TIEMPO DE REACCIÓN Y AUTOESTIMA

El tiempo de reacción es el que transcurre entre la aplicación de un estimulo, por ejemplo una luz que se enciende y el parpadeo en el ojo. Es también el tiempo que tardamos en retirar la mano ente la proximidad de una llama. O el tiempo en responder a una pregunta en un examen.

El tiempo de reacción es una medida muy habitual en cualquier experimento de psicología permite ver y entender como las personas, antes los mismos estímulos, la luz, la llama o la pregunta, respondemos en un tiempo diferente.

Hay personas que dan respuestas prácticamente inmediatas. Son personas con un tiempo de reacción corto y rápido y un sistema reflejo dispuesto a pasar a la acción. Otras necesitan más tiempo para procesar esa información en alguna parte de su sistema nervioso, entenderla y reaccionar. Son personas con tiempos de reacción más largos y lentos.

Lo mismo que reaccionamos a estímulos simples como una luz, un sonido o el calor de una llama, también tenemos un tiempo de reacción para estímulos y situaciones más complejas, como un accidente, el diagnóstico de una enfermedad o un despido. Antes esas situaciones algunas personas pasan a la acción rápidamente, buscan en su cabeza diferentes alternativas, ensayan posibles opciones de solución y tratan de resolver de la mejor manera que saben y pueden la situación en la que se encuentran, que en la mayoría de las ocasiones será una crisis. Estos son los que identifican las microseñales del cambio y los sutiles avisos que la realidad siempre ofrece antes de la catástrofe. Su atención está alerta y es selectiva y eso les permite reaccionar antes y ese “antes” en algunas ocasiones puede significar salvar la vida. Puede tratarse de un ruido extraño en el motor o una vibración diferente en el volante, pueden ser pequeños síntomas que manifiesta el cuerpo, leves alteraciones en nuestra biología, o puede darse el caso de que sean determinados gestos o palabras que nuestro supervisor nos dirige o los comentarios sobre el último trabajo que entregamos.

Ante las mismas circunstancias unos reaccionan rápidamente y tienen más posibilidades de salir mejor parados de la situación, y otras personas parece que son ciegas, sordas e insensibles a los mismos estímulos, con lo que la Vida necesita subir el volumen o aumentar la intensidad para que reaccionen. Este tipo de personas de tiempos de reacción más lentos, tendentes a postergar decisiones o acciones y con facilidad para la negación o el autoengaño, son las más propensas a vivir situaciones dolorosas, pagar las consecuencias del propio sabotaje y entrar en el victimismo, el estrés y la depresión. Estas personas de tiempo de reacción lento, son las mismas que se sorprenden y no entienden cuando ven a su pareja salir por la puerta con la maleta porque les abandona, después de haber hablado por activa y por pasiva de las carencias en la relación, o han sido incapaces de detectar y atender las señales y demandas de atención, afecto y apoyo de su hijo adolescente cuando ven a este coqueteando con el alcohol.

El tiempo de reacción se puede entrenar y mejorar. Puedes aprender a detectar los pequeños avisos que la realidad y las circunstancias siempre están emitiendo y anticiparte y reaccionar de una forma adaptativa para que tu vida sea mejor. Recuerda que muchas veces está en juego la propia supervivencia.

Frase: “Cuando la vida decide por ti, siempre lo hace a lo bestia” · Miguel Ángel Paredes

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¿Quién se ha llevado mi queso?” · Spencer Johnson

Había una vez dos ratoncitos y dos hombrecillos que vivían en un laberinto. Estos cuatro personajes dependían del queso para alimentarse y ser felices. Como habían encontrado una habitación repleta de queso, vivieron durante un tiempo muy contentos. Pero un buen día el queso desapareció…

Esta fábula simple e ingeniosa puede aplicarse a todos los ámbitos de la vida. Con palabras y ejemplos comprensibles incluso para un niño, nos enseña que todo cambia, y que las fórmulas que sirvieron en su momento pueden quedar obsoletas. El “queso” del relato representa cualquier cosa que queramos alcanzar “la felicidad, el trabajo, el dinero, el amor” y el laberinto es la realidad, con zonas desconocidas y peligrosas, callejones sin salida, oscuros recovecos… y habitaciones llenas de queso.

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