Placer y felicidad

Para Robert Lustig, neuroendocrino y pediatra norteamericano especializado en obesidad infantil, el error de esta era, que hace que la humanidad, teniendo mucho más que en épocas anteriores, esté perdida, deprimida e infeliz es la confusión generalizada entre el placer y la felicidad.

Para el autor, identificar estos dos términos como sinónimos es la razón de nuestra frustración, sufrimiento inútil, adicciones y sentimiento de vacío existencial. Según Lustig, se trata de dos contenidos emocionales muy diferentes en realidad. El placer tiene que ver con la satisfacción inmediata y a corto plazo, con esa búsqueda infantil de intensidad, donde el bebé confunde tener más con estar mejor, el placer es algo visceral y muy físico y muchas veces está relacionado con necesidades insatisfechas o sustancias; el placer tiende a buscar la repetición compulsiva.

La felicidad, sin embargo, es un estado de ánimo, algo que va más allá de las sensaciones momentáneas que el placer produce, una emoción que perdura en el tiempo y es estable y duradera, a diferencia del placer, que es efímero y muy volátil. El placer guarda relación con la excitación, la euforia y la intensidad, mientras que la felicidad tiene que ver con la serenidad, la tranquilidad y la paz.

El placer es algo que se recibe y nos convierte en sujetos pasivos, salvo por esa búsqueda compulsiva del propio placer. La felicidad se produce cuando damos y tiene que ver con la actividad y la disciplina. Por último, afirma Lusting, el placer es dopamina, un neurotransmisor que se produce de forma natural en nuestro cerebro y que induce a la repetición de conductas que nos producen satisfacción, como la alimentación, el sexo o las drogas (entre otras funciones), y que a niveles altos produce hiperexcitación e hiperactivación.

La felicidad, por el contrario, es serotonina, otro neurotransmisor, también conocida como ”hormona de la felicidad”, que entre otras cosas se encarga de regular nuestro estado de ánimo aumentando la sensación de bienestar y satisfacción. La mala noticia es que la dopamina acaba con la serotonina. No se trata de renunciar al placer, ni de ensalzar el sufrimiento estoico. La cuestión más bien es aprender a disfrutarlo e identificar el momento en el que se transforma en dolor. Sí, porque el límite entre el placer y el dolor es difuso y porque todas las adicciones entran por la puerta del placer.

Ya sean adicciones a sustancias, actividades o personas, al final, todas son adicciones emocionales y según las disfrutamos necesitamos más y con más frecuencia para sentir lo mismo. Ahí está la explicación de cómo unas copas se convierten en alcoholismo, unas compras en consumismo compulsivo o una relación en dependencia.

Milner y Olds, dos investigadores de la Universidad de Montreal, en 1954, hicieron un llamativo experimento con ratas, que describe muy bien la perversión del placer. A las ratas, que tenían unos electrodos implantados en el cerebro en la región del placer, se les enseñaba como recibir un estimulo eléctrico en dicha zona. Y cuando aprendían, el resultado era que muchas dejaban de comer y beber, abandonaban a sus crías y preferían morir de hambre o sed, sobrexcitadas. Lusting nos recuerda que la búsqueda de la felicidad no se encuentra por el camino del placer. Esa es la confusión tan socialmente aceptada que nos mantiene infelices y esclavos de la satisfacción inmediata, la baja tolerancia a la frustración y la infelicidad.

Tener el último smartphone te dará placer pero no te hará más feliz. El consumismo es la “carrera de la rata” dentro del la rueda. Y lo mismo sucede con las aventuras sexuales, la comida compulsiva o el reconocimiento social en las redes sociales. El camino de la felicidad es otro, tiene que ver con el equilibrio, el cuidado personal y del entorno, la conciencia y la presencia, la conexión con la realidad, la disciplina, la voluntad, la serenidad y el amor.

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“El placer es la felicidad de los locos. La felicidad es el placer de los sabios”

Barbey d’Aurevilly

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