La Autoestima en la adolescencia

Decía Salvador Dalí que la mayor desgracia de la juventud actual era no pertenecer a ella. Pero los adultos difícilmente reconocerán esa frustración. Es más aceptable la idea del adolescente problemático, generador de conflictos en la familia y en el entorno que la idea más real y productiva del adolescente como proyecto de ser humano, aunque parezca que quien le da menos importancia a dicho proyecto es el propio adolescente. Pensar poco en su futuro es un rasgo de la adolescencia y un suplicio para los padres, que tienen más prisa, más miedo o más objetivos para sus hijos adolescentes que ellos mismos. A menudo los padres se desesperan con el ritmo de maduración de sus hijos adolescentes, con el deseo de que fuesen más rápidos, más conscientes y más ambiciosos en su camino en convertirse en adultos de éxito.

Deberían los adolescentes llevar permanentemente un cartel de “en construcción”, para recordarnos que no son una obra terminada y sí un proyecto en ejecución. En la construcción de su personalidad, en la creación de su autoestima no hay atajos ni trucos de magia y la impaciencia de los padres les genera un sufrimiento psicológico inútil del que no deberían culpar a sus hijos adolescentes. Tampoco es buena idea sobreprotegerles, impedir que se frustren para que no sufran y que no salgan de su espacio de seguridad para que no cometan errores. No permitirles vivir con libertad por miedo a que su vida no sea controlada por los padres. Ser difíciles de gobernar debería ser un halago para los jóvenes, no un reproche.

En la familia, los adolescentes continuamente amenazan con un golpe de estado a los padres. Son críticos y desaprueban las leyes antiguas, que consideran obsoletas para el mundo en el que viven. Forma parte del ciclo de la vida que los jóvenes desbanquen a los mayores y que éstos reprochen a los adolescentes que el futuro ya no será jamás lo que solía ser cuando ellos eran jóvenes. Construyeron un ideal pensando que sería lo mejor para sus hijos y éstos lo abandonan porque desean otras cosas, en su nuevo mundo. Es un relevo generacional que suele ser tormentoso porque nadie quiere perder el poder. El adolescente impugna un sistema de vida, sin tener aún un sistema alternativo.

La construcción de una sana autoestima en los adolescentes necesita asimismo de la sana autoestima de los adultos. Parece una idea evidente pero muchas veces se pasa por alto y los mayores quieren educar más con historias del pasado y amenazas del futuro que con ejemplos de autoestima en el presente. Son los adultos el espejo donde se miran los adolescentes, sin miedo a rechazar lo que no les gusta y a aceptar lo que les convenza. Esa mirada de los jóvenes inquieta a los padres pues no se pueden esconder de ella. Han venido para superarles, es el afán de progreso como señal de sana autoestima en el joven y debería ser el deseo de todo educador: que el alumno supere al maestro.

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“La juventud quiere mejor ser estimulada que instruida”

Goethe

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