nada

28.10.08

Aceptación

La ciudad del sufrimiento está construida sobre los cimientos de lo no aceptado. Tiene amplias avenidas por donde circula la queja y la indecisión. Altos y sólidos edificios habitados por la crítica, el miedo, la culpa y la vergüenza.

Cuando alguien sufre se que se resiste a aceptar algo. Normalmente algo que tiene que cambiar.

Branden, uno de los primero autores que llegó a mis manos cuando empecé a interesarme por la autoestima, habla de la aceptación como uno de los ingredientes imprescindibles en la receta de la autoestima. En su libro "Como mejorar su autoestima" (1987), aclara que "aceptar no significa necesariamente gustar. Aceptar, no significa que no podamos imaginar o desear cambios o mejoras. Significa experimentar sin negación ni rechazo que un hecho es un hecho". Deja muy claro que aceptarse no es gustarse, aceptarse es "parar la guerra con uno mismo".

"Parar la guerra con uno mismo". Merece la pena repetirlo varias veces, lentamente: "parar la guerra con uno mismo". Las luchas más encarnizadas y sangrientas, las más crueles e inútiles, siempre son contra uno mismo. Nadie mejor que tú sabe donde te duele más. Cuando entiendes que el sufrimiento es el resultado de esa guerra sorda e interna, muchas veces inconsciente, empiezas a firmar tu particular tratado de paz.

Aceptación no es sinónimo de resignación. La aceptación guarda relación con la comprensión, con asumir la propia responsabilidad y es el arranque del cambio. Aceptar es dejar de confundir lo que me pasa con lo que siento. Resignación, a mí me suena más a aguantarse, a quedarse atascado y no cambiar, a sufrimiento inútil, a "no hay salida". En realidad son dos formas de abordar la realidad, muy diferentes.

Cada "debería" es también una falta de aceptación.

La aceptación es el comienzo, no el final. El el primer paso que te saca de la resistencia contra lo que "deberían" ser las cosas (o tú mismo) y te devuelve la responsabilidad y el poder del "¿Qué vas a hacer?". La aceptación detiene la lucha agotadora y estéril de las quejas y las críticas.

La aceptación es el antídoto de la vergüenza, y la culpa. Te coloca en el momento presente. En un "bueno, tal vez esto no es lo mejor... pero es lo que hay para empezar, lo que ocurre en este momento... ¿Qué puedo hacer yo para empezar a cambiar las cosas?". Es un planteamiento mucho más sano y constructivo que criticarte o quejarte y no aceptar lo que eres o lo que te pasa. Cuando aceptas, empiezas a desbloquearte, empiezas a buscar alternativas, a reconocer y poner en marca todo tu poder de cambio. Cuando aceptas, paras tu lucha personal y empiezas a construir otra realidad.



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20.10.08

Coherencia

Hay personas que viven "a medias". Las decisiones las toman a medias, en las relaciones están a medias, los tratamientos médicos los siguen a medias o los trabajos los hacen a medias. Todos sus proyectos son a medias. Tomar una decisión firme o una postura definitiva les cuesta y sienten que les coloca entre la espada y la pared.

Vivir a medias es como respirar a medias o dormir a medias. Termina por faltarnos el aire y siempre estamos cansados. Vivir a medias, al final se traduce en malestar, sufrimiento y enfermedad. Por eso las personas que viven a medias se quejan y sienten miedo y angustia. La neurosis se establece en esa zona intermedia donde las cosas son y no son al mismo tiempo. Para estas personas, nada termina definitivamente y nada termina por comenzar. Tienden a ser complacientes y tanto los compromisos como las decisiones no les gustan ya que les obligan a colocarse en una posición concreta y clara. Es en la indeterminación donde encuentran la seguridad tibia, infantil e imaginaria de la indefinición y la ambigüedad. No aceptan que en esta realidad espacio-tiempo, elegir es renunciar.

