El vergonzoso y el desvorgozado

Quizás la peor vergüenza sea la de sentirse minúsculo, aceptar como inevitable la desconfianza habitual en uno mismo. Y el vergonzoso prefiere sentirse protegido de sí mismo, de lo que no sea digno de mostrar a los demás, aunque el precio sea tan alto como el de ser irrelevante. También ser vergonzoso es ser demasiado sensible emocionalmente, demasiado consciente, demasiado suspicaz, impresionable o delicado. Como decía Leonardo Da Vinci, donde hay más sensibilidad allí es más fuerte el martirio. El vergonzoso no deja pasar nada que le pueda herir, porque todo es susceptible de herirle y entonces por evitar ser naturalmente vulnerable prefiere ser artificialmente duro o apático. Tiene que mostrar una fachada exterior que esconda la amenazante intimidad interior que tanto se afana en proteger. El vergonzoso es un evitador profesional, un experto en esquivar y disimular.

Decía Oscar Wilde que los libros que llamamos inmorales son aquellos que muestran nuestras vergüenzas. Está la vergüenza de la intimidad, el miedo a mostrarse tal y como es uno, y está la vergüenza de la indignidad, la de perder el propio honor por un acto ignominioso según el juicio social. Porque detrás de la vergüenza están los demás, lo que opinen y juzguen apropiado o inadecuado hoy. Porque ayer daba vergüenza una cosa y mañana será otra diferente. Siempre estamos rodeados de una cultura de la vergüenza, más o menos sofocante, una atmósfera invisible a los ojos pero bien percibida por el corazón.

El otro extremo es la desvergüenza, la falta de inhibición necesaria para saber comportarse en sociedad, de forma civilizada e inteligente. El desvergonzado cree ser más audaz cuando en el fondo es simplemente más insolente. Y cuanto más rían los demás con su insolencia, más creerá ser especial. El desvergonzado acepta ser bufón y actúa con impulsividad creyendo ser sincero. La sinceridad es la calma de la verdad, la impulsividad es la tormenta de la ficción. Al desvergonzado le falta empatía, necesitaría sentir más vergüenza ajena para aprender las leyes de la integridad, por eso es fácilmente corrupto y mentiroso. A su corazón le da igual, no siente vergüenza por sus actos indignos. No siente que se juegue su autoestima con su conducta en la comunidad y por eso acaba cometiendo suicidio social. El desvergonzado nunca está demasiado expuesto, pues teme más la irrelevancia que el deshonor. El desvergonzado acepta bien esta afirmación: “Que hablen de mí, aunque sea verdad”.

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“Tenía la conciencia limpia, no la usaba nunca”

Stanislaw Lec

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