LA LIBERTAD DE LOS DEMÁS

Puede resultarte sencillo otorgar el derecho a ser libres a personas que están lejos de ti. Lo otorgas cuando opinas sobre otros, tomando un café, cuando te interesas por un conflicto convertido en noticia o cuando enjuicias ideas y creencias. Te indignas si consideras que se coarta ese derecho, participas en manifestaciones, votas desde tus convicciones o donas dinero a las causas que consideras justas. Luchas por la libertad de otros y es bueno que lo hagas.

Es más difícil que otorgues el derecho a ser libre a quien tienes muy cerca. Cuando ese derecho ejercido en la práctica en tu ámbito vital genera un conflicto importante en ti. Cuando ser tolerante con la libertad de los demás llega a tener un alto precio o se convierte puntualmente en un obstáculo a tus planes o creencias. ¿Tiene tu pareja derecho a separarse de ti?, ¿tiene tu jefe derecho a despedirte?, ¿tienen tus hijos adolescentes derecho a tener relaciones sexuales?, ¿tienen tus empleados derecho a hacer huelga? San Agustín decía que nadie puede ser perfectamente libre hasta que todos lo sean.

Otorgar a los demás el derecho a ser libres no es darles carta blanca a sus deseos, no es conceder una patente de corso para que actúen como les venga en gana al dictado de la apetencia de cada momento. Ellos son los primeros que han de entender que la libertad es sinónimo de responsabilidad. Que ser libre tiene un alto precio y han de asumirlo o estarán en la realidad lejos de ser libres. Ayúdales a que no confundan libertad con libertinaje. La libertad y la responsabilidad crecen parejas en sus vidas. Cuando son jóvenes tienen poca libertad y poca responsabilidad, a medida que crecen van ganando en ambas al tomar decisiones, cometer errores y aprender. Victor Frankl, el gran psicoterapeuta, consideraba que si se había construido una Estatua de la Libertad en la costa este de Estados Unidos, también debería erigirse una Estatua de la Responsabilidad en la costa oeste.

En este desarrollo conjunto en los demás de su libertad y responsabilidad no les ayudas si actúas con indulgencia, condescendencia o complacencia hacia ellos. Al contrario, caerán en la esclavitud de la rebeldía y el egocentrismo. No serán más libres, serán más débiles. Para que su autonomía sea real, ha de asentarse sobre los cimientos de los límites. Reconocer los propios límites es síntoma de madurez, otro atributo unido al ejercicio de la libertad. Estos son los límites: No pueden hacer lo que les da la gana en cada momento, no pueden huir siempre de lo que les viene mal, no pueden cambiar las normas a su conveniencia cuando no obtienen un beneficio de ellas, no pueden aprovecharse de otros para su bienestar.

Otorgar el derecho a la libertad a los demás es reforzar su autoestima, equiparándoles contigo en ese derecho y considerando justo que quieran ser ellos mismos. Qué bien lo expresó quien aseguró que la libertad, con su autonomía, su responsabilidad y su espontaneidad no hace por sí misma felices a los hombres. Simplemente les hace hombres.

FRASE: “¡Quieren ser libres y no saben ser justos!”. Emmanuel-Joseph Sieyès

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