CASTRACIÓN Y AUTOESTIMA

Sigmund Freud, habló por primera vez, de forma más extensa del complejo de castración en 1908, en su ensayo “Sobre las teorías sexuales infantiles”, aunque ya hizo en 1900 mención al mismo tema en “La interpretación de los sueños”. Al margen de todas las connotaciones y simbolismos fálicos, a riesgo de simplificarlo en exceso y con el perdón de los psicoanalistas, el complejo de castración viene a significar algo así como que el niño por primera vez teme perder su poder, seguridad, confianza y tal vez su propio valor.

El complejo de castración guarda una estrecha relación con el complejo de Edipo y viene determinado por la irrupción del padre y la autoridad que este simboliza en la realidad infantil. Cuando, por la razón que sea, el complejo de castración no se termina de superar quedan secuelas y como adultos aparecen sentimientos de infravaloración, incapacidad para asumir los desafíos que el desarrollo del propio talento impone y una baja autoestima. Pero sobretodo lo que caracteriza este complejo es la aparición de la angustia.

La autoestima es el atributo que nos permite relacionarnos primero con nosotros mismos, para desde ahí poder hacerlo con los demás de una forma adulta, enriquecedora, satisfactoria y sana. Cuando este atributo es castrado o recortado, la angustia emerge y las relaciones emocionales se resienten y las personas se muestran incapaces de amar y ser amadas.

La perdida de la autoestima les hace oscilar en sus relaciones entre el sometimiento, la dependencia, la inseguridad, la admiración irracional y la complacencia como formas de aplacar la angustia primitiva que les produce el intercambio emocional y evitar el conflicto interpersonal que viven como una experiencia insoportable. O por el contrario, su relación a los otros es interpretada como una amenaza potencial y una fuente de peligros frente a los que hay que revelarse, luchar, defenderse y despreciar.

En ambos casos, las relaciones emocionales siempre son pobres, angustiosas, complejas, contradictorias y difíciles de entender. El miedo a la soledad y el sentimiento de vacío interior coexisten con el temor profundo a la intimidad y el compromiso. La distancia emocional que estas personas establecen puede ser muy corta y dar lugar a relaciones invasivas, controladoras y agobiantes o por el contrario excesiva y tener un comportamiento lejano, frio y desinteresado.

Si la castración simbólica de la autoestima tiene consecuencias tan negativas sobre la persona y las relaciones que establece, parece que solo la regeneración de la autoestima puede devolver al sujeto aquello que la angustia le quitó.

Resulta por lo tanto fundamental recuperar el centro de nuestra existencia, saber que la verdadera amenaza no está fuera, sino que se encuentra dentro de nosotros porque solo nosotros con nuestras creencias y pensamientos somos los causantes de nuestro dolor y nuestro miedo. Por eso sólo el amor propio puede devolvernos la paz para recuperar una visión inocente y confiada del mundo y brindarnos la oportunidad de permitir que el amor sea algo real en las relaciones con las otras personas haciéndolas armoniosas, estimulantes y enriquecedoras.

Si la castración es la entrada al túnel de la angustia el amor es la luz que ilumina la salida del mismo. Y el amor debe comenzar por uno mismo, porque para poder compartir hay que tener.

Frase: “El amor os hará libres” San Juan

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3 Comments
  • Luis Agüero
    Posted at 06:14h, 08 agosto

    Excelente! Muchas gracias!!

  • Sergio
    Posted at 01:18h, 08 agosto

    Muy buen concepto, además de claro e importante para los que nos identificamos de alguna manera con esos síntomas psicologicos

  • Anónimo
    Posted at 13:35h, 15 enero

    Excelente artículo, muchas gracias.