Vivimos en la época de superar límites. Los propios, los ajenos, los imbatibles y los impensables. Está de moda ponerse retos, atreverse a lo nunca pensado, ir más allá de uno mismo, de las propias creencias, de los propios comportamientos, más allá de nuestros sentimientos y emociones. Se fomenta vivir a tope, experimentarlo todo, sobrepasar las áreas de nuestra comodidad y comprobar hasta dónde podemos llegar. Hay un límite, sin embargo, que es infranqueable, más allá del cual todo se vuelve “demasiado”: demasiado oscuro, demasiado difícil, demasiado doloroso. Ese límite es el que N. Branden definió hace ya varias décadas como “el respeto a sí mismo”, la singular consciencia de la propia dignidad, la sabiduría interna de sentirse merecedor de lo bueno: la autoestima. No hay límite para nuestra capacidad de hacer, de aprender, de progresar. Sí lo hay para nuestra capacidad de darnos. Podemos entregarnos en cuerpo y alma a un proyecto profesional, a una relación amorosa o al cuidado de nuestros hijos, pero hay algo que no podemos entregar. No podemos ceder a nadie la...

Casi todos nos sentimos tentados a aplazar nuestras decisiones haciéndolas coincidir con una fecha significativa. Elegimos el primer día del año, el inicio del curso escolar, el día de nuestro cumpleaños o el de nuestro divorcio. Fijar una fecha para comenzar una nueva actividad es, no obstante, muy útil, pues nos permite un tiempo para que nuestra mente pueda asimilar el cambio que nos proponemos. Además, nos marca una cita ineludible con nosotros mismos. Es relativamente fácil fijarse unos objetivos cuando aún no los sentimos como una novedad inminente en nuestra vida, y eso nos permite evaluar con mayor perspectiva y precisión nuestra capacidad y nuestro foco de interés. Nos proporciona el necesario distanciamiento de nuestra realidad más próxima para imaginar la realidad que queremos construir en el futuro. Si nuestro propósito ha sido bien meditado y nos hemos tomado el tiempo suficiente para elaborar un plan, lo más seguro es que el día de la fecha tope nos pongamos en marcha con una energía renovadora, aprovechando el momento como una auténtica oportunidad para crecer, incrementando también...

Vivimos épocas de excesos: exceso de información, de noticias, de datos, de opciones. Nunca fue tan fácil encontrar tanto de todo y tan rápido. Jamás el ser humano tuvo al alcance de sus dígitos todo un universo (virtual o no, es irrelevante) en tiempo real. Nos hemos acostumbrado demasiado pronto a las lámparas maravillosas que nos convierten en sabios, aventureros o famosos con solo un toque de click. ¿Eres capaz de recordar cuando leíamos línea a línea las páginas de un libro, y había que leer muchos antes de poder considerarse experto en una materia? ¿Qué queda de la aventura de alcanzar sitios remotos sin que nadie te haya recomendado antes el destino, sin conocer las valoraciones del hotel en el que te alojarás? ¿Qué significa la popularidad: una cuenta con quinientos amigos, un millón de descargas, mil seguidores para un tema de tendencia? Nuestra sociedad de lo inmediato, fácil y sin esfuerzo, es la herencia minimalista del “usar y tirar” de décadas pasadas. Ni siquiera es necesario hacer “uso” de ninguno de los objetos, bienes o...

Persistir o renunciar. Es el dilema que se nos plantea cuando el tiempo, esfuerzo o dinero sobrepasa el objetivo inicialmente proyectado. Es lo que sucede cuando los planes no se ajustan a las previsiones, cuando nuestro negocio no produce beneficios durante demasiado tiempo, o cuando a pesar de dedicar horas y atención al estudio no conseguimos superar el aprobado; o incluso cuando, tras años de convivencia con nuestra pareja, nos planteamos si compensa seguir “intentándolo”. Son momentos de angustia e indecisión. Por un lado, pensamos que abandonar justo en ese momento es desperdiciar toda la inversión anterior. A nuestra memoria acude la ilusión con la que iniciamos el proyecto, las ganas y la pasión con que iniciamos nuestros estudios, nuestra empresa o nuestra relación de pareja. Recordamos las horas que hemos dedicado a que todo funcionara bien, el trabajo que nos ha costado lograr lo que tenemos, el dinero que hemos destinado a hacer realidad nuestro sueño. Nos apegamos a ello como si aún lo tuviéramos entre nuestras manos, como si ese tiempo, dinero o trabajo...

Por nuestra condición de seres sociales, más tarde o más temprano nos toparemos con la crítica de los demás. En algún momento habrá alguien que se sienta con el derecho, y hasta con la obligación, de darnos su opinión sobre nuestra conducta, nuestras ideas, o nuestros sentimientos. En principio, una opinión ajena no tiene por qué ser dañina para nosotros o nuestra autoestima. Es más, conocer el punto de vista de otras personas puede aportarnos una nueva visión y enriquecer nuestra forma de ver la vida. Muchas veces esas opiniones son emitidas con un juicio de valor implícito, y con una intención tácita de redirigir nuestro comportamiento. En suma, el problema deriva de considerar esa opinión como un modelo imitable hacia el que hemos de conducir nuestras acciones o nuestros pensamientos. Pero, por muy demoledora que llegue a ser, la crítica no procede de quien la emite, sino de quien la percibe. En realidad, importa poco que la crítica se haga en buenos o malos términos, ya que su capacidad lesiva reside en la falta de...

