Narcisismo y Autoestima

Para algunos autores estamos en la “era del narcisismo”. Según el sociólogo Christopher Lasch, durante el siglo XX, la postmodernidad, con el culto por el individuo y la búsqueda obsesiva por el éxito y el dinero, han favorecido un caldo de cultivo para que el narcisismo del siglo XXI crezca con fuerza.

El narcisismo es en realidad un mecanismo de defensa para sobrevivir en el infierno de la baja autoestima, la falta de sentido y el sentimiento de vacío interior. Es un mecanismo defensa peligroso porque el narcisista es sobretodo infantil y no es consciente de las consecuencias de su conducta y sus decisiones, tampoco es empático, y le cuesta poner límites a su tendencia por lo desproporcionado, distorsionado y desmedido. Y cuando hace daño, puede causar mucho dolor.

Autoestima y narcisismo son conceptos antagónicos. El narcisista se referencia en lo externo, lo superficial, la imagen que cultiva de sí, el aplauso y la dependencia patológica de su público, el espectáculo y las apariencias. Sus relaciones personales son utilitarias, se relaciona con los otros en tanto alimentan su necesidad de admiración, llenan su vacío o le permiten trepar por la escala del éxito. La autoestima guarda relación con el mundo interno, con la más profunda intimidad, la humildad, la búsqueda de la autenticidad, el autodescubrimiento, la libertad, la felicidad y la verdad. El narcisismo es un trastorno de la personalidad y la autoestima un indicador de salud.

El narcisista es un “pobre tipo”, hay más hombres que mujeres, que se disfraza de arrogancia para parecer importante y es probable que llegue a conseguirlo porque en la era del narcisismo se favorece lo personal sobre lo social a cualquier precio y es relativamente fácil llegar a puestos de poder en empresas o gobiernos porque la ética, los valores humanos y la justicia no están de moda y son irrelevantes en la era narcisista. La ley del “todo vale porque yo lo digo”, la manipulación, la desinformación y la mentira, permiten resultados a corto plazo que son “pan para hoy y hambre para mañana” pero que dan al narcisista la satisfacción del éxito fácil e inmediato y a su público alguien sobre quien hablar pero sin hacer nada, una razón para la distracción y mirar a otra parte o una oportunidad de identificación. Las consecuencias de esas decisiones impulsivas, egoístas y arbitrarias ya las pagarán los que lleguen después.

Estar bajo el poder del narcisista, ya sea un padre de familia, un jefe en el trabajo o un presidente del gobierno es una desgracia, porque para compensar la propia inseguridad el narcisista hará exhibiciones absurdas y desproporcionadas de su poder. Y como es tan competitivo puede llegar hasta las últimas consecuencias para que solo haya un ganador: él. No quiere ni sabe perder y confunde su éxito con el fracaso y el sufrimiento de los que tiene alrededor, de forma que si los otros no están mal, entiende que él no ha ganado. Todo vale mientras siga arriba.

El narcisista fue un niño olvidado que no supo lo que era el amor y en ocasiones este fue sustituido por la tiranía infantil sobre unos padres inseguros, sobreprotectores, complacientes y ausentes, que en realidad tenían otras prioridades. Creció sin límites o con límites arbitrarios y cambiantes, sin coherencia emocional y seguramente con envidia. Necesitó construirse un mundo imaginario donde él era el director de su propio circo y toda su realidad infantil obedecía sus deseos. Ese relato con el que compensaba la propia soledad, la falta de confianza, la tristeza y el desamor, fue ganando fuerza en su interior a medida que iba conquistando éxitos y resultados en la escuela y más tarde en el trabajo, muchos de ellos a cualquier precio, porque el narcisista siente que no tiene nada que perder, salvo el aplauso de los demás. Y aunque de adulto es adicto a la admiración y el halago, en el fondo de su corazón sabe que ya lo perdió todo, que nunca tuvo nada que realmente fuera importante para él, que está solo y nadie le ama.

En el mito griego, Narciso fue un joven de una extraordinaria belleza que despertaba el deseo y la admiración de hombres y mujeres, de los que se burlaba y a quienes nunca correspondió. El descubrimiento de su propia belleza le resultó tan fascinante, que significó su perdición y su fin.

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“La mayoría de la gente está enamorada de su drama personal. Su drama es su identidad. El ego gobierna su vida”

Eckhart Tolle

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