EL ORIGEN DE LAS EMOCIONES

Es muy común creer que las emociones son respuestas a situaciones o eventos que suceden en nuestras vidas. Creemos que las emociones positivas tienen su causa en situaciones o eventos positivos, y que las emociones negativas tienen su causa en situaciones o eventos negativos. Creemos, por ejemplo, que Miguel está feliz porque su pareja le ha preparado una cena sorpresa por su cumpleaños, o creemos que Núria está enojada porque ha perdido un cliente.

Una de las lecciones más importantes de la psicología es que esta idea común es falsa. Es fácil ver por qué es falsa. Si las emociones fueran respuestas a eventos externos, responderíamos siempre de la misma manera a los mismos eventos. Pero sabemos que esto no es así: personas distintas se emocionan de manera diferente en las mismas situaciones. Incluso una misma persona puede emocionarse de manera diferente ante la misma situación. Lo que enoja a Núria seguramente no sea lo mismo que enoja a Miguel, y lo que hace feliz a Miguel seguramente no sea lo mismo que hace feliz a Núria. Y quizás lo que hoy enoja a Núria, en un futuro no lo haga.

¿Por qué las personas nos emocionamos de manera distinta ante las mismas situaciones? Porque la causa de las emociones no está en los eventos externos; está en los eventos internos, concretamente en la interpretación que hacemos de ellos. Las emociones son la resonancia en nuestro cuerpo de nuestra manera de interpretar o valorar algo. La felicidad de Miguel tiene su origen en su interpretación positiva de la cena sorpresa, y el enojo de Núria en su interpretación negativa de la pérdida del cliente. Para Miguel, la cena no es sólo una cena. Significa que le importa a su pareja, significa que, aunque lleven 12 años de relación, la siguen alimentando con pequeños detalles, significa un gesto de aprecio, de amor. Para Núria, la pérdida del cliente no es sólo un cliente menos. Para ella significa un ingreso menos a final de mes, un reto no alcanzado, o quizás un problema con su superior.

Es necesario despojarse de la ilusión de que percibimos las cosas como son. Nuestra experiencia del mundo no es un fiel reflejo de la realidad; es producto de la función más básica de nuestro cerebro, que es darle sentido a la realidad. Al darle sentido, convertimos el mundo objetivo en experiencia subjetiva: lo interpretamos, lo valoramos. Y lo interpretamos y valoramos de manera única, diferente a como lo hacen los demás, diferente a como lo hicimos en otras ocasiones. Somos agentes creadores de nuestra experiencia de la realidad, somos agentes creadores de nuestras propias emociones.

Que creemos nuestras emociones de manera automática y sin darnos cuenta, no significa que no esté bajo nuestro control. Cuando escribimos un mensaje de texto parece que nuestros dedos van solos a las letras correctas, y al conducir coordinamos nuestras manos y pies sin supervisión consciente, pero en estos casos está claro que somos nosotros que controlamos todo el proceso. Sucede lo mismo con las emociones: aunque no nos demos cuenta, creamos cada emoción que sentimos. Hemos creado cada amor que hemos sentido, cada gratitud, cada enojo, cada tristeza, cada esperanza y cada ilusión. A lo largo de nuestras vidas hemos ido forjando hábitos de interpretación y valoración. Nos hemos ido habituando a interpretar y valorar nuestra realidad de ciertas maneras. Hay quien se ha habituado a ver su mundo desde la carencia: falta dinero, o trabajo, o compañía, o diversión, o amor. Estas personas se preocupan, se sienten solas, aburridas, o tristes. Y hay quien se ha habituado a ver su mundo desde la abundancia: hay dinero, hay trabajo, hay amor. Estas personas, incluso ante las mismas situaciones, se sienten tranquilas, ilusionadas, afortunadas, acompañadas. Lo bueno de los hábitos es que se pueden cambiar. Es posible cultivar los buenos hábitos emocionales.

Frase: “ No nos corresponde a nosotros decidir qué tiempo vivir, sólo podemos elegir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado ” · J. R. R. Tolkien

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“Las uvas de la ira” · John Steinbeck

Sobre el telón de fondo de los Estados Unidos de la década de los 30, Steinbeck narra las dificultades por las que pasa la familia Joad, en su camino desde Oklahoma hasta California. La importancia de ensalzar los valores de la justicia y la dignidad humana frente a los actuales movimientos migratorios en Europa y América, hace que su lectura sea más necesaria que nunca.

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