Hace tiempo que llegó la hora de irte de donde has estado, de donde has disfrutado, de donde has crecido, de donde has aprendido, de donde has amado, de donde has trabajado. Se ha cumplido un ciclo y lo sabes. Las señales empezaron débiles y dispersas para tornarse en rotundas y constantes. Y no eres tonto, ni estás ciego o sordo. Estás forzando la situación porque te resistes a irte. Niegas el hecho de que todo tiene un inicio y un final, te cuesta aceptar el desenlace y dejar marchar lo que ya no da para más. En donde estás ahora sientes demasiado aburrimiento, ya no hay curiosidad ni motivación por seguir creciendo. Es todo más de lo mismo y siempre lo mismo y otra vez lo mismo y una vez más lo mismo. Lo que en otro tiempo fue un reto ahora es automatismo. Tic, tac, tic, tac, tic, tac. Y no eres un robot. La búsqueda es un inicio, te insta a partir a territorios nuevos y te hace sentir vivo. En donde estás ahora...

¿Quién quiere una bola de cristal? ¿Quién quiere ver el futuro? Y la pregunta más importante, ¿para qué quiere verlo? Hay quien quiere adelantarse a lo desconocido, saber lo que va a pasar para controlarlo y modificarlo. Está obsesionado con el control y que no le pase nada malo nunca. Se obsesiona con el futuro y le genera infelicidad. Decía Einstein que un hombre feliz está demasiado satisfecho con el presente como para obsesionarse con el futuro. Hay quien ya osa adelantarse al futuro rumiando habitualmente qué le puede llegar a pasar. Es un “¿y si….?” repetido continuamente que genera desesperación. En el fondo desconfía de sí mismo, no de su futuro, que siempre le traerá cosas buenas y malas. Desconfía de su capacidad de enfrentarse al futuro con sus herramientas emocionales presentes. Hay quien quiere ver el futuro para asegurarse que sus sueños se cumplen, que las esperanzas y deseos que ha colocado en el futuro acabarán convirtiéndose en una realidad. Que los sacrificios que realizó en el pasado serán recompensados en el futuro. Que...