Voluntad y deseo

Nuestra realidad se mueve por la acción de dos fuerzas muy diferentes, una de ellas sigue el orden de la lógica y el tiempo, la otra las reglas del inconsciente.

El deseo nos mueve desde lo más profundo de nuestras entrañas, con el impulso de la biología y la selección natural. El deseo es irracional, urgente, imperativo. Aparece de una manera animal e instintiva cuando lo que está en juego es la supervivencia de la persona o de la especie. Se impone de forma tiránica y nos somete cuando nos enamoramos o tenemos algún tipo de dependencia. Se expresa en forma de atracción incontrolable, aversión irracional, impulsividad y exceso. El deseo nos lleva a dar nuestra vida por otros, terminar con la de otros o con la propia.

Freud hablaba del Eros y el Thanatos como las fuerzas de la vida y de la muerte, la creación y la destrucción, el principio y el final de las cosas. Para los hindúes Brahma es la deidad de la creación y el responsable de cada nuevo ciclo y Shiva es el dios salvaje que destruye el universo en el fin de mundo.

El deseo nos empuja a la acción, nos saca de la zona de confort a empujones, nos llena de energía, seguridad y decisión, nos motiva para hacer posible lo imposible. El deseo hace que todo parezca fácil, nos arrastra de una forma compulsiva e hipnótica, es seductor y no se rinde, nos lleva al abandono, la renuncia de nosotros mismos y degrada nuestra autoestima. El deseo es fuerza y acción, no necesita razones ni argumentos, no es lógico ni reflexivo. Busca su satisfacción a cualquier precio, sin considerar las consecuencias y lo mas rápidamente posible. Tolera mal que le digan no o tener que esperar.

Todas las adicciones a sustancias como el alcohol, las drogas o determinados medicamentos, a actividades como el juego, las compras compulsivas o el sexo, o a personas, son el resultado de un deseo incontrolado. Y dejarse llevar por la ley del deseo puede significar un final amargo y destructivo.

La otra fuerza que construye nuestro destino es la voluntad. La voluntad no nace de forma espontánea, hay que cultivarla, entrenarla y trabajarla. Supone esfuerzo, constancia y disciplina. Es un árbol fuerte de raíces profundas cuando la hemos desarrollado, pero comienza siendo una semilla pequeña que hay que cuidar para que crezca. Con voluntad entrenan los deportistas, sudan la camiseta, se cansan y superan sus propias marcas. La voluntad es la que permite el avance de la ciencia, con la que se logran proyectos a largo plazo, se escribe una novela o se hacen ahorros y se crea un patrimonio.

La voluntad se apoya en la conciencia, la lógica y la planificación. Es paciente, comprometida, perseverante y no le asusta la frustración. Sabe que los errores son solamente los pasos necesarios para conseguir unos resultados sólidos. Entiende el esfuerzo, la resistencia y la superación como un desafío y sabe que la satisfacción a largo plazo produce un placer más dulce. Con mucha probabilidad, todo aquello de lo que te sientes orgulloso en tu vida lo has construido con tu voluntad. La voluntad es el recurso del adulto, no es el camino fácil del niño, pero es el mejor camino.

Solo con voluntad puedes superar las adicciones, los fracasos y las crisis, salir de determinadas enfermedades, cambiar hábitos de vida, lograr una carrera profesional, formar una familia estable y construir un futuro.

Constantemente, seas consciente o no, vas a tener que escoger entre la voluntad y el deseo, entre la libertad que te da la conciencia y la disciplina y la esclavitud de las propias adicciones, necesidades y abandonos, entre la satisfacción inmediata o la felicidad consolidada, entre lo fácil y el esfuerzo.

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«Lo más importante tras la disciplina y la creatividad es atreverse»

Maya Angelou

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