INDIGNACIÓN, ENTRE LA RAZÓN Y EL PODER

Es una palabra de moda: Indignación. Más allá de la coyuntura actual, indignarse siempre ha sido una posible respuesta a todo lo que te ofende. La indignación surge de la razón, del considerar que algo es injusto y debería ser de otra manera. La indignación es el resultado de una forma de pensar, de una inteligencia que se enerva ante un problema y provoca un sentimiento de irritación. Indignarse es fácil, es cómodo, es hasta adictivo. Ante un problema, juzgas, sentencias y exiges un cambio al culpable. Juez y parte. Si no cambia, refrendas su culpabilidad, te indignas más y aumentas el castigo. Este círculo vicioso de huida hacia delante sólo se rompe cayendo en una dinámica de rebeldía y amargura vital o dándose uno por vencido y usando el sarcasmo, la resignación o la victimización para salir lo más airoso posible.

Pero la indignación por sí sola no hace que avances. Suele ser al revés, te estanca. Te encierra en una prisión que tú has construido y donde tú eres la llave. Necesitas determinación y capacidad de acción. Necesitas poder. El poder surge de la propia facultad de actuar. El poder es la acción real que está en tu mano ejecutar. Más allá de la razón, tu poder es lo que verdaderamente puedes hacer. Recuerda la leyenda griega del nudo gordiano. El rey Gordias, agradecido a los dioses por los favores prestados, les ofreció un carro atando la lanza y el yugo en un nudo tan complicado que se decía nadie sería capaz de desatarlo nunca. Cuando a Alejandro Magno se le ofreció el reto de desatar el nudo, éste solucionó el problema cortándolo con la espada. Alejandro Magno resolvió el acertijo utilizando su poder. Le invitaron a usar su razón y él eligió usar su poder. Sólo un fanático de la razón puede negar que fue una solución.

Emerson decía que todo poder humano se forma de paciencia y de tiempo. Justo lo contrario de lo que nos incita la indignación, un sentimiento que nos exige reacciones impulsivas, exageradas y generalmente de una simpleza peligrosa. Así como la utilización única de la razón para resolver un problema puede llevar a la indignación, el uso exclusivo del poder puede llevar a la prepotencia y el abuso. Es el riesgo de tener la capacidad de hacer algo sin que nada ni nadie te lo impida más allá de tu propia conciencia o determinación. Hay una película desasosegante, se titula “Asesinato en 8 milímetros”, donde el protagonista intenta entender las razones que llevaron a una persona a realizar un acto pavoroso contra otro ser humano. La respuesta que obtiene es que lo hizo simplemente porque podía hacerlo. Es el lado oscuro del poder.

En el equilibrio entre razón y poder, en el uso conjunto de tu inteligencia y tu capacidad de acción real está la solución para no caer en el agridulce embrujo de la indignación ni en la seductora invitación a la prepotencia. Mi recomendación es que trates de no indignarte, ni de resignarte ni de rebelarte. Sopesa detenidamente las dos opciones más adecuadas, aceptar la situación o desarrollar el poder para superarla. En ambas, la decisión te exigirá un precio. En la aceptación suele ser la templanza y el autocontrol. En el desarrollo del poder suele ser el entrenamiento y la salida del espacio de seguridad para aprender algo nuevo. Lo realmente “indignante” podría ser que quisieras superar un problema complejo sin pagar un precio por ello. Gratis, simplemente por ser tú.

FRASE: “La única cosa que respeta el poder es el poder”. Malcom X

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