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25.8.08

Actitudes básicas

La palabra “vivir” con seguridad no tiene el mismo significado para todo el mundo. Esa diferencia en los significados viene marcada por la actitud. La actitud básica es la elección que hacemos a la hora de vivir nuestra vida. Aunque se puede modificar en cualquier momento, suele ser bastante estable desde la adolescencia, salvo que se haga el trabajo de cambiarla. La actitud básica es algo así como el planteamiento: “vivir para mí es…”

Hemos identificado 4 actitudes básicas:

1. Sobrevivir: parece claro que vivir y sobrevivir, son dos posiciones diferentes. En las dos se está vivo, pero cualitativamente hay diferencias. Sobrevivimos a las crisis, a los cambios imprevistos, a las dificultades, a las urgencias. En realidad, sobrevivir es algo básico en el proceso de adaptación. Y sólo tiene sentido como parte de ese proceso. Es decir, cuando la crisis ha pasado y nos hemos adaptado, no tiene sentido seguir manteniendo esa actitud de “naufrago”. Sin embargo, hay personas que mantienen su propio “naufragio simbólico”, se han hecho adictos a la urgencia, a la lucha y la propia adrenalina. “Todo ha de hacerse rápido”, cualquier “esfuerzo siempre es insuficiente”, “el peligro está presente en cualquier parte”, “no se puede bajar la guardia”, hay que “ir con cuidado” y uno “no se puede confiar”… son afirmaciones que denuncian una actitud de supervivencia. Esta actitud se apoya en un sentimiento más o menos consciente de miedo permanente, impreciso y sordo. El esfuerzo compulsivo y el estrés son los otros componentes de esta actitud. El superviviente no tiene tiempo para vivir y ha olvidado disfrutar. Es prisionero de la necesidad de control y cuanto más medidas de control establece, paradójicamente más inseguro se siente. Naufraga en pensamientos de insuficiencia, amenaza, urgencia y lucha. Todos los trastornos de ansiedad denuncian supervivencia.

2. Distraerse: Posiblemente sea la actitud básica más frecuente en las sociedades desarrolladas. La distracción es la perversión de la estabilidad. Encuentra su terreno fértil en el “área de confort”, desde donde cualquier tipo de cambio da pereza ponerlo en marcha. El distraído, no vive… deja que la vida pase. Deja que el tiempo pase, día a día. Está más o menos aburrido, perezoso, acomodado, deprimido, bloqueado, ocupado, tranquilo, estancado… está en ese “más o menos” y espera que la vida pase y que algún día las cosas cambien sin hacer nada para cambiarlas. Si el miedo es el sentimiento de fondo del náufrago, la pereza es lo que mantiene sólidamente anclado al distraído. No está mal, no es ningún naufrago. Es consciente de que no sufre ninguna crisis, es consciente de “todas las cosas buenas que hay en su vida”… pero es incapaz de disfrutarlas. El distraído “no está mal”, pero tampoco “está bien”. Es fácil diferenciar “estar mal” de “estar bien”… pero los distraídos confunden “no estar mal” con “estar bien”. Cualquier cosa sirve para distraerse: el trabajo, la actividad social, internet, la TV, o simplemente el sofá. Todo vale con tal de no abordar la cuestión clave: ¿este es el tipo de vida que quiero tener? El distraído es prisionero de sus costumbres, sus comodidades, su dejadez y su pereza. Y evita tomar decisiones, en realidad tomar decisiones le pone los pelos de punta. Se ha instalado en su cotidianidad y sus hábitos. Está anestesiado en la tibia comodidad de su zona de confort y ve la vida pasar mientras posterga decisiones. En realidad, cada distracción cumple ese papel, evitar decidir, porque decidir es vivir.

