TENERLO TODO

Vivimos épocas de excesos: exceso de información, de noticias, de datos, de opciones. Nunca fue tan fácil encontrar tanto de todo y tan rápido. Jamás el ser humano tuvo al alcance de sus dígitos todo un universo (virtual o no, es irrelevante) en tiempo real. Nos hemos acostumbrado demasiado pronto a las lámparas maravillosas que nos convierten en sabios, aventureros o famosos con solo un toque de click.

¿Eres capaz de recordar cuando leíamos línea a línea las páginas de un libro, y había que leer muchos antes de poder considerarse experto en una materia? ¿Qué queda de la aventura de alcanzar sitios remotos sin que nadie te haya recomendado antes el destino, sin conocer las valoraciones del hotel en el que te alojarás? ¿Qué significa la popularidad: una cuenta con quinientos amigos, un millón de descargas, mil seguidores para un tema de tendencia?

Nuestra sociedad de lo inmediato, fácil y sin esfuerzo, es la herencia minimalista del “usar y tirar” de décadas pasadas. Ni siquiera es necesario hacer “uso” de ninguno de los objetos, bienes o servicios de que disfrutamos. Basta echarles un vistazo, añadir un “me gusta”, “pasar” el mensaje, y a través del ciberespacio millones de personas compartimos una misma experiencia… desde casa, cómodamente instalados frente a nuestras pantallas. ¿No es maravilloso?

La respuesta es: sí, lo es. Y a la vez terrible. Ante todos nosotros se han abierto unas expectativas casi ilimitadas, unas posibilidades infinitas; se han derribado fronteras, se han franqueado los confines de lo posible. Soñar fue siempre gratis; hoy día, realizar los sueños es, además, barato y sencillo. Es la gran oportunidad para los grandes realizadores, momento histórico ideal para poner a prueba nuestro talento y capacidades.

Esta nueva era donde todo es posible genera en muchas personas, sin embargo, toneladas de angustia. Angustia por no saber qué opción elegir, qué información puede ser veraz y cuál otra engañosa. Ansiedad ante las oportunidades que pasan veloces, apremiándonos con reclamos de pesca, moscas iridiscentes diseñadas para deslumbrar. Consternación por no poder atender todos los eventos memorables que suceden al mismo tiempo. Culpa porque cualquier elección significa una renuncia de otras infinitas opciones.

La angustia ante la necesidad de elegir no es nueva, aunque quizás nunca antes habíamos sido tan conscientes de lo que dejamos atrás con cada decisión tomada. Elegir cuando se desconoce en gran medida la otra opción no es tan angustioso; en cambio, observar qué sucede en ese universo al que se ha renunciado… eso sí es doloroso y culpabilizador.

El resultado es que evitamos las decisiones, demoramos muchas veces asumir cualquier responsabilidad, tomar una determinación vinculante o comprometida, por miedo a arrepentirnos después, a darnos cuenta de que no hemos tomado la opción correcta. En vez de orientar al logro y la satisfacción todos los recursos de que disponemos, vivimos una eterna espera, hasta reunir todos los datos o disponer de todo el conocimiento para tomar la decisión correcta. Buscamos eludir como sea, “el momento de la verdad”, aquel en que tenemos que decidirnos.

Propongo un ejercicio: ¿y si nos olvidamos del “momento de la verdad”? ¿Y si dejamos de darle tantas vueltas a las decisiones, si dejamos de acumular información, datos, opiniones ajenas, y nos concentramos simplemente en el acto mismo de vivir? En realidad no importa qué decisión tomes, sino que la tomes realmente, y le des prioridad en tu vida. Ninguna opción es cien por cien satisfactoria, pero aquella que asumimos en su totalidad nos acerca a la felicidad.

FRASE: “La profunda reflexión acaba a menudo en inercia”. Auguste Rodin

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