La coherencia es una de las claves de la autoestima. En realidad, no hay autoestima sin coherencia. Entre otras cosas porque tampoco existe autoestima a medias. Cuando alguna persona en algún curso o conferencia me pregunta "¿no es malo tener tanta autoestima?" sé que no me he explicado claramente. La autoestima es el equivalente psicológico a la salud en medicina. ¿Alguien se pregunta si es malo tener demasiada salud? Yo nunca he escuchado esa pregunta. Con la misma certeza que sabemos que una salud a medias es sinónimo de patología y enfermedad. Quererse solo un poco o quererse a medias es indicador de una autoestima deficiente. Uno se quiere o no se quiere, pero no se quiere a medias.

La coherencia no admite la indefinición. O estamos o no estamos, pero no estamos a medias. Nos lleva a hacer apuestas y compromisos reales y consecuentes. No admite las apuestas con dinero de mentira.

La coherencia nos obliga a alinear pensamientos, emociones y acciones. Soy coherente cuando hago lo que pienso y me siento bien haciéndolo.

La coherencia casi nunca es complaciente, incluso puede resultar socialmente incomoda. Pero siempre inspira el respeto propio y de los demás. El comportamiento coherente siempre se puede explicar sin temblores en la voz y manteniendo la mirada. Seguramente nada produce una seguridad tan sólida como hacer lo que sabemos y sentimos que tenemos que hacer.

Incluso cuando las acciones coherentes no dan los resultados esperados, alimentan la confianza y la autoestima, porque nos alejan del miedo y nos devuelven el poder y el valor de vivir nuestra vida, la única que realmente podemos vivir.

El vídeo es el final de la película "El club de los poetas muertos". Siempre me emociona la coherencia de esos chicos, la apuesta y el riesgo asumidos. La coherencia es otra puerta a la libertad. Si no has visto la película, tal vez no lo entiendas muy bien, pero en este caso tienes una oportunidad maravillosa de disfrutar viéndola.






Si no puedes ver el vídeo actualiza tu lector de películas flash desde este enlace:
http://www.adobe.com/shockwave/download/download.cgi?P1_Prod_Version=ShockwaveFlash&Lang=Spanish

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13.10.08

Amistad

Esta es la historia de dos chicos y un león. Ellos son John Rendall y Ace Berg. Ellos, australianos. El león, africano.

Al final de los sesenta, en 1969 concretamente, encontraron a la venta un cachorro de león en Harrods. Estaba en una pequeña jaula. Eran otros tiempos, y supongo que por eso se podían comprar cachorros de león con relativa facilidad. El caso es que decidieron llevárselo a casa. Al león le llamaron Christian.

Parece que tenían buena relación con el cura local. Ya que éste les cedió parte de los terrenos de la iglesia y así Christian tenía más espacio para crecer y jugar. Y ya lo creo que creció y jugó. En el vídeo se le ve feliz, divertido y jugando con ellos. Un año después se hizo demasiado grande para estar allí. Pensaron que lo mejor era devolverlo a África. Hicieron los trámites correspondientes y acompañaron al Christian hasta Kenia. En el vídeo se ve perfectamente hasta la despedida.

Era 1971, los chicos lo echaban de menos y quisieron visitarlo. Los expertos les advirtieron que el león había comenzado una nueva vida, que ahora tenía otro territorio, que vivía una vida salvaje y que había pasado un año. En definitiva les dijeron que lo más probable es que el león ya no les reconociera y que el encuentro podría ser una idea peligrosa. A pesar de las recomendaciones ellos quisieron ir. Ellos sí conocían a su león y estaban más seguros que los expertos.

Después de buscarlo un tiempo lo encontraron. Bueno, en realidad se encontraron los tres. Y esa es la parte más emotiva de la historia que se ve en el vídeo. El reencuentro.

Me gusta esta historia porque es habla del amor y de la amistad. Y en toda historia de amistad hay un punto de separación y de reencuentro. La amistad que no ha pasado esa prueba de la separación, no es una amistad segura. Hay de perderlo todo para saber lo que queda. Ahí también radica el desapego y la gratitud.

Me gusta también porque transmite la vitalidad y la inocencia que sólo los animales y los niños muy pequeños pueden transmitir. La inocencia que perdemos con la adquisición del lenguaje. Esa entrega emocional sin dobleces, sin ambivalencias.

Y por ultimo me gusta porque tiene un final feliz. Porque encuentra soluciones diferentes. Porque se afrentan retos y se asumen riesgos. Porque es una historia valiente de personas valientes. Y porque deja claro que el amor es el motor de este universo.

