DRAGONES BAJO LA ALFOMBRA

Jordan Peterson en su libro “12 reglas para vivir: un antídoto al caos”, menciona el cuento de Jack Kent “los dragones no existen”. Trata de un niño “Billy Bixbee, que una mañana se encuentra un dragón sentado en su cama, tiene mas o menos el tamaño de un gato y es muy amable. Se lo cuenta a su madre, pero ella responde que los dragones no existen. Poco a poco el dragón va creciendo. Se come las tortitas de Billy y crece tanto que llega a ocupar toda la casa. La madre intenta pasar la aspiradora, pero tiene que entrar y salir por las ventanas porque el dragón lo llena todo. Y un día el dragón se escapa con la casa encima. Cuando llega el papa de Billy, no encuentra la casa en su sitio, y el cartero le dice donde está ahora la casa, entonces va a buscarla y cuando la encuentra, trepa por la cabeza y el cuello del dragón, que ahora se extiende por toda la calle, y allí encuentra a su mujer y su hijo. La madre todavía afirma en que el dragón no existe, pero Billy, que a estas alturas ya está harto, insiste: “Mamá, hay un dragón”. Entonces la criatura empieza a menguar, y al rato se vuelve otra vez del tamaño de un gato. La madre que ahora reconoce la situación, pregunta de forma algo llorosa por qué tuvo que hacerse tan grande. Y Billy responde tranquilamente: “Quizá quería llamar la atención”.

Hasta ahí el cuento. Lo realmente interesante son las reflexiones posteriores de Peterson.

Todos tenemos dragones, que como animales domésticos, nos hacen compañía. Se alimentan de todas aquellas cosas no dichas, las negaciones, las represiones, las mentiras y los disimulos. De todas aquellas situaciones que nos resultan desagradables o conflictivas y metemos bajo la alfombra para no verlas. Los dragones viven en las sombras cotidianas de las miserias que nos ocultamos a nosotros y tratamos de que los demás no vean.

Los dragones son el huracán que se aproxima y en lugar de ponernos a resguardo, nos negamos a ver y continuamos con la excursión. La reacción del capitán de Titanic cuando decide irse a dormir mientras su barco y las más de dos mil personas que lleva a bordo navegan hacia el naufragio y la muerte. Día a día los dragones van creciendo, y de una manera silenciosa van ocupando toda nuestra vida, hasta que un día dan un salto y nos sacan de la tibia zona de confort ,y entonces se manifiestan en forma de crisis.

En las familia donde aparentemente todo es normal, un día explota la noticia de que el hijo adolescente trafica con drogas. En la pareja aparentemente sólida, con hijos ya mayores un día se descubre que una infidelidad  oculta desde hace años. Los socios de una empresa que tantas experiencias han compartido juntos, en algún momento uno hace un desfalco y arruina al otro haciendo que entre en prisión.

¿Cómo no lo vieron antes? La respuesta es sencilla, porque como la mama de Billy, no lo quisieron ver. Nuestra percepción es selectiva. Curiosamente filtramos la información que más nos interesa, de manera que solo recogemos aquella mantenga la coherencia interna de nuestra aparente realidad.  Es decir, percibimos las cosas que confirman nuestras creencias. Vemos lo que queremos ver y escuchamos lo que queremos oír. Cuando todo ha pasado, es muy fácil darnos cuenta de todas las “señales sin importancia aparente” que pasamos por alto. Y entonces somos conscientes de nuestra torpeza y nuestra negación. Pero en ese momento ya es demasiado tarde.

Tener autoestima supone tener la entereza de mirar la vida de frente. De levantar la alfombra y sacar lo que durante años hemos ido metiendo. Ese es el éxito de muchas terapias, que permiten a la persona ir sacando a la luz y hacerse conscientes de todas aquellas cuestiones poco correctas, reprimidas o conflictivas, que sin embargo forman parte de su biografía y su realidad.

Enfrentarse al dragón siempre da miedo o pereza, por eso se evita y se porsterga. Se necesita valor, amor, disciplina e inocencia. Para volver a poner en orden el caos. Y en el momento que le hacemos frente, como en el cuento de Kent, el dragón recupera el tamaño de un gato.

“Para resolver un problema, antes hay que reconocerlo”

Jordan Peterson

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1 Comentario
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    Anónimo
    Publicado a las 15:04h, 25 septiembre Responder

    Exelente mil gracias Dios le bendiga

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