LA TRAMPA DEL EGOÍSMO

El egoísta se excede en el amor a sí mismo, atiende de manera tan exagerada su propio interés que se hace un adicto a sí mismo. Todo empieza y acaba en él, es el alfa y el omega de su vida. Para el egoísta todo es yo, y yo, y más yo. El egoísta es capaz de prender fuego a la casa del vecino para poder freírse un huevo. Su excusa es su necesidad y ese fin justifica cualquier medio. Su individualismo es su pan para hoy y su hambre para mañana. El egoísta tiene una buena idea, la importancia de uno mismo, pero no la culmina con la segunda parte de esa idea: que todos somos grandes, conectados a algo más grande que nosotros mismos.

El egoísta es avaricioso. Por la codicia del egoísmo, lo mucho siempre es poco. Como un saco sin fondo, que por mucho que introduzca, siempre sentirá vacío. No hay recursos suficientes en la tierra para todos los egoístas que la pueblan. La ambición del egoísta es su condena, continuamente consciente de lo que no tiene, insatisfecho y dependiente. La ambición no es buena o mala por sí misma, la diferencia es que al egoísta la ambición le hace arrastrarse y a la persona con autoestima le hace volar. La ambición del egoísta consiste en tener más, mientras que la ambición de la autoestima es ser más. El egoísta se compara con otros, la autoestima se compara consigo misma: lo único comparable es nuestro potencial con respecto a nuestro rendimiento.

Hay una gran diferencia entre egoísmo y autoestima, aunque suelen confundirse. Cuando se dice de alguien que tiene demasiada autoestima, con un acento peyorativo, en el fondo se suele querer decir que es de naturaleza egoísta. La persona egoísta se proclama especial en el sentido de superior y se siente admirada. La persona con autoestima se muestra singular en el sentido de única y se siente valiosa. La persona egoísta imita a los demás, copia todo aquello que alimente su ego. La persona con autoestima cree en sí misma y confía en su mundo interior como brújula de su destino. La persona egoísta se considera más que los demás. La persona con autoestima considera que no es más ni menos que nadie. La persona egoísta exige al mundo estar bien y le culpa si no lo está. La persona con autoestima se responsabiliza ella misma de estar bien. Hay una gran diferencia, como el día y la noche.

Frase: “Nadie es nunca secundario para sí mismo”. François Rabelais

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