DE NIÑO CONFLICTIVO A ADULTO EXITOSO

Hay niños problemáticos que lo son por inadaptados y desajustados, que se nos muestran conflictivos porque aún no saben ser mejores de lo que son en ese momento. Lo hacen lo mejor que saben pero eso no es suficiente aún. Y demasiadas veces su incapacidad choca con la impaciencia y rigidez de sus educadores. Son niños a contracorriente, que al adulto le parecen retadores y destructores. Son niños que invitan al castigo o peor, a la rendición ante su futuro. Son habituales de la mano dura, cuando nadie ha triunfado gracias a la mano dura sino más bien a pesar de ella. Cuántos niños eligen malos caminos porque no se sienten merecedores de los buenos.

A estos niños problemáticos se les educa con las dos manos, una mano firme y otra mano cariñosa. Cuándo usar cada mano es más un arte que una ciencia, y el educador que domina dicho arte vale su peso en oro. Es ese educador que los niños más adelante recordarán como aquel que marcó la diferencia en su vida. Aquel que apostó por ellos cuando aún ellos no apostaban por sí mismos. Que supo ver en ellos todo aquello que podrían llegar a ser cuando los demás solo veían lo que eran en ese momento… y no era precisamente su mejor momento.

Con la mano firme, se les enseña autocontrol, a aceptar los límites no para autolimitarse sino para serenarse y atinar mejor en los objetivos que persigan. Firmeza para organizar y ajustar, nunca para domar y castrar. Con la mano cariñosa se les enseña a quererse a sí mismos, a mostrarse seguros ante sus errores y pacientes ante sus urgencias. El primer ladrillo de la autoestima de un niño conflictivo suele ser prestado, se lo otorga un educador que cree en él. Ese educador solo puede prestar lo que ya tiene, su propia autoestima. Es su compromiso como adulto ya exitoso ante un futuro adulto triunfante.

Frase: “Educar a un niño no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía” · John Ruskin

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RECOMENDACIÓN:

“Cajal” · José Ramón Alonso Peña y Juan Andrés de Carlos Segovia

Santiago Ramón y Cajal es un hombre excepcional. Su vida se extiende desde la segunda mitad del siglo XIX hasta las puertas de la Guerra Civil y participa en algunos de los momentos clave de la época, como son las guerras carlistas, la pérdida del imperio colonial, la creación de la Junta para Ampliación de Estudios o el movimiento regeneracionista. Prolífico escritor nos habla, entre otras cosas, del hipnotismo o de la necesidad de la rueda de la ciencia en el carro de la cultura española. De ser un niño travieso, a quien su padre saca del colegio por mal estudiante y pone de aprendiz de zapatero, llega a convertirse en el mejor científico español de todos los tiempos.

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