Quizás la peor vergüenza sea la de sentirse minúsculo, aceptar como inevitable la desconfianza habitual en uno mismo. Y el vergonzoso prefiere sentirse protegido de sí mismo, de lo que no sea digno de mostrar a los demás, aunque el precio sea tan alto como el de ser irrelevante. También ser vergonzoso es ser demasiado sensible emocionalmente, demasiado consciente, demasiado suspicaz, impresionable o delicado. Como decía Leonardo Da Vinci, donde hay más sensibilidad allí es...