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6.10.08

Lo normal

Lo que llamamos “lo normal” es sólo una fantasía. Lo normal sólo existe en nuestras cabezas. Y lo hemos construido para sentirnos seguros. Porque si “lo que nos pasa es lo normal”, respiramos más tranquilos.

Lo normal es un producto imaginario, una referencia estadística, un constructo social. ¿Qué es lo normal? Lo normal es una palabra vacía que no dice nada. Lo que para mi abuela era normal, para nosotros es una reliquia desactualizada. Lo que para unas culturas es normal, para otras es una perversión. Pero necesitamos lo normal.

Lo normal lo hemos construido desde que éramos pequeños con las creencias, las costumbres, los hábitos, las reglas del juego que hemos vivido día a día. Lo normal lo consensuamos en la adolescencia identificándonos con nuestro grupo de referencia y siguiendo modas que nos hacían parecer iguales aunque no las entendiéramos o no nos gustaran; hasta que nos acostumbramos a ellas y se hicieron normales. Lo que en una casa era lo normal, en la otra era una excepción. Lo normal lo transmitimos a nuestros hijos como nos fue transmitido a nosotros. Les pasamos el relevo de lo normal y nos sentimos mucho más tranquilos.

Lo normal, se marca con los límites de lo predecible, lo habitual, lo conocido, lo frecuente, lo de siempre y lo que hace todo el mundo. También están dentro de lo normal, los prejuicios y la cultura. Dentro de esos límites está el terreno de lo normal. Y con esos límites construimos nuestro corralito, donde nos sentimos seguros porque sabemos como funcionan las cosas y tranquilos porque todo es conocido y familiar. El corralito de lo normal es necesario en determinados momentos, pero si toda la vida la hacemos dentro del corralito, éste se convierte en una trampa. En un cepo que nos oprime, una jaula que nos mantiene a salvo de vivir.

La vida esta fuera del corralito. Las oportunidades están fuera del corralito. Crecer significa superar los límites del corralito, los límites de lo normal. Fuera está lo incierto, lo misterioso, lo raro, lo infrecuente, lo desconocido, lo excepcional, lo atípico. Y lo de fuera nos pone la carne de gallina o mirada de extrañeza. Fuera sentimos miedo. Es lógico, si con nuestros límites construimos un corralito en el que nos sentimos seguros, fuera tiene que haber algo que nos cree inseguridad, temor, desconfianza y sensación de invalidez o peligro.

Nuestros límites nos aprietan, nos hacen prisioneros. La vida siempre está fuera. Y vivir, significa asumir el riesgo. La vida está fuera de la jaula.

Cada “no puedo” es un límite. Cada “es imposible”, “no valgo”, “no sé” es un límite. Cada “¿qué va a ser de mí?” es un límite. Cada pensamiento victimista, invalidante, culpabilizante o autocompasivo, es un límite. Cada queja y cada crítica denuncian nuestros límites. Y por supuesto, cada miedo es un límite. La vida está más allá de los límites. Y cuando nos demostramos que somos capaces de asumir el riesgo, de creer en nosotros y de confiar en la vida; entonces crecemos.

La libertad está fuera de la zona de confort del corralito. La libertad está al otro lado del miedo. La sensación de plenitud, de conexión con el momento presente, la esperanza y la ilusión, están fuera del corralito. Siempre hay otra forma de vivir, las reglas del juego siempre se pueden reescribir, las costumbres cambiar o inventar otras nuevas. Siempre hay otra manera de hacer las cosas, aunque en este momento no sepamos cual es. Ser proactivo, ser responsable, ser capaz, significa utilizar tu poder para hacer de tu vida un espacio de crecimiento y felicidad. Tú pones el límite.

Cada vez que mueves los límites del corralito creces, cada vez que vas mas allá de tus costumbres creces, cada vez que superas un “no es posible” creces.

Atrévete… la vida está ahí afuera y te está invitando.

En el vídeo vas a conocer a Nick, él ha encontrado “otra manera” fuera de lo normal. Pero lo mejor es verlo con la mente abierta.


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