él a quien hay que querer.

Cuantas veces en el amor, el infierno se revela al pasar del número dos al número tres. De la pareja exclusiva del matrimonio o de la madre y el hijo o de las amigas inseparables al triángulo tormentoso del amante o de la novia del hijo que se convierte en nuera o del novio de la amiga inseparable que resta tiempo a su amistad. Del dos al tres, el infierno del celoso, al que desea tanto a la persona que dice amar que no aguanta que pueda gustar también a otros.

Ser celoso es querer jugar a un juego al que no se puede jugar: querer amar y convertir ese deseo en sufrimiento propio y ajeno. Confundir amor y celos, entender estos últimos como prueba del primero es como querer tener fiebre para sentirse vivo. Vivo, sí, pero enfermo.

El amor es otro nivel, surge de dos paradigmas que el celoso se niega a aceptar. El primero es que sin autoestima es imposible amar a otra persona. Se la puede querer, desear, respetar, adorar o cuidar. Pero no se puede amar a otra persona si uno no sabe amarse a sí mismo. El segundo es que la expresión máxima del amor es asumir la felicidad de la persona amada como clave de la relación. El celoso provoca lo contrario, el sufrimiento de quien ama.

FRASE: “En los celos hay más amor propio que amor”. François de la Rochefoucauld

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