MADRES E HIJAS

Si hay una relación que nos marca con intensidad, es la que mantenemos con nuestras madres. De alguna forma, son nuestro primer recipiente corpóreo, nuestra primera experiencia con la materia. Nuestras mentes, nuestras ideas y pensamientos comienzan a formarse dentro de su propio cuerpo. Recibimos de ellas, a través de las intrincadas vías neuro-hormonales, todas sus vivencias, sus emociones más profundas, sus alegrías y sus ansiedades. En el cobijo de su útero, bebemos un singular cóctel emocional cuyo sabor paladearemos quizás años después.

Fuera de ellas, las echamos de menos si por segundos su piel se aleja de la nuestra, y buscamos su alimento y su calor, difíciles de sustituir. Hasta ese momento, somos apenas ovillos de instinto, cachorrillos incapacitados para la supervivencia, pues nos falta la herramienta más valiosa con que el ser humano ha sido dotado: la mente. La mente es, en ese sentido, como el traje que nos ayuda a defendernos del mundo. La mente es todo un sistema de conocimientos, actitudes, recursos y estrategias orientados a procurar ni más ni menos que nuestra propia conservación. Nuestras madres asumen entonces un segundo rol tan importante como el de proveernos de cuerpo: comienzan el proceso de moldeado de nuestra mente.

Su misión, como transmisoras de genes de la especie, es protegernos, procurarnos un camino útil y eficaz para transitar la vida. En situaciones normales, hay amor, afectos, cuidados. Pero en ese proceso nos transmiten también sus miedos, los programas y rutinas que se han perpetuado durante generaciones y que a ellas también les fueron transferidas; nos enseñan el lenguaje, con sus palabras, sus frases, sus ideas y sus contenidos y referentes, y calan en nuestro cerebro como lluvia fértil que hará brotar todas las semillas y conceptos: tanto los que nos nutrirán como los que nos devorarán.

En cualquier sociedad humana no solo la madre gestiona el proceso de enculturación, y a menudo intervienen muchos otros entes, más o menos sofisticados: la familia, la escuela, la tribu, los medios de comunicación. Sin embargo, es la madre la que, en nuestras mentes ya adultas y enculturadas, se presenta con más viveza cuando buscamos razones para nuestros éxitos o nuestros fracasos. Reconocemos en su apoyo y compromiso la fuerza que necesitábamos para elevarnos sobre nuestras deficiencias, pero también le atribuimos las palabras más castrantes y represivas que seguimos escuchando aunque ella ya no las pronuncie.

En particular, es la relación de la madre con la hija, más que con el hijo varón, la que ha poblado la literatura y el folclore de madrastras, madres rivales, madres dominantes, suegras y hasta brujas malvadas. Por más que las relaciones familiares hayan ido poco a poco templándose, estos siniestros personajes femeninos se mantienen vivos en nuestro inconsciente y se mencionan con frecuencia como motivo de disgusto en los marcos de las relaciones de familia.

Para los psicoanalistas, la madre, ya sea la propia o la del cónyuge, representa el conflicto y la rivalidad para la mujer. Es como si la madre, en su papel de maestra de la vida o “enculturadora” principal, hubiera logrado tal nivel de excelencia, que se ve superada por la propia hija. El problema surge cuando la madre no puede aceptar ser relegada a un segundo plano y compite intensamente con su sucesora para recuperar su puesto. O también cuando la madre, incapaz de tolerar una pesada carga emocional, se la transmite a la hija y esta se rebela por no querer asumirla.

No es fácil para las hijas aceptar una mala relación con la madre. Desean conservar los momentos en que las sintieron cercanas y amorosas, y, por eso, incluso adultas, no cejan en su empeño de exigirles a sus progenitoras lo que estas no pueden darles: amor y reconocimiento. La madre, a su vez, consciente de su incapacidad, responde aún con más vacío, y el círculo se perpetúa.

Comprender que la madre fue también hija, y que tal vez no creció con un modelo de madre adecuado, puede ayudar a la hija a perdonar y a sanar. Hay muchas formas de ser madre. Ser hija es una de ellas, porque la capacidad de proteger, nutrir y amar se da en ambas direcciones.

FRASE: “¡Y todo porque los hijos nacemos cuando los padres ya coparon todo el poder en el hogar!”. Mafalda

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