CONFORT TÓXICO

Decía Confucio que el hombre superior piensa en la virtud y el hombre vulgar piensa en la comodidad. La zona de confort hipnotiza y seduce, creando parálisis, pereza y procastinación. Cuando el principal fin en mente es permanecer en la zona de confort, se corre el riesgo de consumirse, pudrirse emocionalmente aunque no pase nada malo. Estar parado es entonces realmente retroceder. Parapetarse en la zona de confort es abandonarse, resignarse, rendirse, acomodarse.

También hay superstición sobre la zona de confort. La idolatría del control, la quimera de la seguridad. Hay quienes creen que cruzarse con un gato negro les traerá mala suerte, hay quienes creen que la seguridad total existe y es totalmente dependiente de sus actos. Es la misma fantasía. Unir control con seguridad es otro tipo de superstición. Más sutil, más racionalizada pero igualmente una superstición. Crear un búnker racional que se piensa indestructible, un Titanic mental que no resiste a la realidad cuando ésta se pone terca.

De repente, por rápido o por inesperado, por bajar la guardia o por una crisis, porque te cruzas con los deseos de otros que te arrastran o porque tus deseos no son tan fuertes como creías, te ves fuera de la zona de confort. Y sientes miedo por estar a la intemperie o rabia contra lo que te sacó de la comodidad o te deprimes porque ya nada es como antes. Pero ninguna de esas emociones te van a devolver a lo que no tiene vuelta atrás. Son excusas y quejas. Salir del espacio de confort al espacio de riesgo es a menudo una medicina horrible que el enfermo necesitaba y que no quería tomarse motu proprio. Cuantas veces lo que empezó pareciendo malo se convirtió en bueno.

Aceptar el cambio cuesta, hay una resistencia natural en todos a negarnos a afrontar aquello para lo que creemos que no estamos preparados. En el fondo hay una falta de autoestima, una duda sobre uno mismo que cuesta reconocer. Queremos sentirnos motivados, vivos y hambrientos y dichas sensaciones no surgen de la comodidad, surgen del cambio. Fuera del espacio de confort, en el espacio de riesgo conocerás otras personas, establecerás nuevas relaciones. Hallarás nuevos maestros para aprender las lecciones que necesitas en ese momento. El maestro aparece cuando el alumno está preparado, y dentro de la zona de confort nunca lo está porque está en un absentismo continuo.

Amor, aceptación y confianza, es lo que más necesitas en tu mochila para afrontar el salto del confort al riesgo. Para conseguir resultados extraordinarios, no por mágicos, simplones o regalados. Serán extraordinarios porque tú no creías que fuesen para ti. Que tú pudieses llegar a ellos. Otros como tú, temerosos, desorientados, indefensos, ignorantes, pudieron. Tú mismo pudiste otras veces que quizás ya has olvidado o que minusvaloras por ser agua pasada. Convertir lo que era antes espacio de riesgo en espacio de confort te ayuda a crecer, te inmuniza contra el aburrimiento y te muestra lo que es la vida realmente. Una aventura.

Frase: “Pero yo no quiero la comodidad. Yo quiero a Dios, quiero la poesía, quiero el verdadero riesgo, quiero la libertad, quiero la bondad. Quiero el pecado”. Aldous Huxley

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