3. Destruirse: Cuando vivir se interpreta como un proceso doloroso o vacio de significado, y la anestesia de la distracción ya no es suficiente, es fácil entrar en un proceso de destrucción. En realidad el destructivo busca salir de la realidad que el mismo ha construido a mamporros. Y el mamporro definitivo se lo da él mismo. Hay destrucciones rápidas (un disparo en la sien) y destrucciones lentas (cualquier tipo de adicción). El camino de la destrucción es muy rico y variado: desde el suicidio, las toxicomanías, el sexo inseguro, las relaciones toxicas, las actividades de riesgo, los trastornos de alimentación, la delincuencia, determinadas enfermedades, las adicciones y dependencias o sencillamente el ir machacando la propia vida con hábitos dañinos. Por eso, a los “buscadores de intensidad” la vida les resulta una carga insulsa y pesada. Y encuentran en el “vértigo del riesgo” ese punto entre la vida y la muerte que les conecta con lo real. Cada aproximación al límite es un intento de salir del hastío y de esa vida vacía. También cada aproximación al límite es una oportunidad para cambiar de actitud y optar por vivir o para el abandono definitivo.

4. Vivir: Es algo muy diferente a cualquiera de las otras 3 actitudes básicas. En todos los casos se respira, se come, se tienen relaciones, se va al trabajo o se conduce el coche. Pero vivir tiene connotaciones que también conectan con lo real. Vivir tiene que ver con la conciencia, con darse cuenta de lo que pasa al alrededor, con sentir la vida en cada respiración (no sólo la intensidad del vértigo) con tomar decisiones y asumir riesgos, con disfrutar y amar cada instante de vida. Sobretodo con amar. Vivir es conciencia y amor. Es abrirse a cada situación, aprender de cada experiencia y poner amor en cada acción. Si sobrevivir es miedo y urgencia, distraerse es pereza y confort, y destruirse es intensidad y vértigo, vivir es ser feliz. Así de sencillo: felicidad. La felicidad es el estado natural de nuestro psiquismo, como la salud es el estado natural de nuestro cuerpo. No se es “demasiado” feliz, como no se está “demasiado” sano. La felicidad es el estado emocional que me corresponde. Y como una actitud, no depende de lo que pasa, depende de cómo vivo lo que me pasa. Y cuando dejo de ser feliz sé que estoy dejando de vivir. Vivir es ser consciente de que yo creo mi realidad, que soy responsable de mi tiempo y mis recursos, que todo lo que me sucede es el resultado de mis pensamientos y mis acciones. Vivir es una actitud permanente y no hay “piloto automático”, cada instante es una oportunidad de conciencia y amor, una oportunidad de construir la felicidad.

Lo que hemos comentado es tanto válido para personas como para grupos humanos: empresas, familias, organizaciones… Hay familias que viven en la destrucción, empresas que sobreviven, amigos que se distraen… y también hay empresas, familias y grupos sociales que viven, que se enriquecen, que son creativos y que generan un entorno sano de crecimiento y felicidad. Pero lo de los grupos humano da para otro post.

Yo personalmente no tengo ninguna duda. Para mí sólo hay una actitud válida. Yo, como cada vez más personas, elijo vivir cada momento.



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11.8.08

Actitud

La actitud tiene que ver con las emociones, el “cómo” más que el “qué”, el modo, el estilo y la forma, el talante y la disposición. Tiene que ver con más cosas, estoy seguro. De hecho es el motor de los cambios reales. Sólo la actitud adecuada nos permite llegar a donde queremos, (bueno, la actitud inadecuada también nos permite llegar, pero seguramente a donde no queremos).

La actitud también está muy relacionada con la libertad. En realidad es la última elección. Soy yo quien decido con que actitud me enfrento a los hechos. Viktor Frankl, el psiquiatra austriaco que estuvo prisionero durante tres años en Auschwitz y otros campos de concentración durante la II guerra mundial, se salvó gracias al poder de la actitud. “… La experiencia vivida en un campo de concentración demuestra que el hombre mantiene su capacidad de elección. Los ejemplos son abundantes, algunos heroicos. El hombre puede conservar un reducto de libertad espiritual, de independencia mental, incluso en aquellos crueles estados de tensión psíquica y de indigencia física... al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud que debe adoptar frente al destino, para decidir su propio camino. Y allí siempre se presentaban ocasiones para elegir. A diario, a cada hora, se le ofrecía la oportunidad de tomar una decisión…” (Frankl, V. “El hombre en busca de sentido”). La decisión de ser una victima de la situación, la que sea, en el caso de los campos de concentración significaba el principio del final. O la decisión puede ser aprender y crecer en esa situación, también la que sea, en el caso de los campos de concentración era la posibilidad de seguir vivo.

