La mala educación
El sistema educativo de occidente se nos ha quedado viejo. Las universidades tienen el olor rancio de los museos. Sus sistemas de gestión y gobierno tienen más similitud con las cortes feudales que con las formas de dirección empresarial actuales. No existe una gestión real del talento. No se favorece la creatividad y la innovación. La burocracia es mucho mayor que la flexibilidad. Me sorprende que todavía no se haya producido algo parecido a la revolución francesa o al mayo del 68 en las aulas.
Las asignaturas que se imparten transmiten unos contenidos gastados y pocas veces aplicables al mundo del siglo XXI. No reflejan el momento presente y están lejos de acercarnos al futuro. Se enseña un mundo que ya no existe. ¿Es que nadie se da cuenta? Los programas educativos apenas han evolucionado y la vida fuera de las escuelas, los institutos y las universidades, exige capacidad de adaptación y anticipación. ¿Es que nadie valora el tiempo de los niños y los jóvenes? La manera tan irresponsable de hacerles perder el tiempo.
¿Nadie se ha dado cuenta de lo poco práctico que resulta? Es un sistema inmovilista, conservador y complaciente. Continua apoyándose más en los contenidos teóricos que en las experiencias vivenciales. Valora la memoria y el pasado más que la imaginación y la proactividad. En la era de la tecnología y la robótica, los niños cargan maletas llenas de libros, siguen utilizando una tecnología hecha de lápiz, papel y pizarra. En los tiempos donde el talento personal es más importante que nunca, existe una obsesión por homogeneizar y normalizar, extirpando las diferencias individuales, los valores personales, los procesos creativos únicos. Se continúan utilizando criterios cronológicos en lugar de criterios madurativos o basados en resultados. Como si tener, 5, 7 o 15 años significara algo real. Como si lo importante fuera la fecha de nacimiento en lugar de la personalidad del alumno.
No parece existir realmente una orientación de servicio. El estudiante no es considerado como un cliente que merece el mejor producto y el mejor servicio. Tampoco se piensa en los padres como clientes. Por supuesto no existen criterios de excelencia. Los papeles son más importantes que las personas. No hay un verdadero interés por hacerlo mejor, por superar los resultados día a día.
El sistema de calificaciones tampoco es un predictor del futuro éxito profesional. Los deberes y tareas son una extensión del absurdo modelo escolar que contamina la vida familiar. Incluso el modelo de vacaciones no se ajusta a la realidad de los padres y madres que trabajan.
¿Es que nadie se da cuenta?
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Etiquetas: desarrollo personal
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