El trabajo es ese sitio en el que pasamos tantas horas. En el que hacemos amigos y enemigos. Un lugar donde socializamos y donde nos enemistamos. Donde encontramos a veces nuestra vocación y nuestra razón de ser. Otras veces se convierte en un lugar tortuoso al que acudimos únicamente por la recompensa monetaria que nos proporciona. Muchas veces ni siquiera todo el oro del mundo puede hacer que encontremos la felicidad o algo parecido en las largas horas que pasamos allí. Sea como fuere, el trabajo es fuente de placer o malestar y se convierte en un área importantísima de nuestras vidas, hasta el punto de que puede llegar a interferir con las demás. Incluso puede superponerse y hacernos olvidar que hay algo más después de la jornada laboral. Si sientes que el trabajo te impide relacionarte sanamente con otras personas, o que las horas que le dedicas no te compensa la falta de tiempo, o que incluso el dinero que ganas no sirve de contrapeso a tu esfuerzo, tal vez necesitas replantearte tu relación con...

Puede que tengas una vida agradable, una vida cómoda o una vida que no te gusta. Seguramente en algún momento te has planteado mejorarla, lo habrás logrado, o habrás desistido del intento. Quizás te has acostumbrado a hacer lo de siempre y ni siquiera esperas otros resultados. A lo mejor te conformas con realizar tu trabajo, cumplir con tus responsabilidades y tener algunos ratos de ocio. Vas viviendo. De repente algo imprevisto sucede: nace un hijo, muere alguien cercano, te quedas sin trabajo, te diagnostican un tumor, te salta el airbag del coche al estrellarte, se inunda tu vivienda o te quedas colgando en el vacío mientras practicas puenting. Al principio no eres capaz de valorar lo que te pasa, y te da la sensación de que tu vida se ralentiza, todo comienza a suceder a cámara lenta, y grabas en tu mente cada segundo de la experiencia. Después, el miedo te mira de frente, y lo que ves te asusta tanto que te quedas paralizado. No quieres enfrentarte a eso, no quieres estar ahí, no quieres...

La inspiración la entendían los griegos como un estado de gracia concedido por las musas. Una especie de rapto psíquico durante el cual el afortunado entraba en contacto con la fuente del conocimiento universal. Como prueba de semejante viaje espiritual, el elegido ofrecía a los humanos una obra de genuina belleza, auténtica genialidad y, en adelante, veta sagrada y modelo de referencia para el común de los mortales. El inspirado se convertía en un gran creador de realidades para sus congéneres, se transformaba en un guía para su comunidad. La inspiración tiene, por lo tanto, dos componentes. Uno de ellos es la capacidad para acceder a ideas o pensamientos poco habituales. En este sentido, se trata de intuir realidades que están más allá de las expectativas corrientes, tener la habilidad de ver con claridad qué sucede en el momento presente y cómo eso afecta al entorno. En definitiva, comprender el potencial de un concepto y ser capaz de trasladarlo a la práctica. Es, en gran parte, lo que la psicología moderna denomina “visión”. Por ejemplo, es lo...

Como actores en paro que se resisten a aceptar su suerte, todos actuamos para un público imaginario. Se trata de aquellas conductas que realizamos “por el qué dirán”, los comportamientos o hábitos que mantenemos porque “siempre ha sido así”, o todas las ideas preconcebidas y razones múltiples con que justificamos muchos de nuestros actos. Cuando nos detenemos a reflexionar, incluso somos capaces de darnos cuenta de que no es eso lo que nosotros queremos, que no es así como nos comportaríamos si nos sintiésemos libres para elegir. Aún así, nos mantenemos fieles a nuestro programa operativo, esa especie de app instalada no sabemos cuándo, pero que nos redirige continuamente a las mismas prácticas. No existe un mismo público para todos. Por más que las personas que comparten con nosotros el planeta tengan cada una su nombre y apellidos, no representan las mismas figuras para cada uno de nosotros. Incluso aunque esas personas sean de carne y hueso, no es en concreto para ninguna de ellas para quienes “actuamos”, sino para la idea que de ellas hemos...

Si hay una relación que nos marca con intensidad, es la que mantenemos con nuestras madres. De alguna forma, son nuestro primer recipiente corpóreo, nuestra primera experiencia con la materia. Nuestras mentes, nuestras ideas y pensamientos comienzan a formarse dentro de su propio cuerpo. Recibimos de ellas, a través de las intrincadas vías neuro-hormonales, todas sus vivencias, sus emociones más profundas, sus alegrías y sus ansiedades. En el cobijo de su útero, bebemos un singular cóctel emocional cuyo sabor paladearemos quizás años después. Fuera de ellas, las echamos de menos si por segundos su piel se aleja de la nuestra, y buscamos su alimento y su calor, difíciles de sustituir. Hasta ese momento, somos apenas ovillos de instinto, cachorrillos incapacitados para la supervivencia, pues nos falta la herramienta más valiosa con que el ser humano ha sido dotado: la mente. La mente es, en ese sentido, como el traje que nos ayuda a defendernos del mundo. La mente es todo un sistema de conocimientos, actitudes, recursos y estrategias orientados a procurar ni más ni menos que...