Como dice Randy Pausch (el del video) “no podemos cambiar las cartas que nos han dado, sólo decidir como jugar con ellas”. Esa decisión es la actitud. Y vale para todo, desde las cosas cotidianas como conducir el coche o abordar las “crisis vitales” del hijo adolescente, hasta enfrentar un diagnostico de enfermedad grave, hacer un cambio rotundo de vida, empezar una nueva relación (o terminar una vieja relación) o afrontar un complejo proyecto profesional. La actitud, no está en el entorno (no está en las cartas), está en la forma de adaptarnos a ese entorno (en la forma de jugar la partida).

La decisión de vivir con una actitud constructiva o victimista no tiene edad. He visto niños “quejicas” y niños con una alta tolerancia a la frustración, “blindados” a situaciones verdaderamente duras. He visto ancianos abandónicos y derrotistas, y otros con vidas muy parecidas (léase con cartas muy parecidas), optimistas, vitales, atrevidos y llenos de ganas de vivir. No tiene que ver con el sexo. Ni con las creencias religiosas. No tiene que ver con la salud física. Ni con el poder adquisitivo. No tiene que ver con la formación o con el tipo de trabajo.

Sí tiene mucha relación con la autoestima. Sencillamente, porque cuando uno se quiere, no desperdicia su momento presente con una actitud victimista, crítica o quejosa. Simplemente, por amor a uno mismo, por amor propio, uno decide vivir esa situación, por dura que sea de la mejor manera posible, y siempre hay una manera. Bastante complejo puede ser el entorno como para además hacerse daño con la actitud.

Por cierto, el vídeo del profesor Randy Pausch, además de ser un ejemplo de actitud constructiva, es su “última lección” en la televisión. Es además un testamento a sus hijos y a quienes quieran escucharle. Falleció el pasado 25 de julio de 2008.

