EL PÚBLICO IMAGINARIO

Como actores en paro que se resisten a aceptar su suerte, todos actuamos para un público imaginario. Se trata de aquellas conductas que realizamos “por el qué dirán”, los comportamientos o hábitos que mantenemos porque “siempre ha sido así”, o todas las ideas preconcebidas y razones múltiples con que justificamos muchos de nuestros actos. Cuando nos detenemos a reflexionar, incluso somos capaces de darnos cuenta de que no es eso lo que nosotros queremos, que no es así como nos comportaríamos si nos sintiésemos libres para elegir. Aún así, nos mantenemos fieles a nuestro programa operativo, esa especie de app instalada no sabemos cuándo, pero que nos redirige continuamente a las mismas prácticas.

No existe un mismo público para todos. Por más que las personas que comparten con nosotros el planeta tengan cada una su nombre y apellidos, no representan las mismas figuras para cada uno de nosotros. Incluso aunque esas personas sean de carne y hueso, no es en concreto para ninguna de ellas para quienes “actuamos”, sino para la idea que de ellas hemos formado en nuestra mente. Muy pocas veces nos paramos a comprender qué impresión real causamos en los demás. Simplemente, imaginamos que ellos nos ven de tal o cual manera, y actuamos en consecuencia. No son los demás quienes nos miran, somos nosotros quienes nos dejamos ver.

Hay un conocido modelo de la psicología cognitiva que explica cómo repartimos el escenario de nuestras relaciones interpersonales: es la “ventana de Johari”. El espacio que compartimos con los demás se clasifica según dos ejes: lo que conocemos o desconocemos de nosotros mismos, y lo que los demás conocen o desconocen de nosotros. Así, existe una parte abierta, pública, claramente transparente para los demás y para nosotros: es el tipo de rol que representamos dentro de una comunidad. Esta parte incluye tanto aspectos físicos como otros de carácter cultural o educacional. En definitiva, es el papel, el personaje principal que hemos elegido como protagonista de nuestra vida. Comprende todas las actitudes, decisiones o comportamientos sobre los que construimos nuestra identidad social. Desde esta área elegimos a una parte de nuestro público: el que deseamos que nos aplauda, o, al menos, que sea misericordioso.

Sin embargo, sabemos que ese público imaginario no siempre es benevolente, y hasta esperamos una razonable cantidad de pitidos o silbidos de desaprobación. Efectivamente, conocemos de nosotros mismos una parte que nos negamos a comunicar a los demás, desde la que nos escondemos, donde albergamos pensamientos, ideas y actitudes que son conscientes pero que deseamos no desvelar. Nos afanamos a menudo en evitar que salgan a la luz, y en esa ansia por el disimulo, nos refugiamos en la interpretación sobreactuada del personaje principal.

Pero se nos olvida que existe aún otra “ventana” desde la que los demás nos contemplan a nosotros. Se trata de una zona de nosotros mismos ante la que permanecemos ciegos, es decir, una parte que es evidente para los demás, pero que para nosotros es invisible. Es un área desde la que podemos ser vulnerables, y nos negamos incluso a admitir que los demás puedan desvelarnos su contenido o advertirnos de su existencia. Esconde valores e ideas para los que no hemos entrenado a nuestro personaje principal. No deseamos que nuestro público nos vea desde ahí. Es, por así decirlo, el carrete que contiene las tomas falsas, la parte desechable de la película, la que ni siquiera sabemos que existe, pues se rodó sin que nadie nos avisara. La ignoramos, pero a veces, son los fotogramas más interesantes del metraje.

Lo más sorprendente es que aún queda una parte totalmente desconocida, tanto para nosotros como para nuestro público. Es la parte de la película que nunca se ha rodado, cuyo guion no se ha escrito y cuyo desenlace está por desvelar. Cuando nos olvidamos del personaje que persigue los aplausos, de ese otro que disimula y sobreactúa, y dejamos de sentirnos indefensos ante la realidad de las tomas falsas de la vida, aparece un nuevo yo, una nueva persona capaz de integrar todas esas áreas en una sola. Uno sale de su película y comienza su verdadera vida. ¡Buena suerte!

FRASE: “Actuar o vivir es como bajarse los pantalones”. Paul Newman

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