ADOLESCENTES Y PADRES

Adolescencia es sinónimo de turbulencias, cambios y conflictos.

Seguramente sea la etapa evolutiva más confusa, tormentosa y estresante. Durante la adolescencia se viven a la vez y en un periodo de tiempo relativamente corto, cambios biológicos, psicológicos, académicos, sexuales y sociales. Pocas veces a lo largo de la vida se darán tantos factores de cambio a la vez.

Hablar de adolescencia es también hablar de desordenes hormonales que alteran y descontrolan las emociones, de nuevos deseos y comportamientos sexuales o de reacciones y conductas bruscas, iracundas y desmedidas cuando las cosas no son como el adolescente quiere. Algunos tienen urgencia por dejar cuanto antes la infancia atrás, otros se agarraran a ella casi de una forma nostálgica, y al margen de los cambios que se van produciendo en la propia anatomía, el adolescente buscará una nueva identidad en el grupo de pertenencia, se vestirá con ropa diferente, se planteará los piercing o hacerse algún tatuaje. Es la manera de ser distinto a los de casa para ser igual que los de “mi tribu”, por eso y para eso además de la indumentaria cambiará hábitos, costumbres, maneras de hablar y gustos. En muchos casos supone un cambio radical en las amistades de toda la vida, aparecen nuevos planteamientos en cuanto a los estudios o al plan de vida, los primeros coqueteos con las drogas o el alcohol, la posibilidad de perderse en el ciberespacio y rebeliones más o menos frontales que cuestionan reglas, normas y autoridad, como una manera de afirmación personal y compensar la inseguridad de fondo.

La adolescencia siempre se juega en equipo. Y la otra parte del equipo la forman los padres del adolescente. Son dos componentes que siempre van juntos, hay que analizar y entender juntos y con los que hay que trabajar al mismo tiempo. Primero porque los frutos que se recogen en la adolescencia son el resultado de las semillas plantadas en la infancia. En segundo lugar porque la adolescencia de nuestros hijos actualiza nuestra propia y lejana adolescencia con las angustias, dudas e inseguridades no resueltas. Y en tercer lugar porque la esencia evolutiva de la adolescencia no es otra que el germen del relevo generacional, el adolescente se convierte en el mensajero que anuncia el comienzo del fin de la generación precedente. Esa y no otra, es la razón por la que los mayores invariablemente siempre desconfían de los nuevos jóvenes.

El adolescente cuestiona un sistema de vida, aunque no tenga alternativa válida más allá de sus apetencias e impulsos. Y hace los primeros ensayos en casa, en la propia familia, junto y contra los padres. Como consecuencia, la otra parte del equipo, los padres, se encuentran desconcertados, algunos indignados otros asustados, y todos sin recursos operativos para entender, resolver y gestionar la nueva situación familiar.

Por eso no solo el adolescente necesita información y ayuda, los padres necesitan tanta o más que el hijo o la hija. Porque todos están en el mismo barco y tienen que aceptar los cambios irreversibles que se están produciendo y evitar posturas enfrentadas que desgasten la relación o que la deterioren para siempre.

Afortunadamente en la actualidad existen nuevas formulas de abordar todos estos cambios juntos en vez de hacerlo frente a frente o unos contra otros. Hay sistemas que permiten trabajar la autoestima de padres e hijos para hacer que la relación familiar salga más fortalecida tras esta etapa. Hay talleres para gestionar los conflictos, cursos para aprender otras formas de comunicación y motivación. Grupos de trabajo en el que padres e hijos aprenden a conocerse, respetarse, aceptarse y quererse más y de una forma más auténtica.

La adolescencia es una tormenta que antes o después terminará pasando, pero cuanto mejor preparado estés, menos secuelas dejará y más disfrutarás de la luminosa juventud. 

FRASE: ”Los viejos desconfían de la juventud porque han sido jóvenes” William Shakespeare

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