EL SUEÑO

De todas las cosas que hacemos en nuestra vida, dormir debería ser de las más sencillas. Por un lado, parece que basta con echarse y cerrar los ojos. Por otro lado, lo practicamos cada día—o cada noche—de nuestras vidas. Entonces, ¿por qué a algunas personas les cuesta tanto dormir? ¿Por qué el sueño no resulta satisfactorio para mucha gente? La respuesta es que dormir ni es una tarea tan sencilla como pueda parecer, ni la practicamos tan bien como creemos.

Lo único que sabemos de nuestro propio sueño, en la mayoría de los casos, es que transcurre entre quedarnos dormidos y despertarnos. Es fácil concluir, por tanto, que dormir consiste en “apagar” el cerebro, o dejarlo en modo reposo, hasta que suene el despertador a la mañana siguiente.

Pero en realidad, todo lo que se sabe acerca del sueño indica que se trata de un proceso muy complejo en el que el cerebro está trabajando activamente. Por ejemplo, se sabe que, durante el sueño, el cerebro sigue recibiendo información del entorno, y que incluso se planifican movimientos. Pero en la mayoría de los casos, durante el sueño, esta actividad se ve contenida, y no se percibe conscientemente esa información, y no se ejecutan los movimientos. Se sabe también que, en algunas fases del sueño, especialmente la fase REM o de movimientos oculares rápidos, la actividad del cerebro puede llegar a ser mayor que durante la vigilia.

Se sabe también, que la vigilia y el sueño están íntimamente conectados. Al fin y al cabo, despierto o dormido, nuestro cerebro es el mismo. Lo que le pasa despierto le afecta dormido, y lo que le pasa dormido le afecta despierto. La relación entre nuestra vida diurna y nocturna es, por lo tanto, muy estrecha: Los problemas durante el día se pueden manifestar de noche en forma de alteraciones del sueño. Y las alteraciones del sueño se pueden manifestar de día, causando fatiga, somnolencia, dificultades para concentrarse, irritabilidad, etc.

El sueño humano tiene lugar por fases. La primera fase es la del sueño ligero, y puede durar entre unos 30 segundos y unos 7 minutos. En ocasiones hay despertares ocasionales y contracciones musculares involuntarias, a veces acompañadas de algún tipo de imagen. Si alguna vez nos hemos despertado de un sobresalto para darnos cuenta de que nos quedábamos dormidos en la silla durante la sobremesa después de comer, ¡o en clase!, estábamos en la fase 1 del sueño. La segunda fase se considera el inicio del sueño real, y en ella los músculos del cuerpo se relajan, y la actividad del cerebro se ralentiza, aunque sigue siendo muy sensible a los estímulos del entorno y del propio cuerpo. La tercera fase es similar a la anterior, pero los músculos se relajan más, y la actividad del cerebro se hace más lenta y menos sensible a los estímulos. La cuarta fase es la más profunda del sueño, y junto con la fase 3, constituye lo que se denomina el sueño de ondas lentas, característica de la actividad del cerebro en estas fases. El sueño de ondas lentas suele aparecer por primera vez entre 30 y 45 minutos después del comienzo del sueño, y puede durar hasta 1 hora. En la fase de sueño REM vuelve a aparecer una actividad cerebral elevada, los ojos se mueven rápidamente horizontal u oblicuamente, se producen breves contracciones de los músculos faciales y de las extremidades, y se da la actividad onírica, los sueños. Durante la noche, nuestro sueño pasa por varios ciclos que combinan fases no REM y una REM. Cada una de estas fases suele durar cerca de 90 minutos.

Durante toda la noche, nuestro cerebro trabaja duro para coordinar todos los cambios por los que pasa nuestro cuerpo durante esas fases del sueño: cambios en la respiración, tono muscular, actividad cardiovascular, regulación de la temperatura, secreción de hormonas, actividad gastrointestinal, renal, sistema inmunitario, y otros. Además de todo esto, durante el sueño, el cerebro trabaja para reponer sus recursos energéticos, para regenerarse, para consolidar aprendizajes y experiencias que hemos tenido a lo largo del día, y, durante la infancia temprana, durante el sueño se llevan a cabo operaciones que son fundamentales para el desarrollo del cerebro. El cerebro nunca descansa. Durante el día, nos mantiene despiertos y activos. Y durante la noche, se afana en multitud de operaciones que permiten que al día siguiente podamos estar de nuevo despiertos y activos. No se es vago y holgazán por mucho dormir. Todo lo contrario: se está trabajado intensamente, sólo que el que nos mira no lo aprecia.

«Antes de dormir, lee algo exquisito y que valga la pena recordar»

Erasmo de Rotterdam

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