QUEMADO POR EL TRABAJO

El trabajo es ese sitio en el que pasamos tantas horas. En el que hacemos amigos y enemigos. Un lugar donde socializamos y donde nos enemistamos. Donde encontramos a veces nuestra vocación y nuestra razón de ser. Otras veces se convierte en un lugar tortuoso al que acudimos únicamente por la recompensa monetaria que nos proporciona. Muchas veces ni siquiera todo el oro del mundo puede hacer que encontremos la felicidad o algo parecido en las largas horas que pasamos allí.

Sea como fuere, el trabajo es fuente de placer o malestar y se convierte en un área importantísima de nuestras vidas, hasta el punto de que puede llegar a interferir con las demás. Incluso puede superponerse y hacernos olvidar que hay algo más después de la jornada laboral. Si sientes que el trabajo te impide relacionarte sanamente con otras personas, o que las horas que le dedicas no te compensa la falta de tiempo, o que incluso el dinero que ganas no sirve de contrapeso a tu esfuerzo, tal vez necesitas replantearte tu relación con el trabajo.

Pregúntate si el trabajo que desempeñas está entrando en conflicto con tus valores. Podría ser el caso de una vendedora a comisión que no cree en el producto que vende. O el de un administrativo que ha caído en la cuenta de que cada contrato firmado por sus clientes tiene demasiada letra pequeña. Estas situaciones pueden tolerarse durante un corto periodo de tiempo, pero enseguida la incoherencia se hará palpable. Empezarás a llegar tarde, pondrás excusas para ralentizar el desarrollo normal del trabajo, cometerás pequeños errores “sin importancia”, que sumados pueden ser graves. Dejas de dar valor a tu trabajo. Y haciéndolo, dejas de valorarte a ti mismo. Llegarás a albergar malos sentimientos hacia todo lo que te rodea y también hacia tu propia persona. Será una suerte si, por la razón que sea, pierdes el trabajo. De lo contrario, entrarás en una espiral de autojustificación y de crítica tóxica hacia todo lo que te rodee y buscarás culpables fuera de ti para calmar tu ansiedad.

Otro de los focos de malestar en el trabajo puede ser el sentirse acosado, vigilado, sobreprotegido o excesivamente tutorizado. Cuando uno trabaja sintiendo la presión constante de si lo que está haciendo es correcto o no, de no saber si está actuando según las expectativas de su superior, de esperar en todo momento una crítica demoledora o un consejo excesivamente paternalista, cuando eso sucede, uno pierde la confianza en sí mismo. Empieza a cumplir con sus tareas como si las realizara otro. Cede su responsabilidad a alguien ajeno a sí mismo y olvida todo compromiso con el trabajo. Es frecuente cometer errores, siempre los mismos errores, y la persona llega a perder su sentido crítico hasta el punto de no ser capaz de valorar acertadamente el resultado de su trabajo. El único criterio es: “hacerlo de la forma en que nadie me diga nada”. La persona pierde la iniciativa, la creatividad y el entusiasmo por aquello que hace, y se siente cada vez más incapaz de acometer cualquier tarea. Perder el trabajo se convierte para la persona en el calvario más grande que pueda imaginar, porque no se creerá con capacidad de conseguir otro.

Un tercer peligro consiste en entregarte frenéticamente a tu trabajo, con alto grado de compromiso, de lealtad, de esfuerzo y de dedicación, llegando a aceptar incluso una retribución muy inferior a la que podrías merecer. La alarma salta cuando llegas a creer que toda tu pasión puede compensarte de la falta de recompensa, sea monetaria o de otro tipo. Si te entregas a tu trabajo con tan absoluta devoción lo más probable es que, tarde o temprano, te asalte la fatiga mental y física en forma de dudas sobre si merece la pena o sobre si esa es tu verdadera vocación. Tanto si amas tu trabajo como si no, permitir que ocupe en tu vida mucho más espacio y lugar que tus amigos, tu familia o tiempo para ti, puede derivar en un síndrome de burnout o sensación de quemado.

Todos estos síntomas son graves o difíciles de afrontar porque, a veces, no podemos sin más dejar nuestro trabajo y dedicarnos a otra actividad. De cualquier modo, sí hay algo que podemos hacer: pensar muy detenidamente qué lugar ocupa nuestro trabajo en nuestras vidas. Si ha usurpado el lugar de la familia o los amigos, quizá sea necesario recomponer esas áreas para mantenerlo en su justo espacio. Si no nos deja tiempo para nuestras aficiones, o no nos proporciona el dinero suficiente, el truco está en equilibrar la cantidad de tiempo y empeño que le dedicamos. Será una de las mejores inversiones en salud que podamos hacer.

FRASE: «Algo malo debe de tener el trabajo, o los ricos ya lo habrían acaparado». M. Moreno Cantinflas

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