COMPRAR BIEN

Somos muy vulnerables a la publicidad. Su mensaje llega a nuestro cerebro aunque pensemos que somos más inmunes a ella de lo que en realidad somos. La repetición continua en forma de bombardeo publicitario, la intensidad y la emocionalidad de cada anuncio están diseñados para animarnos a comprar. La publicidad convierte el acto de comprar en un privilegio, en una necesidad o en un derecho. Fusiona compra con egocentrismo porque sabe que es un mensaje que suele funcionar si no estamos atentos y con espíritu crítico. La publicidad quiere que nos sintamos como reyes para que gastemos como tales. En un momento de la historia donde nuestras necesidades básicas suelen estar satisfechas, la publicidad nos hace creer que el resto de las necesidades también son fundamentales, aunque en realidad no lo son. Y el resultado es que cada vez compramos menos por necesidad y más por emocionalidad.

Cometemos el error de pensar que el mero hecho de comprar nos hará más felices. Compramos en tiendas cada vez más bonitas, artículos cada vez mejor presentados y empaquetados, por medios de pago cada vez más sofisticados,… El acto de comprar en sí mismo se convierte en una experiencia agradable porque así se ha diseñado. Comprar, es verdad, genera alegría. Pero es una alegría efímera ya que la verdadera felicidad, la alegría duradera, parte desde dentro de nosotros y no desde fuera. Comprar ha de estar unido a un proceso de crecimiento personal, de avance real en nosotros: compramos una casa más grande porque la familia crece, una casa mejor equipada porque nos será más cómoda o una casa mejor ubicada porque nos hará la vida más fácil.

A veces buscamos impresionar a otros, comprar posesiones que apuntalen nuestro status ante los demás o nos hagan sentir que pertenecemos a la élite. Queremos generar admiración, envidia por medio del coche más potente, el ordenador más avanzado o la casa más vistosa. Por el contrario, sentimos envidia de aquellos que poseen más que nosotros, comparándonos con ellos y sintiéndonos de menor talla por poseer menos.

A veces compramos para compensar algo que va mal en nosotros. Para sentirnos menos solos, menos angustiados o menos estresados. Utilizamos las compras del fin de semana para olvidarnos de lo mal que lo pasamos de lunes a viernes. Y vuelta a empezar. También compramos para que otros se sientan bien gracias a nosotros, o compramos para regalar un objeto en lugar de darnos a nosotros que es lo que ellos querrían seguramente. Sustituimos nuestra presencia y nuestro tiempo por cosas y regalos cuando no podemos o no queremos estar con ellos.

Compramos para sentirnos más seguros, más dominantes y más controladores de lo que ocurre. Tener la capacidad de comprar es entonces un poder demasiado tentador, que nos puede convertir en pequeños dictadores. Quiero esto. Lo quiero ahora. Tengo todo el derecho a comprarlo. A un niño podemos negarle el capricho. ¿Quién nos puede decir que no a nosotros mismos si tenemos el derecho, la capacidad, la financiación y la publicidad de nuestra parte? ¿O es realmente en nuestra contra? No distinguimos entre un gasto y una inversión, entre gastar porque simplemente tenemos el dinero necesario, nos apetece o es un capricho y entre invertir como medio para el crecimiento más allá del corto plazo, como una muestra más de nuestro progreso personal.

FRASE: “El que compra lo superfluo, pronto tendrá que vender lo necesario”. Benjamin Franklin

ESCÚCHALO AQUÍ:

No Comments

Sorry, the comment form is closed at this time.