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4.8.08

Talento

Nos guste o no estamos entrando en la “Era del Talento”. Es sólo un momento histórico más, como lo fue la revolución industrial, el descubrimiento de América o la utilización de la imprenta. Lo que tiene de especial para nosotros, lo único realmente especial, es que nos ha tocado vivirla. La era del talento es la era de los resultados excelentes, del éxito, la abundancia, el coaching y los programas de crecimiento personal. Es también la era del estrés, la globalización, la tecnología, los contrastes brutales, la velocidad rabiosa y los cambios continuos. Como siempre que se entra en una nueva era, las reglas de juego cambian y al principio es fácil estar perdido. Los cambios cuando son reales son amplios: las relaciones familiares, en la gestión de la riqueza, en la educación (espero que este sea de los primeros), en el uso del tiempo y en la salud. Pero uno de los cambios más relevante será en el trabajo. Cambiará nuestro concepto del trabajo y la forma de hacerlo. Cambiará radicalmente.
Yo soy de los que pienso que todos tenemos un talento personal. Para unos será levantar edificios, para otros será hacer tartas o tocar el violín. Da igual. Hay algo que sabemos hacer maravillosamente bien, con lo que disfrutamos y nos apasionamos, con lo que somos capaces de despertar la admiración de otras personas, que nos resulta fácil de una forma natural, con lo que se nos pasa el tiempo volando, de lo que queremos saber más y que despierta nuestra curiosidad infantil. En realidad es algo que sigue manteniendo la magia de los juegos, que de alguna forma nos conecta con la infancia y las emociones: nos emociona y emocionamos. Todos tenemos un talento personal. Y no es algo que creo yo solo. Para la cultura hindú tiene un nombre, se llama Ley del dharma (el propósito en la vida) y “… según esta ley, cada uno de nosotros tiene un talento singular y una manera singular de expresarlo. Existe algo que cada uno de nosotros puede hacer mejor que nadie en el mundo; y para cada talento singular y para cada expresión singular de ese talento existen también unas necesidades singulares. Cuando esas necesidades se corresponden con la expresión creativa de nuestro talento, ésa es la chispa que crea abundancia. La expresión de nuestro talento para satisfacer las necesidades crea riqueza y abundancia ilimitadas.” (Deepak Chopra. “Las 7 leyes espirituales del éxito”).
Con relación al talento hay 3 grupos de personas:
  1. Los que simplemente olvidaron su talento. No supieron como desarrollarlo. Las circunstancias les fueron adversas. No tuvieron suerte… el caso es que hoy no saben cual es su talento. No saben (incluso no creen) que ellos tiene un “don” especial para hacer las cosas de una forma especial. Han perdido la confianza en ellos mismos y viven su trabajo como una “maldición” o en el mejor de los casos como una “necesidad” a la que tratan de sobrevivir aplicando la ley de escaqueo. No disfrutan con lo que hacen, algunos lo sufren y los resultados suelen ser mediocres y es frecuente que se los hagan sufrir a otros. Todos conocemos personas que se encuentran dentro de este grupo y tal vez nos las hemos encontrado cuando necesitábamos sus servicios.
  2. Hay un segundo grupo que no ha olvidado del todo su talento, pero les falta autoestima para arriesgarlo todo y apostar por ellos mismos. Han relegado su talento al tiempo, el espacio y la categoría de las aficiones. Lo pasan bien cuando lo ponen en marcha, son buenos cuando se ponen en ello, pagan por practicarlo y buscan compañeros de juego para sus ratos de ocio. Pero claro, desarrollar el talento, exige una dedicación y una disciplina prusiana. Y el tiempo de ocio, siempre es un “tiempo secundario”, siempre es “el tiempo que queda”, después de cumplir con las obligaciones. A pesar de todo, estas personas disfrutan con su talento, obtienen resultados buenos aunque uno siempre tiene la impresión de que su potencial no lo están desarrollando
  3. Existe un grupo de privilegiados. Que han hecho de su talento su trabajo. Que las circunstancias les fueron favorables, que apostaron por ellos, que no escucharon las voces críticas o de desánimo. Que han seguido confiando en lo que hacían y disfrutando con lo que hacen. Se ganan la vida siendo felices y pasándolo bien. Saben que lo hacen bien, en realidad lo hacen muy bien. Ellos terminan haciendo las reglas del juego. Como disfrutan con lo que hacen y no se cansan, lo hacen muy bien. Y como lo hacen muy bien, los demás lo valoran y lo pagan. Estos cobran por su talento. Cuando estamos con alguien de este grupo reconocemos el trabajo bien hecho, siempre tiene sello de “obra de arte”, ya sea un plato de comida, un informe o un diagnostico.
Es importante darnos cuenta y entender que estamos entrando en la era del talento. En realidad es muy importante. En un entorno como el que hemos descrito: global, competitivo, altamente tecnológico, veloz, cambiante, extremo, exigente, estresante… y lleno de oportunidades (no lo olvidemos), sólo sobrevivirán las “especies con talento”. No hay espacio para los grupos uno y dos, aquellos que olvidaron su talento o lo relegaron a afición. La selección natural es así. Sólo la felicidad nos ayudará a sobrevivir. Necesitamos (es una necesidad no un capricho) disfrutar con lo que hacemos. En realidad, necesitamos pasarlo muy bien, porque eso que llamamos trabajo es en realidad una parte muy importante de nuestro tiempo.
Todavía hay tiempo. La era del talento sólo acaba de empezar y tengo la impresión de que serán unos buenos tiempos, tal vez no cómodos, pero si muy buenos.





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