INSPIRACIÓN E IMPACTO

La inspiración la entendían los griegos como un estado de gracia concedido por las musas. Una especie de rapto psíquico durante el cual el afortunado entraba en contacto con la fuente del conocimiento universal. Como prueba de semejante viaje espiritual, el elegido ofrecía a los humanos una obra de genuina belleza, auténtica genialidad y, en adelante, veta sagrada y modelo de referencia para el común de los mortales. El inspirado se convertía en un gran creador de realidades para sus congéneres, se transformaba en un guía para su comunidad.

La inspiración tiene, por lo tanto, dos componentes. Uno de ellos es la capacidad para acceder a ideas o pensamientos poco habituales. En este sentido, se trata de intuir realidades que están más allá de las expectativas corrientes, tener la habilidad de ver con claridad qué sucede en el momento presente y cómo eso afecta al entorno. En definitiva, comprender el potencial de un concepto y ser capaz de trasladarlo a la práctica. Es, en gran parte, lo que la psicología moderna denomina “visión”.

Por ejemplo, es lo que tuvo Steve Jobs cuando imaginó en qué medida podría mejorarse la experiencia humana perfeccionando los interfaces de comunicación de los aparatos electrónicos. O Ramón y Cajal mientras investigaba las particularidades de las células nerviosas, las neuronas, base orgánica del sistema cognitivo humano, y origen de los grandes avances de neurociencia de la actualidad. Pero el estado de inspiración alcanza también a poetas, matemáticos, artistas, líderes espirituales y hasta provoca movimientos sociales y políticos de gran envergadura.

El estado de inspiración sorprende por su propia naturaleza. Por un lado requiere de una gran focalización, una concentración básica sobre una idea a la que se da vueltas hasta lograr que eclosione. Sin embargo, la inspiración necesita también de una gran dosis de abstracción, de pensamiento divergente o casi divagante, en el sentido de “fluir”, mientras se tiene la impresión de hallarse inmerso en una corriente imparable, un filón que conduce hacia un inesperado hallazgo.

Pero lo más importante de la inspiración no es esa sensación de arrebato o secuestro emocional y cognitivo que provoca en quienes la experimentan. En realidad lo más asombroso es el gran impacto que puede producir en la vida de muchas personas. Ese es precisamente el otro componente que la define: la facultad de propiciar el cambio. Desde este punto de vista, la inspiración no tiene que ser necesariamente algo grandioso, un invento espectacular o un acontecimiento a gran escala. De hecho, no son los grandes personajes de la historia quienes más efecto tienen en nuestras vidas particulares. La inspiración es aquello que nos mueve hacia delante, lo que nos hace evolucionar como seres humanos.

Pueden ser palabras de aliento en un momento de desánimo, la ilusión de un niño que baila con la lluvia o el ejemplo anónimo de un corredor que acaba exhausto una maratón. Cada uno de estos casos nos permiten salir de nuestra realidad cotidiana, nos hacen ver las cosas desde otra perspectiva, nos ponen en la situación de entender que la adversidad es la ocasión para la victoria, que no hay nada más real que el momento presente, que todos los destinos pueden alcanzarse. Podemos recibir inspiración para la vida de casi todo lo que nos rodea, basta con dejarse sorprender, con centrar nuestra atención en la belleza y lo auténtico.

Nuestra vida puede ser vivida conscientemente como una fuente de inspiración para los demás. No se trata de ser grande, de tener más dinero, más estudios o de realizar una gran hazaña. A veces es suficiente con ser capaz de mirar sinceramente a nuestros semejantes, de aportar nuestra humanidad, nuestra unicidad, nuestra particular visión de lo que nos rodea. Quién sabe qué momento de tu vida recordarán otros de ti. Todos pueden ser inspiradores.

FRASE: “Tu tarea es llevar la vida en alto, jugar con ella, lanzarla como una voz a las nubes”. Pedro Salinas

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