EL YO NARRADOR

Lo que llamamos el yo, eso con lo que cada persona se identifica, son en realidad varios yoes. Cada persona representa diferentes personajes dependiendo de la situación, el entorno o el condicionamiento social que viva.

Es habitual que el yo con el que ejercemos en casa, representando nuestro papel como padres o parejas, muchas veces tenga poco que ver con el yo profesional. Y es probable que con los clientes, los compañeros de trabajo o el jefe tengamos una manera de actuar distinta que con nuestros hijos, hermanos o padres. Cosas que nos enfurecen en casa, en la oficina las aceptamos. Situaciones con las que perdemos los nervios en el coche, nos hacen gracia en casa de unos amigos.

Detrás de todos estos yoes, hay dos especialmente relevantes porque determinan lo qué experimentamos y cómo lo vivimos. Son los responsables de lo que creemos que somos y de nuestra realidad. Se trata del Yo Experimentador y el Yo Narrador.

El Yo Experimentador, es quien realmente vive la experiencia, siente las sensaciones: el calor tibio del edredón, el sabor de las fresas, la luz del amanecer, el dolor de un golpe en la rodilla o la excitación sexual. Percibe los estímulos y los registra. Pero el Yo Experimentador no tiene memoria. Su mundo es sensorial y perceptivo. Habita solo en el instante temporal que dura la experiencia. Para el Yo Experimentador todo se reduce a una secuencia de procesos bioquímicos y conexiones nerviosas en el cerebro. Eso hace que cada experiencia sea única aunque se repita múltiples veces. Es el Yo Experimentador el que secuestra la mente y nos hace hacer cosas que nos habíamos propuesto dejar de hacer. Es el Yo del cuerpo.

Para dar coherencia y sentido a todos esos estímulos aislados y aglutinarlos en lo que llamamos experiencia, el Yo Narrador selecciona solamente algunos, en concreto los estímulos más relevantes, los de mayor impacto y el último estímulo. Ni establece promedios, ni hace valoraciones realmente objetivas. Se limita a montar una historia con un conjunto de sensaciones y emociones más o menos relacionadas, como piezas de un puzzle que en ocasiones encaja de una manera forzada, para tratar de construir una imagen aceptable, en la que integra y justifica nuestras contradicciones e incoherencias y que llama la realidad.

Es el Yo Narrador quien da continuidad a nuestra experiencia, quien la interpreta como agradable o desagradable, el que construye los paradigmas sobre la realidad y configura nuestro sistema de creencias. Él es quien hace nuestras elecciones de pareja o nos deja atascados en los síntomas de una enfermedad.

Lo que llamamos Yo es ese conjunto de relatos, historias, narraciones, fantasías y cuentos, que vamos hilvanando de una manera tosca y repetitiva y que sin cuestionarnos demasiado, nos creemos porque hacen que nos sintamos seguros y nos producen la sensación de que nuestra realidad es sólida, cuando se trata solo es el delirio de nuestro Yo Narrador.

Frase: “El Yo narrador prefiere seguir padeciendo en el futuro antes que admitir el error” · Yuval Noah Harari

ESCÚCHALO AQUÍ:


RECOMENDACIÓN:

Lo que queda del día”

En 1958, Stevens, un perfecto mayordomo, viaja por Inglaterra. Ahora trabaja para un millonario americano que es el nuevo propietario de Darlington Hall, mansión que vivió su etapa de mayor esplendor veinte años antes, cuando su dueño, un aristócrata británico, reunía en su casa a los personajes más influyentes de los años 30, una época crucial para el futuro de Europa. Esta circunstancia permitió a Stevens ser testigo de conversaciones sobre los hechos políticos más importantes del momento. Al mismo tiempo, su rutinaria vida personal sufría un inesperado cambio con la llegada de la señorita Kenton, la nueva ama de llaves.

 

No hay comentarios

Deje un comentario